33
El BMW frena atravesado.
Escucho el sonido de las ruedas raspando el asfalto antes incluso de entender que soy yo quien sigue sujetando el volante con tanta fuerza que me duelen las manos.
Todo ocurre demasiado rápido.
El fuego. El golpe. La explosión enorme.
Y después silencio dentro de mi cabeza.
Solo silencio.
El coche termina deteniéndose varios metros más atrás mientras humo negro empieza a cubrir parte de la carretera. Durante unos segundos sigo sentada sin moverme, respirando demasiado rápido y mirando las luces naranjas reflejadas sobre el parabrisas.
No entiendo qué estoy viendo.
No del todo.
Hay gente gritando.
Lo sé porque veo bocas moviéndose.
Pero lo único que escucho claramente es un pitido constante en algún sitio cerca de mí.
Agudo. Insoportable.
Parpadeo varias veces intentando enfocar bien.
El Mustang.
O algo que se parece al Mustang.
No. No puede ser eso.
Las manos me tiemblan cuando consigo abrir la puerta del coche.
El aire de fuera huele inmediatamente a gasolina, humo y metal quemado.
Y entonces empiezo a correr.
No recuerdo bajar del coche realmente.
Solo correr.
La carretera está llena de luces, gente moviéndose y trozos de cristal por todas partes mientras el fuego sigue creciendo varios metros más adelante.
—¡LEO! —grito.
Mi voz sale rota.
Demasiado alta. Desesperada.
No obtengo respuesta.
Sigo avanzando.
Hay personas corriendo hacia el accidente, otras alejándose y alguien intentando llamar a emergencias prácticamente gritando al teléfono.
El calor empieza a sentirse incluso desde lejos.
Y entonces lo veo bien.
El Mustang.
O lo que queda de él.
Las llamas cubriendo parte del coche mientras humo oscuro sube hacia el cielo todavía negro de madrugada.
—No… no, no…
Intento acercarme más.
Necesito llegar. Necesito ver. Necesito encontrar a Leo. A Vera.
Pero alguien me agarra antes.
—¡NO TE ACERQUES!
Intento soltarme inmediatamente.
—¡Suéltame!
—¡El coche puede explotar otra vez!
No sé quién me está sujetando.
No veo bien nada.
Solo fuego.
Solo la carretera iluminada de naranja y rojo mientras sigo intentando avanzar, aunque prácticamente me estén arrastrando hacia atrás.
—¡LEO! —vuelvo a gritar.
Nada.
Entonces mi mirada se mueve más allá del fuego.
Y lo veo.
El GT-R.
La parte delantera completamente destrozada contra la valla metálica varios metros más adelante.
El coche gris irreconocible. Retorcido. Quieto.
Y durante un segundo siento que algo dentro de mí deja de funcionar correctamente.
Porque eso no parece real.
No puede parecer real.
No después de hace diez minutos. No después de estar riéndonos por radio. No después de escuchar a Leo decir que invitaba desayuno el último.
Mis piernas fallan de golpe.
Caigo prácticamente de rodillas sobre el asfalto mientras el humo sigue llenándolo todo alrededor.
Y lo último que recuerdo claramente es seguir mirando el GT-R destrozado mientras el fuego ilumina toda la carretera como si la noche entera estuviera ardiendo con ellos.