Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 32
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VERA

Nunca había visto a Leo tan insoportable.

Y eso ya es muchísimo decir.

—Te juro que Sergio casi se pone a llorar —dice por quinta vez probablemente en menos de diez minutos.

—Ojalá hubiera ocurrido para que dejaras de repetirlo.

—Estás enfadada porque conduzco mejor.

—Estoy enfadada porque sigues vivo después de hablar tanto.

Valeria empieza a reírse desde el BMW mientras los tres coches permanecen aparcados cerca del punto de salida. Alrededor todavía queda gente celebrando la carrera y la pelea, música sonando desde varios coches y grupos hablando únicamente de lo mismo:

Los Valdés Vega.

Otra vez.

Leo humillando a Sergio. Valeria ganando el campeonato regional. Los tres hermanos dominándolo todo durante la misma noche.

Incluso desde dentro del GT-R puedo escuchar conversaciones cruzadas alrededor.

—La pelea de la hermana pequeña ha sido una locura.

—Y luego el Mustang destrozando al Porsche otra vez…

—Esa familia está enferma.

Bastante cierto.

Valeria sigue apoyada contra el BMW con las manos todavía vendadas parcialmente y una sudadera enorme encima del top deportivo. Tiene el pelo recogido deprisa y el labio algo hinchado por la pelea.

Y aun así está sonriendo.

Muchísimo.

—Vale —dice Leo de repente desde la radio—. Última carrera antes de volver.

—No.

—Sí.

—Leo, son casi las cuatro de la mañana.

—Exactamente. Mejor hora posible.

Escucho a Valeria reírse otra vez desde el otro coche.

Traidora.

—Además —continúa Leo— ya toca que la pequeña corra como una Valdés Vega de verdad.

Frunzo el ceño automáticamente.

—Valeria todavía no tiene suficiente experiencia para ir fuerte aquí.

—No voy a ir fuerte —protesta ella inmediatamente.

—Eso es mentira y lo sabes.

Leo vuelve a interrumpir antes de que pueda seguir discutiendo.

—Vamos a ir tranquilos. Solo una última.

“Solo una última.”

La frase favorita de las personas con problemas mentales.

Miro por el retrovisor hacia el BMW gris.

Valeria está nerviosa. Se nota incluso desde aquí.

Pero también emocionada.

Demasiado.

Y sinceramente entiendo por qué.

Porque recuerdo perfectamente la primera vez que sentí esto: la carretera vacía, los motores, la velocidad, la sensación absurda de que el mundo entero desaparece durante unos minutos.

Resoplo finalmente.

—Vale. Pero si haces una estupidez, te saco yo misma de la carretera.

—Eso ha sonado muy cariñoso viniendo de ti —dice Leo.

—Arranca antes de que me arrepienta.

El Mustang rojo sale primero.

Después yo.

Después el BMW.

Y por primera vez los tres vamos juntos oficialmente.

La carretera está prácticamente vacía. Solo luces lejanas perdiéndose entre curvas y el sonido de los motores rompiendo el silencio de madrugada.

Leo empieza a provocar desde el primer minuto.

Obviamente.

—¿Valeria sigue viva ahí atrás?

—Cállate y conduce —responde ella por radio.

—Uy. La pequeña se nos ha enfadado.

Sonrío apenas reduciendo velocidad para mantenerme más cerca del BMW.

La estoy vigilando constantemente.

Cómo entra en curvas. Cómo acelera. Cuándo duda.

Todavía le falta experiencia real.

Pero aprende rápido.

Muy rápido.

Y eso probablemente sea lo que más miedo da.

Poco a poco empieza a soltarse más.

Ya no entra tan rígida. Empieza a confiar en el coche. En sí misma.

Perfecto.

Leo reduce entonces velocidad de golpe hasta colocarse prácticamente a nuestra altura.

Y durante varios segundos ocurre.

Los tres coches alineados.

El Mustang rojo. El GT-R gris. El BMW gris.

Avanzando juntos por la carretera completamente vacía mientras las luces atraviesan el asfalto oscuro y los motores llenan toda la madrugada.

Y durante un momento muy concreto pienso algo absurdamente simple.

Así debía sentirse la libertad.

—Qué escena más preciosa —dice Leo por radio—. Parecemos una secta ilegal.

—Porque lo somos —responde Valeria riéndose.

Después Leo acelera de golpe.

—Último en llegar invita desayuno.

—Eso ni siquiera es una norma real —digo acelerando detrás de él.

El GT-R responde perfecto inmediatamente mientras el Mustang se aleja varios metros delante de nosotros.

Valeria queda un poco más atrás.

No mucho.

Pero suficiente para notar que todavía duda en ciertas curvas rápidas.

Miro un segundo por el retrovisor para asegurarme de que sigue bien colocada.

Y entonces lo veo.

Las luces de freno del Mustang fallan apenas un instante.

Frunzo el ceño automáticamente.

—Leo.

No responde.

Las luces vuelven.

Después desaparecen otra vez.

Y de pronto todo ocurre demasiado rápido.

Un movimiento raro. El Mustang perdiendo trayectoria apenas un segundo. Demasiado rápido. Demasiado mal.

—¡LEO!

El coche intenta corregir.

El mío también.

Y entonces la carretera se llena de fuego.

HUGO

Nunca había visto a mi padre tan orgulloso.

Y sinceramente da bastante miedo emocional.

—Mira esto otra vez —dice enseñándole el móvil a Nadia por cuarta vez.

—Rafael, creo que ya he visto el vídeo siete veces.

—Porque es espectacular.

En la pantalla aparece Valeria durante el último asalto del combate. El momento exacto en que obliga a Alba a retroceder mientras medio pabellón empieza a gritar.

Mi madre sigue emocionada incluso ahora.

Tiene los ojos todavía algo rojos y una sonrisa que no le desaparece desde hace más de una hora.

—Mi niña campeona… —murmura otra vez.

—Mamá, parece que haya ganado un mundial —digo riéndome.

—Déjame vivir esto.

Estamos cerca de la línea final improvisada esperando a los tres idiotas que decidieron hacer “una última carrera”.

Error colectivo claramente.

Nadia está sentada sobre el capó del Range Rover con mi sudadera puesta mientras mi padre sigue enseñándole vídeos antiguos de Valeria entrenando.

—Aquí tenía quince —dice pasando otro vídeo—. Mira cómo ya se movía.

—Rafael, te sabes la carrera deportiva de tu hija mejor que ella.

—Porque alguien en esta familia tiene capacidad de observación.

Mi madre resopla desde su lado.

—Dice eso como si no hubiera llorado hace media hora viendo a Leo abrazarla después del combate.

—Eso jamás ocurrió.

—Papá, literalmente te vi.

—Manipulación visual.

Nadia empieza a reírse tan fuerte que casi se le cae el móvil.

Y durante unos segundos todo se siente normal otra vez.

La noche. Las luces lejanas. La sensación todavía viva de la victoria de Valeria.

Incluso el ambiente alrededor sigue lleno de comentarios sobre ellos.

Sobre los tres.

Los Valdés Vega.

Porque eso es lo que pasa siempre: entran en algún sitio y terminan convirtiéndose en el centro de todo sin darse cuenta.

O peor.

Dándose cuenta perfectamente.

—¿Cuánto tardarán? —pregunta mi madre mirando la carretera.

—Leo probablemente está dramatizando alguna curva para parecer más interesante.

—Eso no es posible —dice Nadia—. Ya se cree protagonista de una película constantemente.

—Y aun así le funciona —murmuro.

Entonces escuchamos motores a lo lejos.

Mucho más cerca esta vez.

Reconozco los tres casi inmediatamente.

El Mustang. El GT-R. El BMW.

Mi madre sonríe automáticamente al escuchar el ruido acercándose.

—Ahí están.

Las luces empiezan a aparecer entre las curvas de la carretera oscura.

Rojas. Blancas. Demasiado rápidas.

Y durante un segundo todo parece normal.

Hasta que deja de serlo.

Porque algo va mal.

Lo noto antes incluso de entender qué estoy viendo exactamente.

El Mustang entra raro en la curva.

Demasiado abierto.

Demasiado rápido.

—¿Qué hace Leo…? —murmura mi padre frunciendo el ceño.

Entonces ocurre.

Las luces de freno fallan un instante.

Después otra vez.

Y de pronto el Mustang pierde trayectoria.

El GT-R intenta corregir inmediatamente detrás de él.

Escucho a mi madre gritar incluso antes del impacto.

El sonido revienta la madrugada.

Metal. Cristales. Un golpe brutal contra la carretera.

Y después fuego.

Muchísimo fuego.

La explosión ilumina toda la carretera delante de nosotros mientras el BMW frena atravesado varios metros más atrás.

Mi cuerpo ya se está moviendo antes siquiera de pensar.

Empiezo a correr.

No escucho nada bien. Ni a Nadia. Ni a mi padre. Ni a la gente alrededor gritando.

Solo el fuego creciendo delante de mí.

Y entonces escucho a mi madre romperse detrás.

—¡LEO! —grita desesperada— ¡VERA!

Nunca había escuchado ese sonido salir de ella.

Nunca.