Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 30
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Hay noches que empiezan normales.

Y luego están noches como esta.

Música demasiado alta. Motores acelerando desde todas partes. Gente moviéndose entre apuestas, humo y luces improvisadas sobre el asfalto.

Adrenalina pura.

Mi lugar favorito del mundo.

—¿Dónde está Vera? —pregunto bajándome del Mustang.

—Controlándolo todo como si esto fuera una operación militar —responde Hugo apoyado contra el Range Rover.

Eso sí suena a mi hermana.

El polígono está muchísimo más lleno que otras veces. Coches aparcados ocupando prácticamente cada rincón, grupos enormes rodeando las zonas de salida y móviles grabándolo todo incluso antes de empezar.

Pero esta noche hay algo distinto.

Porque Valeria no está aquí.

Bueno.

No del todo.

Está al otro lado de Madrid terminando de vendarse las manos en un pabellón lleno de gente para el campeonato regional de boxeo.

Y sinceramente creo que estoy más nervioso por eso que por la carrera.

—La pequeña iba a destrozarla —digo cogiendo una botella de agua del capó.

Hugo sonríe apenas.

—Hablas de ella como si fuera un pitbull entrenado.

—Porque lo es un poco.

Nadia empieza a reírse desde al lado de Hugo.

—Da bastante miedo cuando pelea.

—Gracias. Alguien aquí tiene criterio.

Mi móvil vibra justo entonces.

Valeria: “¿Ya habéis llegado?”

Sonrío inmediatamente.

“Obviamente. Tú gana y deja de distraerte.”

Tarda literalmente diez segundos en responder.

“Te odio.”

Perfecto. Está nerviosa.

Eso significa que le importa.

Vera aparece finalmente desde el GT-R con cara de estar gestionando demasiadas cosas al mismo tiempo.

—Cinco minutos para salida.

—Qué alegría verte también.

—¿Has revisado presión otra vez?

—Sí, mamá.

Ella me ignora directamente mientras revisa algo en el móvil.

Porque claro: además de organizar las carreras, también está pendiente del horario del combate de Valeria, de Hugo, de medio planeta probablemente.

—Nosotros nos vamos ya —dice Hugo guardándose las llaves del coche.

Lo miro confundido.

—¿Antes de la carrera?

—La pelea empieza en menos de una hora.

Nadia asiente desde su lado.

—Y alguien tiene que evitar que Valeria le pegue a un juez por estrés.

—Cobardes —murmuro.

Hugo sonríe apenas antes de darme un golpe en el hombro.

—Humíllalo por nosotros.

—Eso ya estaba previsto.

Nadia me señala antes de irse.

—Y no hagáis estupideces.

—Demasiado tarde para esa petición.

Los veo marcharse hacia el Range Rover mientras Vera termina de ponerse los guantes de conducción.

—¿Tú duermes alguna vez? —pregunto.

—No confío en ninguno de vosotros lo suficiente para hacerlo.

Bastante justo.

El Mustang ruge cuando vuelvo a arrancarlo y durante unos segundos todo el ruido alrededor desaparece un poco. Solo el motor vibrando bajo mis manos y las luces reflejándose sobre el capó rojo.

Mierda. Qué feliz me hace esto.

Entonces aparece el Porsche 911 azul marino entrando entre la multitud.

Sergio.

Obviamente.

—Qué ilusión. El perdedor favorito de Madrid —murmuro.

Sergio baja del coche con esa cara suya de querer matar a alguien constantemente. Alba aparece detrás de él varios segundos después, tranquila como siempre, observándolo todo sin expresión clara.

—¿Preparado para perder otra vez? —pregunto acercándome.

—Hoy no vais a tener tanta suerte.

Empiezo a reírme directamente.

—Qué duro debe ser vivir tan desconectado de la realidad.

—Hablas demasiado.

—Y tú conduces fatal. Todos tenemos problemas.

Vera aparece entonces colocándose a mi lado.

—Intentad no mataros antes de empezar.

—No prometo nada —dice Sergio.

—Eso requiere capacidad para alcanzarnos primero —responde Vera tranquila.

La salida empieza a llenarse inmediatamente. Gente acercándose, móviles grabando y motores revolucionando tan fuerte que el suelo parece vibrar bajo los pies.

Y ahí vuelve esa sensación.

La buena.

La que aparece justo antes de correr.

El cuerpo completamente despierto. La cabeza vacía. Solo velocidad.

Me coloco junto a Vera en salida mientras Sergio queda preparado detrás de nosotros.

La señal explota y arrancamos.

El Mustang responde perfecto desde el primer segundo. El rugido del motor atraviesa completamente el ruido de alrededor mientras las luces empiezan a desaparecer detrás de nosotros.

Curva. Cambio. Acelero.

El GT-R gris de Vera se mantiene delante marcando ritmo mientras Sergio intenta encontrar huecos constantemente entre ambos coches.

Y entonces empezamos a jugar.

Porque sinceramente humillarlo rápido ya ni siquiera resulta divertido.

Vera abre espacio apenas una curva.

Yo reduzco un poco velocidad después.

El Porsche se acerca inmediatamente creyendo que tiene oportunidad real de adelantarnos.

Pobre imbécil.

—Está picando —escucho la voz de Vera por el intercomunicador.

—Da hasta pena.

Sergio intenta entrar por dentro en la siguiente curva.

Le dejamos espacio.

Solo un poco.

Lo suficiente para que piense que esta vez sí puede ganar.

El Porsche acelera agresivo intentando colocarse delante mientras la gente grita desde los laterales de la carretera improvisada.

—Mira cómo se emociona —me río.

—Tres curvas más.

—Copiado.

Sergio vuelve a intentarlo otra vez. Y otra.

Cada vez más agresivo. Cada vez más convencido de que nos tiene.

Hasta que llega la última recta.

Y ahí se termina el juego.

—Ahora —dice Vera.

Piso el acelerador inmediatamente.

El Mustang ruge tan fuerte que prácticamente siento vibrar todo el coche mientras el GT-R acelera delante exactamente al mismo tiempo.

Y el Porsche desaparece atrás.

De golpe.

Sin posibilidad real de seguir ritmo.

La cara de Sergio cuando entiende que llevábamos toda la carrera jugando con él probablemente cure enfermedades.

Lo adelantamos entre los dos en la recta final mientras la gente empieza a gritar alrededor de la meta improvisada.

Y ahí está.

Otra vez.

Los Valdés Vega ganando.

Me bajo del coche riéndome mientras la música explota desde algún altavoz cercano y varias personas empiezan a rodearnos.

—¡LE HABÉIS DESTROZADO!

—¡QUÉ PALIZA!

—¡OTRA VEZ NO, SERGIO!

Vera sale del GT-R quitándose el casco con absoluta tranquilidad mientras Sergio baja del Porsche con cara de querer incendiar algo.

—¿Sabes qué me gusta de esto? —le digo acercándome—. Que sigues cayendo en la misma trampa.

—Vete a la mierda.

—Conduciendo así no creo que llegues.

Varias personas empiezan a reírse alrededor y Sergio aprieta la mandíbula todavía más fuerte.

Perfecto.