28
Abril pasó tan rápido que casi siento que me olvidé de algunas partes.
Entre clases, exámenes, entrenamientos y profesores hablando de Selectividad como si fuera una amenaza constante, los días empezaron a mezclarse unos con otros hasta que de repente ya era mayo y Madrid volvía a llenarse de tardes largas y ventanas abiertas.
Bachillerato está siendo agotador.
No porque no pueda seguir el ritmo.
Sino porque todo el mundo parece vivir obsesionado con el después: la universidad, las notas, el futuro, la sensación de que cualquier decisión puede cambiarte la vida entera.
Y aun así abril tuvo algo bueno.
Muy bueno.
Semana Santa.
Porque mi madre insistió tanto en que utilizara el regalo del viaje que terminé yéndome unos días con Vera y Nadia a la Costa Amalfitana.
Positano exactamente.
Y sinceramente creo que nunca había estado en un sitio tan bonito.
Todo parecía ir más despacio allí.
Las casas de colores construidas sobre la montaña, las calles pequeñas llenas de flores, el sonido constante del mar chocando contra las rocas y el aire cálido incluso por la noche.
Nos alojamos en un apartamento pequeño con terraza frente al agua. Las ventanas permanecían abiertas todo el día y por las mañanas entraba olor a café, sal y crema solar mezclado con el ruido lejano de motos pasando por las calles estrechas.
Creo que empecé a relajarme de verdad la primera noche.
Porque llevaba meses sintiendo que mi cabeza no se callaba nunca.
Y allí sí.
Allí el ruido bajó un poco.
Vera seguía siendo Vera incluso de vacaciones. Se despertaba antes que nadie, organizaba rutas mentalmente y corregía mapas, aunque ninguna se lo pidiera, pero estaba distinta. Más tranquila. Menos tensión en los hombros.
Nadia en cambio parecía hecha para sitios así.
Se llevaba bien con todo el mundo: dependientes, camareros, gente aleatoria en la playa, una señora italiana que acabó regalándonos limones enormes porque “teníamos cara de buenas personas”.
—¿Sabes qué es lo peor? —me dijo Vera una tarde mientras caminábamos por el puerto—. Que cae bien demasiado rápido.
—Tú das miedo demasiado rápido.
—Eso también es verdad.
Las noches eran mis momentos favoritos.
Después de cenar comprábamos helado y terminábamos sentadas cerca del agua hablando durante horas mientras las luces de los restaurantes se reflejaban sobre el mar.
Nadia hablaba casi todas las noches con Hugo por videollamada y él fingía estar tranquilo, aunque claramente nos echaba muchísimo de menos.
—Tu hermano está enamoradísimo —me dijo Nadia una noche bajando el móvil.
—Sí. Y le aterroriza bastante.
—Eso lo hace todavía más adorable.
Vera puso cara de asco inmediatamente.
—Voy a tirarme al mar.
Yo empecé a reírme tan fuerte que casi se me cayó el helado.
Y quizá eso fue lo mejor del viaje.
Lo fácil que resultaba todo allí.
No había prisas. Ni horarios. Ni sensación constante de estar llegando tarde a algo.
Solo nosotras tres caminando por calles pequeñas llenas de buganvillas, entrando en cafeterías bonitas sin mirar el reloj y pasando horas enteras tumbadas cerca del agua hablando de cosas absurdas.
Una mañana alquilamos Vespas.
Una para cada una.
Idea de Nadia obviamente.
—Si voy a morir, quiero hacerlo cinematográficamente —dijo poniéndose las gafas de sol.
—Qué tranquilidad transmites siempre —murmuró Vera.
Recorrer aquellas carreteras junto al mar fue una de las cosas más bonitas que he vivido nunca.
El viento caliente moviéndome el pelo, música sonando desde el móvil dentro del bolso y el Mediterráneo apareciendo constantemente entre curvas y acantilados como si fuera imposible escapar de él.
Nadia iba delante cantando fatal. Vera conducía perfectamente incluso allí. Y yo solo pensaba en lo raro que era sentirme tan ligera.
Tan tranquila.
Paramos en una playa pequeña escondida entre rocas al atardecer y nos quedamos allí hasta que empezó a hacerse de noche. El cielo estaba completamente naranja reflejándose sobre el agua y Vera estaba tumbada sobre la arena haciendo absolutamente nada por primera vez en su vida.
—Haz una foto —dijo Nadia de repente.
Saqué la cámara analógica automáticamente.
—No, así no. Las tres.
Fruncí el ceño apenas.
—¿Y quién la hace?
Nadia se levantó enseguida y caminó hacia una pareja que estaba recogiendo sus cosas un poco más lejos.
Y porque Nadia tiene una capacidad absurda para caer bien en cualquier parte del planeta, menos de un minuto después volvía sonriendo mientras le entregaba la cámara a una chica italiana.
—Ha dicho que somos guapísimas y que claramente necesitamos una foto aquí.
—Qué vergüenza das —murmuró Vera, aunque ya estaba levantándose.
La chica nos hizo varias fotos mientras nosotras intentábamos dejar de reírnos. Nadia abrazándome por los hombros, Vera quejándose porque odiaba posar y el mar detrás completamente iluminado por los últimos tonos anaranjados del atardecer.
Y en una de ellas ninguna estaba mirando a cámara.
Solo nos estábamos riendo.
De verdad.
Creo que esa terminó siendo mi favorita.
Cuando volvimos a Madrid, abril terminó casi de golpe.
Otra vez clases. Entrenamientos. Apuntes por todas partes. Profesores entrando en pánico colectivo porque “queda muy poco para Selectividad”.
Y ahora mayo.
Lluvia desde esta mañana.
No tormenta fuerte. Solo ese tipo de lluvia constante que vuelve toda la casa más silenciosa y hace que el jardín parezca más oscuro incluso siendo media tarde.
Vera está tirada en el salón rodeada de apuntes y subrayadores de colores mientras estudia con una concentración enfermiza. Tiene una manta sobre las piernas y el portátil abierto encima de la mesa baja.
Leo está cocinando.
Eso ya debería considerarse emergencia nacional.
—¡Está oliendo raro! —grita mi madre desde la cocina.
—¡Porque esto requiere proceso!
—¡La última vez casi incendias la sartén!
—¡El fuego da sabor!
Estoy sentada en el suelo junto al sofá viendo cómo Vera cierra los ojos lentamente como alguien intentando controlar impulsos violentos.
—No puedo estudiar así.
—Llevas diciendo eso desde 2017 —responde Leo desde cocina.
—Y sigo teniendo razón.
Hugo duerme completamente atravesado sobre el sofá individual después de entrenar.
Lleva una sudadera gris, un brazo tapándose la cara y expresión de agotamiento absoluta.
Nadia está sentada en el suelo a su lado repasando apuntes mientras de vez en cuando le aparta el pelo de la frente sin despertarlo.
Mi madre aparece entonces en el salón con un trapo en la mano y cara de decepción maternal.
—¿Por qué nadie recoge absolutamente nada en esta casa?
Miro alrededor.
Vale.
Bastante justo.
Hay sudaderas sobre las sillas, vasos en la mesa, apuntes de Vera ocupando medio salón y una chaqueta de Leo tirada sobre el respaldo del sofá desde hace probablemente tres días.
—Porque aportamos caos artístico —dice Leo entrando finalmente desde cocina.
Mi madre lo mira directamente.
—¿Qué has quemado?
—Nada importante.
—Leo.
—Bueno… quizá un poco el pan.
Vera deja caer la cabeza hacia atrás desesperada.
—Voy a independizarme.
—Llevas amenazando con eso años y aquí sigues —murmura Hugo sin abrir los ojos siquiera.
—Pensaba que estabas dormido.
—Lo estaba hasta que he olido carbón.
Nadia empieza a reírse bajito mientras Leo le señala indignado.
—No tienes derecho a opinar. Tú una vez quemaste pasta.
—Eso fue una tragedia puntual.
La lluvia sigue golpeando suavemente los ventanales mientras el salón se llena otra vez de voces cruzadas.
Mi madre vuelve a cocina protestando porque “nadie ayuda nunca”, aunque todos sabemos que en el fondo le encanta tenernos así: desordenando, hablando encima unos de otros, ocupando cada rincón de la casa.
Y creo que precisamente eso es lo que más miedo me da de crecer.
Que algún día esto deje de pasar.
Mi padre llega bastante tarde, ya casi de noche, todavía con camisa y cara de cansancio después del trabajo. Apenas entra en casa deja las llaves sobre la entrada y mira el salón lleno de mantas, apuntes y personas tiradas en cualquier superficie disponible.
—Parece que vivís aquí ilegalmente.
—Somos jóvenes creativos —dice Leo.
—Sois un problema logístico.
Mi padre besa la cabeza de mi madre al entrar en cocina y varios minutos después acabamos todos cenando juntos, aunque nadie tenía intención inicial de hacerlo.
La mesa llena otra vez. Conversaciones mezcladas.
La lluvia sonando fuera. Leo defendiendo una receta incomible como si fuera alta cocina.
Hugo medio dormido todavía. Vera corrigiendo a todo el mundo automáticamente.
Nadia riéndose por debajo de la taza. Mi madre fingiendo que está harta.
Mi padre observándonos a todos como si el ruido no le molestara realmente.
Y mientras los miro desde mi sitio en la mesa pienso algo que me asusta un poco.
Ojalá el tiempo pudiera quedarse quieto dentro de esta casa.