Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 31
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Nunca había escuchado tanto ruido junto antes de una pelea.

Gente hablando desde las gradas. Entrenadores moviéndose constantemente. Guantes golpeando sacos en salas cercanas. Música sonando demasiado fuerte desde el pabellón principal.

Y aun así lo único que escucho realmente es mi respiración.

Inhala. Exhala. Otra vez.

Tengo las manos vendadas desde hace casi veinte minutos y sigo moviendo los dedos como si necesitara comprobar constantemente que todavía responden.

—Vas a romperte los nudillos antes de subir —dice Hugo desde delante de mí.

—Estoy bien.

—Mentira.

Nadia me entrega agua mientras Hugo termina de ajustarme uno de los guantes con esa calma que le aparece siempre alrededor del boxeo.

—Escúchame —dice levantando apenas la mirada—. No entres acelerada.

—No voy a hacerlo.

—Valeria.

Resoplo.

—Vale. Voy a intentar no hacerlo.

Mucho más realista.

Mi padre aparece entonces detrás de Hugo todavía con camisa porque claramente no le ha dado tiempo ni a cambiarse después de la carrera. Mi madre está a su lado agarrando una chaqueta entre las manos como si ella fuera la que va a subir al ring.

—Cariño, no tienes que demostrar nada a nadie —dice Isabel inmediatamente.

—Mamá.

—Solo digo…

—Va a destrozarla —interrumpe Leo entrando en el vestuario.

Perfecto.

Equilibrio emocional familiar.

Leo se deja caer a mi lado todavía con adrenalina encima después de la carrera. Tiene el pelo desordenado, sudadera abierta y esa sonrisa peligrosa que aparece siempre que gana.

—Sergio sigue teniendo cara de querer morirse —dice orgullosísimo.

—Qué sorpresa.

Vera entra detrás de él mucho más tranquila.

—Concéntrate.

Eso sí va dirigido a mí.

Y funciona.

Porque en cuanto Vera lo dice, la cabeza vuelve a centrarse un poco.

Respirar. Moverme. Pensar.

Nada más.

—Cinco minutos —avisa uno de los entrenadores entrando en la sala.

El ruido del pabellón parece crecer automáticamente.

Y entonces aparece esa presión otra vez.

No miedo exactamente.

Algo parecido a electricidad debajo de la piel.

Porque sé perfectamente quién está al otro lado.

Alba.

La primera vez que peleamos fue tensión.

Ahora ya es otra cosa.

Subo al ring bajo las luces sintiendo el ruido explotando alrededor. Las gradas están llenas, focos iluminándolo todo y música sonando tan fuerte que el suelo parece vibrar bajo mis pies.

Pero entonces la veo.

Alba ya está en la otra esquina del ring.

Y el resto desaparece un poco.

Pelo negro recogido. Mirada fija. Expresión completamente tranquila.

Eso es lo peor de ella.

Nunca parece nerviosa.

El árbitro empieza a hablar, pero sinceramente dejo de escucharle bastante rápido. Solo observo cómo Alba se coloca los guantes y mantiene la mirada clavada en mí como si intentara calcular algo constantemente.

La campana suena.

Y empieza.

Alba pelea exactamente igual que fuera del ring: fría, precisa, controlada.

No desperdicia movimientos. No entra emocionalmente. No se acelera.

Yo sí.

Porque siempre he peleado así.

Más rápida. Más agresiva. Más directa.

Los primeros golpes llegan casi inmediatamente.

Bloqueo. Esquivo. Respondo.

El público grita alrededor, pero dentro del ring todo se vuelve más pequeño. Solo movimientos, respiración y el sonido seco de los guantes golpeando.

Alba intenta marcar distancia desde el principio. Mucho juego de piernas, golpes rápidos y retrocesos limpios.

Quiere control.

Yo quiero romperlo.

Entro otra vez demasiado rápido y ella conecta directo al pómulo antes de salir lateralmente.

—Joder —murmuro retrocediendo.

Escucho a Leo prácticamente pegado al cuadrilátero.

—¡Muévete, Valeria!

Perfecto. Muy útil todo.

Vuelvo a entrar.

Esta vez más fuerte.

Conecto abajo. Después arriba.

Alba bloquea casi todo, pero la obligo a retroceder varios pasos y por primera vez le noto tensión real en los hombros.

Perfecto.

La segunda ronda se vuelve muchísimo más dura.

Ahora ya no estamos midiéndonos. Ahora estamos peleando de verdad.

El sudor empieza a caerme por la frente, noto la respiración más pesada y los brazos cada vez más tensos mientras Alba sigue moviéndose con una precisión desesperante.

Cada vez que creo encontrar hueco, ya salió de ahí.

Pero yo aguanto mejor el desgaste.

Siempre lo hago.

Ella pelea pensando. Yo peleo resistiendo.

Y poco a poco eso empieza a cambiar cosas.

La tercera ronda explota completamente.

El público ya está de pie prácticamente y ambas dejamos de boxear limpio durante varios segundos seguidos. Intercambio rápido, golpes entrando por ambos lados y respiración rota llenando todo el ring.

Escucho la voz de Leo prácticamente pegada a las cuerdas.

—¡ESO ES, VALERIA!

Después a Vera.

—¡No retrocedas ahora!

Y luego Hugo directamente delante del cuadrilátero.

—¡Está cansándose!

Alba vuelve a entrar rápida intentando recuperar distancia, pero ya no se mueve igual.

Ahora respira más fuerte. Más corto.

Perfecto.

Conecto limpio otra vez y la obligo a cubrirse mientras sigo avanzando.

Golpe. Otro. Otro más.

La campana termina salvándola más que yo.

Vuelvo hacia mi esquina respirando tan fuerte que apenas escucho al entrenador.

Pero sí escucho a mi familia justo detrás de las cuerdas.

—Más fuerte, Valeria —añade Leo inmediatamente.

—¿Quieres callarte? —dice Vera.

Nadia está agarrándole el brazo a Hugo tan fuerte que probablemente le esté cortando circulación mientras mi madre sigue de pie completamente incapaz de sentarse desde que empezó la pelea.

Mi padre mantiene los brazos cruzados intentando aparentar calma.

No le funciona demasiado.

La última ronda empieza con las dos agotadas ya.

Alba sigue siendo técnica. Precisa. Controlada.

Pero ahora retrocede más.

Y yo sigo avanzando.

Porque el cansancio no me importa demasiado cuando entro así.

Solo quiero seguir.

Los últimos segundos son prácticamente puro instinto: moverme, golpear, aguantar.

Y cuando finalmente suena la campana final, el pabellón entero explota.

Las dos respiramos fuerte en el centro del ring esperando decisión mientras el árbitro habla con los jueces.

Miro a Alba apenas un segundo.

Ella sigue tranquila.

Como si ya supiera el resultado.

Y entonces el árbitro levanta mi mano.

El ruido alrededor prácticamente revienta el pabellón.

Busco automáticamente a mi familia junto al ring.

Hugo gritando orgulloso mientras Nadia prácticamente se le cuelga encima.

Mi padre sonriendo por fin sin intentar disimularlo.

Mi madre llorando emocionada. Vera levantando el pulgar desde el otro lado de las cuerdas.

Y Leo riéndose mientras me enseña el móvil donde todavía aparece la victoria sobre Sergio.

Idiota.

Empiezo a reírme incluso sin aire.

Y justo antes de bajar del ring vuelvo a mirar hacia Alba.

Esperando enfado. Rabia. Cualquier cosa.

Pero no.

Ella simplemente me está mirando fijamente desde la otra esquina.

Sin expresión clara. Sin odio.

Como si acabara de memorizar algo importante sobre mí.

Y sinceramente eso me incomoda muchísimo más que si estuviera enfadada.