26
Cumplir dieciocho años está sobrevalorado.
O eso pienso exactamente hasta que bajo las escaleras y descubro que mi madre ha convertido la casa en una celebración completamente exagerada como si esperáramos cincuenta invitados y un grupo de música en directo.
Globos. Flores. Música sonando desde el salón. Mi padre cargando cajas hacia el jardín desde primera hora de la mañana.
—Mamá.
Isabel aparece desde la cocina con una sonrisa enorme.
—¡Feliz cumpleaños!
—Esto es demasiado.
—Nunca es demasiado.
—Creo que sí.
Mi madre me besa la mejilla antes de volver corriendo hacia cocina mientras Teresa aparece detrás de ella riéndose.
—Lleva despierta desde las ocho organizándolo todo.
—Eso explica muchas cosas.
Teresa me abraza inmediatamente.
—Dieciocho ya. Qué horror.
—Gracias por el apoyo emocional.
Andrés aparece varios segundos después con bolsas en las manos y expresión tranquila habitual.
—Tu madre ha comprado comida para alimentar un ejército.
—Porque nuestra familia come como si el mundo fuera a acabarse mañana —añade Teresa
La casa entera huele a comida desde hace horas. Las puertas del jardín están abiertas y la terraza ya está preparada con luces, platos y música baja sonando desde el altavoz exterior.
Afuera hace sol, aunque todavía corre algo de aire frío de marzo.
—¿Dónde están los demás? —pregunto.
—Vera arriba arreglándose —dice Teresa—. Leo y Hugo han desaparecido misteriosamente, así que probablemente estén haciendo algo ilegal.
Bastante posible.
Nadia llega poco después con una bolsa pequeña entre las manos y una sudadera negra enorme que claramente pertenece a Hugo porque le queda gigantesca.
—Feliz cumpleaños, traumada.
—Gracias, rubia infiltrada.
Ella empieza a reírse mientras me abraza.
Y sinceramente ya se siente parte de esta familia. Mi madre la incluye automáticamente en todo, Hugo la busca con la mirada incluso cuando está hablando con otra persona y hasta Vera parece haber decidido oficialmente que merece existir cerca de nosotros.
La comida empieza sobre las dos y termina convirtiéndose en el caos habitual.
Mi padre defendiendo la barbacoa como si estuviera cocinando para un concurso internacional. Leo robando comida antes de tiempo. Hugo peleándose con él por unas patatas. Mi madre intentando que todo el mundo se siente cinco minutos seguidos sin desaparecer.
Imposible.
—¡Leo, deja de tocar eso! —grita Vera desde la terraza.
—¡Solo quiero cambiar música!
—¡Has puesto reggaetón durante la comida!
—¡Porque tengo visión artística!
Andrés empieza a reírse mientras mi padre niega con la cabeza desde la barbacoa.
—A veces creo que criamos mal a estos niños —dice Rafael.
—Un poco sí —dice Teresa.
Yo estoy sentada junto a Nadia viendo cómo Hugo intenta quitarle aceitunas del plato mientras ella amenaza con tirarle agua encima.
Y sinceramente: todo se siente muy lleno de vida.
Mucho.
La sobremesa dura horas porque nadie en esta familia sabe terminar una conversación rápido. Cuando finalmente recogemos parte de la comida, Leo aparece con una caja enorme de juegos de mesa.
—Hoy os destruyo emocionalmente a todos.
—Eso dijiste la última vez y lloraste por perder —dice Vera.
—Fue una derrota estratégica.
Terminamos todos repartidos por el salón entre juegos, mantas y gritos constantes. Mi madre hace trampas descaradamente, Andrés intenta mantener las reglas vivas y Hugo deja de jugar aproximadamente cada diez minutos porque Nadia se ríe de él.
—No puedes inventarte normas —dice Vera.
—Claro que puedo. El juego evoluciona.
—Eso no funciona así.
—Mentalidad cerrada.
Yo llevo media hora riéndome viendo cómo Leo dramatiza absolutamente cada partida como si estuviera perdiendo una fortuna real.
—¡Esto es persecución psicológica!
—Esto es Monopoly —dice Teresa.
La tarde pasa tan rápido que casi no nos damos cuenta de cuándo empieza a anochecer.
Las luces cálidas del salón se reflejan contra los ventanales mientras mi madre vuelve a llenar la mesa de comida “porque nadie ha comido suficiente”, según ella.
Y entonces llegan los regalos.
—Vale —dice Isabel emocionadísima—. Ahora sí.
—Qué miedo.
—Siéntate y calla.
Obedezco dejándome caer sobre el sofá mientras todos empiezan a rodearme.
El primer regalo es de Vera.
Eso ya da miedo emocional porque Vera no suele ponerse sentimental ni, aunque le paguen.
—Toma —dice simplemente.
Abro la caja despacio.
Y me quedo quieta apenas un segundo.
Chaqueta de cuero negra.
La misma que llevaba meses mirando cada vez que pasábamos por aquella tienda del centro.
Levanto la cabeza inmediatamente hacia ella.
—Vera…
—Como llores, te la quito.
Eso consigue que me ría automáticamente mientras me la pruebo.
Y le queda exactamente como esperaba.
Porque Vera siempre sabe esas cosas.
—Te queda demasiado bien. Qué rabia —murmura Leo.
—Estoy increíble.
—Eso nunca estuvo en duda —dice Nadia.
Mi siguiente regalo viene de Hugo.
Y sinceramente ya sospecho lo que es antes incluso de abrirlo.
Guantes profesionales de boxeo.
Negros. Con detalles dorados. Perfectos.
Paso la mano por el cuero nuevo lentamente hasta encontrar las palabras grabadas en el interior.
“Cabeza fría.”
Levanto la vista hacia Hugo inmediatamente.
Él se encoge apenas de hombros desde el sofá.
—Los otros daban pena ya.
No sé ni qué responder a eso.
Porque es tan él que duele un poco.
—Son preciosos —murmuro.
—Ya. Lo sé.
—Qué humilde eres.
Él me despeina inmediatamente antes de volver a sentarse junto a Nadia.
Después vienen Teresa y Andrés.
Ellos me entregan una caja más pequeña mientras Teresa sonríe desde el sillón.
Dentro encuentro una cámara analógica antigua preciosa.
—Andrés dijo que siempre estás mirando las cosas como si intentaras guardarlas en la cabeza —dice Teresa—. Pensamos que quizá te gustaría empezar a hacerlo de otra manera también.
Eso me deja callada unos segundos.
Porque es un regalo muy ellos.
Tranquilo. Especial. Pensado de verdad.
—Gracias —murmuro sonriendo.
—Uf. Qué ambiente tan sentimental de repente. Me incomoda muchísimo —dice Leo.
—Cállate.
Mi madre me entrega el suyo después prácticamente incapaz de disimular emoción.
—Tú abre primero.
Dentro encuentro unos billetes y una carpeta pequeña.
—¿Qué es esto?
—Un viaje —dice Isabel sonriendo—. Donde tú quieras. Con quien tú quieras.
La miro sorprendida.
—Mamá…
—Antes de que empieces universidad o cualquier otra locura. Quiero que vivas algo solo porque sí.
Y sinceramente eso es muy ella.
Mi padre espera después sentado tranquilamente en el sillón mientras me entrega una caja pequeña negra.
La abro despacio.
Reloj plateado.
Elegante. Sencillo. Muy Rafael.
—Mira detrás —dice él.
Le doy la vuelta lentamente.
“Para que nunca llegues tarde.”
Empiezo a reírme inmediatamente.
—Eso es lo más papá que he visto en mi vida.
—Y útil, además.
—Muchísimo cariño emocional escondido ahí —dice Leo.
—No exageres.
Pero mi padre está sonriendo apenas.
Y eso ya significa bastante.
—Bueno —dice Leo levantándose de repente—. Ahora mi regalo.
Eso ya da miedo.
Me entrega unas llaves rápidamente.
Las miro confundida.
BMW.
—¿Qué has hecho?
—Te he comprado otro coche claramente.
Lo miro horrorizada.
—¿QUÉ?
Toda la casa explota en risas antes incluso de que termine la frase.
—¡LEO!
—¡Mira tú cara!
Intento pegarle directamente mientras él sale corriendo alrededor del salón riéndose como un psicópata.
—¡ERES GILIPOLLAS!
—¡Ha valido totalmente la pena!
Hugo ya está doblado de risa apoyado contra el sofá mientras Vera niega con la cabeza decepcionadísima.
—Tienes problemas mentales graves.
—Pero ella me quiere muchísimo.
—Cada día menos.
Leo termina volviendo todavía riéndose para entregarme finalmente el regalo real.
Un volante clásico restaurado.
Negro. Antiguo. Precioso.
Me quedo mirándolo varios segundos.
—Lo encontré hecho mierda en un taller —dice intentando sonar normal—. Lo arreglé un poco.
Un poco.
El volante parece recién salido de fábrica.
—Leo…
—Vale, no te pongas emocional tú también porque me voy.
Eso consigue que me ría otra vez mientras abrazo el volante contra el pecho.
Nadia me entrega finalmente su regalo cuando todo el caos baja un poco.
Es una caja pequeña llena de fotos reveladas.
Fotos del garaje. De Hugo entrenando. De Vera estudiando dormida sobre apuntes. De Leo encima del Mustang haciendo el idiota. De mi madre cocinando. De mi padre en la barbacoa. Mías sin darme cuenta.
Momentos normales.
Y al final de todo: una selfie horrible de las dos riéndonos.
—Pensé que te gustaría tenerlas —dice Nadia algo más nerviosa ahora.
Creo que es el regalo más bonito que he recibido nunca.
Porque no parece preparado. Ni perfecto.
Solo real.
La noche termina varias horas después.
Mis padres se quedan recogiendo con Teresa y Andrés mientras nosotros salimos a conducir por Madrid.
Leo en el Mustang rojo. Vera con el GT-R gris. Yo en el BMW. Y Hugo delante con Nadia en el Range Rover Sport negro.
Las ventanillas bajadas. La música cambiando de un coche a otro en los semáforos. Madrid llena de luces moviéndose alrededor.
Y durante un momento muy concreto, viendo a mis hermanos conducir delante de mí por la ciudad, pienso que quizá crecer no da tanto miedo cuando sabes exactamente quiénes van a seguir a tu lado mientras ocurre.