29
El cumpleaños de Leo y Vera siempre ha sido una especie de evento oficial dentro de esta familia.
Principalmente porque ambos son incapaces de celebrarlo de forma tranquila.
Y porque mi madre aprovecha cualquier excusa posible para llenar la casa de gente, comida y música durante doce horas seguidas.
Además, ya es verano de verdad.
La piscina vuelve a estar abierta, las puertas del jardín permanecen abiertas todo el día y la casa entera huele constantemente a crema solar, barbacoa y césped recién mojado.
Cuando bajo esa mañana, Leo ya está en la piscina.
Obviamente.
—Son las once de la mañana —le digo desde la terraza.
—Y soy joven, guapo y libre.
—Qué difícil debe ser convivir contigo siendo tú.
Él me saca el dedo corazón desde dentro del agua mientras Vera aparece detrás de mí con café en la mano y expresión de agotamiento.
—Lleva despierto desde las ocho poniendo música.
—Porque hoy es el día que hago veinte años junto a mi hermanita.
—Porque eres insoportable.
Eso sí suena más exacto.
El jardín empieza a llenarse de gente poco a poco durante el mediodía. Amigos entrando y saliendo constantemente, música sonando desde los altavoces exteriores y mi madre persiguiendo personas para obligarlas a comer algo antes de que desaparezcan hacia la piscina.
Mi padre está junto a la barbacoa desde hace horas defendiendo que “la carne necesita paciencia”, aunque sinceramente creo que disfruta muchísimo teniendo una excusa para quedarse fuera con cerveza y música mientras controla el fuego como si fuera una misión importante.
Teresa y Andrés llegan justo antes de la comida.
—Feliz cumpleaños, criaturas problemáticas —dice Teresa abrazando primero a Vera y luego a Leo.
—Yo soy el favorito claramente —responde él.
—Eso jamás ha ocurrido.
Andrés le da un golpe suave en el hombro mientras mi madre ya empieza a sacar más platos de los necesarios.
La comida termina siendo exactamente el caos habitual: Leo salpicando agua a todo el mundo desde la piscina, Hugo desapareciendo cada diez minutos con Nadia, Vera intentando mantener cierto orden inexistente, mi padre cocinando cantidades absurdas de comida, y mi madre protestando porque “nadie ayuda nunca”.
Mentira.
Nos obliga a ayudar constantemente.
—¡Leo, deja de tirar gente a la piscina! —grita Isabel.
—¡Ellos saltaron emocionalmente primero!
—¡Eso no significa nada!
Nadia está riéndose tanto que casi se le cae la bebida mientras Hugo la abraza por detrás todavía mojado.
Y sinceramente los dos empiezan a dar bastante asco de lo felices que se ven.
Después de comer llegan los regalos.
Mi madre obliga a los mellizos a sentarse juntos en las hamacas exteriores mientras todos empezamos a rodearlos.
—Esto parece una intervención —murmura Vera.
—Porque probablemente la necesitas —dice Hugo.
El primer regalo es de mis padres.
Mi madre les entrega dos cajas pequeñas prácticamente emocionada mientras mi padre mantiene expresión tranquila habitual.
Dentro hay dos relojes.
El de Vera plateado y elegante. El de Leo negro completamente minimalista.
—Para que al menos intentéis llegar puntuales alguna vez —dice Rafael.
—Eso iba para mí claramente —murmura Leo.
—Porque eres incapaz de gestionar horarios básicos.
Vera ya está sonriendo mientras se prueba el suyo.
Después Teresa y Andrés les entregan otro regalo conjunto.
Un fin de semana para ambos en Nürburgring.
Y sinceramente creo que nunca había visto a Leo tan cerca de llorar emocionalmente por coches.
—Te juro que os quiero muchísimo.
—Eso da miedo viniendo de ti —dice Teresa riéndose.
—¿NOS ESTÁIS MANDANDO AL PARAÍSO?
—Técnicamente a Alemania —corrige Andrés.
Hugo les regala después dos cascos nuevos para circuito: uno negro mate para Leo y otro gris oscuro para Vera.
—Vale, esto sí está increíble —dice Leo inmediatamente.
—El mío pesa menos —añade Vera analizándolo ya.
—Porque conduzco mejor.
—Porque tienes menos capacidad cerebral que proteger.
Yo termino entregándoles mi regalo después.
Dos llaveros metálicos grabados.
Al de Vera: “Control.”
Al de Leo: “Caos.”
Y sinceramente nunca había visto algo describirlos tan bien.
—Vale, odio lo mucho que me gusta esto —murmura Vera.
—El mío tiene más personalidad.
—El tuyo parece una amenaza pública.
Entonces llega el momento más esperado.
Porque los mellizos siempre se regalan algo entre ellos.
Y ambos lo viven como una competición absurda.
Leo le entrega primero el suyo a Vera.
Ella abre la caja lentamente.
Y se queda quieta apenas un segundo.
—¿Es original?
Leo sonríe orgullosísimo.
—Volante de Nissan Skyline R34. Restaurado.
Vera levanta la vista hacia él completamente sorprendida.
—¿Cómo has conseguido esto?
—Tengo contactos criminales.
—Eso sí me lo creo.
Pero está sonriendo de verdad.
Mucho.
Y eso con Vera ya cuenta como emoción extrema.
Después ella le entrega el suyo a Leo.
Él abre la caja rápido.
Llaves.
Todos nos quedamos mirando confundidos.
—¿Qué coño es esto?
—Mira fuera.
Leo tarda exactamente dos segundos en salir corriendo hacia la entrada principal.
Nosotros detrás.
Y ahí está.
Honda CB650R negra.
—NO ME LO CREO.
Creo que literalmente se le acaba de romper la voz.
Leo gira hacia Vera completamente en shock.
—¿Es mía?
—No pensaba seguir escuchándote hablar de motos durante otros cinco años sin hacer nada.
Leo se gira hacia ella como si estuviera viviendo el mejor momento de su vida.
—Te juro que eres mi persona favorita del planeta.
—No me abraces sudado.
Obviamente la abraza igual.
La tarde sigue pasando entre piscina, música y gente entrando y saliendo constantemente del jardín. El sol empieza a bajar poco a poco y las luces exteriores terminan encendiéndose alrededor de la terraza mientras el ambiente cambia a algo más tranquilo.
O casi.
Porque Leo sigue existiendo.
Yo intento aparentar normalidad durante toda la tarde.
No funciona demasiado.
Porque en unas horas es mi competición de boxeo y está la carrera de los mellizos, casi a la misma hora.
Dos cosas horribles para gestionar emocionalmente el mismo fin de semana.
—Vas a desgastar el césped si sigues caminando así —dice Vera acercándose a mí cerca de la piscina.
—No estoy nerviosa.
—No estoy nerviosa.
Ella me mira directamente.
—Valeria.
—Vale. Un poco.
—Mentira.
Resoplo apoyándome contra la barandilla.
—¿Y si hago el ridículo?
—No lo harás.
—¿Y si sí?
Vera tarda exactamente medio segundo en responder.
—Entonces te levantarás y volverás a intentarlo.
Muy ella.
Leo aparece entonces con una cerveza cerrada golpeándome suavemente el hombro.
—Cuando ganes mañana, nos vamos directos a conducir toda la noche.
—¿Y si no gano?
Él me mira como si hubiera hecho la pregunta más absurda del mundo.
—Entonces conduciremos igual. Pero vas a ganar.
Y por alguna razón, escuchándolo decirlo así, parece muchísimo más fácil creerlo un rato.