Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 25
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Conducir de noche debería considerarse terapia.

No legalmente quizá.

Pero emocionalmente seguro.

Especialmente cuando Madrid empieza a quedarse vacía y las carreteras dejan de parecer ciudades llenas de normas para convertirse en otra cosa completamente distinta.

Más libre.

Más silenciosa.

Más nuestra.

—No pongas esa cara de víctima —le digo a Valeria mientras salimos de la ciudad.

—Son las dos de la mañana.

—Exactamente. Mejor hora posible para vivir.

Ella resopla apoyando la cabeza contra la ventana del BMW mientras la música suena baja dentro del coche. Afuera las luces empiezan a desaparecer poco a poco cuanto más nos alejamos del centro.

—Como Vera descubra que me has sacado un jueves de madrugada, te mata.

—Vera vive permanentemente preparada para matarme.

—Eso también es verdad.

Sonrío apenas acelerando un poco más.

La carretera empieza a estrecharse conforme subimos hacia la zona de montaña. Curvas más cerradas, menos luces y árboles oscuros rodeándolo todo mientras el frío golpea los cristales.

Y ahí es donde empieza lo bueno.

Valeria ya no parece cansada.

Ahora está observando la carretera igual que siempre: atenta, callada, anticipando cada movimiento.

Eso es lo que más me gusta de enseñarle a conducir.

No entra nerviosa. No se acelera por ego. Escucha el coche.

Eso no se aprende fácil.

—Vale —digo finalmente apartando las manos del volante un segundo—. Hoy vas a dejar de conducir como persona responsable.

Ella gira la cabeza hacia mí.

—Eso ha sonado peligrosísimo.

—Porque lo es.

—Perfecto.

Paramos varios minutos después en una zona completamente vacía rodeada de montaña y asfalto húmedo por el frío. No pasa ni un solo coche. Solo nosotros, el ruido lejano del motor y Madrid desapareciendo abajo entre luces pequeñas.

Me bajo del coche estirándome un poco mientras Valeria me observa desde el asiento del copiloto.

—¿Qué hacemos exactamente?

—Voy a enseñarte a derrapar bien.

—Eso no tranquiliza nada.

—Porque todavía tienes instinto de supervivencia.

Ella empieza a reírse mientras se cambia al asiento del conductor.

Y sinceramente: el BMW le queda perfecto.

No sé explicarlo mejor.

Quizá porque es un punto intermedio entre Vera y yo. Más preciso que el Mustang. Menos frío que el GT-R.

Exactamente ella.

Me apoyo sobre la ventanilla mientras le explico varias cosas: cómo mover el peso del coche, cuándo acelerar, cuándo corregir, cómo no entrar en pánico si pierde control.

—Lo importante no es girar —le digo—. Lo importante es entender cuándo el coche va a romper la trayectoria antes de que ocurra.

—Eso ha sonado demasiado técnico para venir de ti.

—Te sorprendería mi capacidad intelectual.

—No especialmente.

Le doy un golpe suave en el hombro antes de apartarme del coche.

—Venga. Prueba.

Valeria arranca despacio al principio. Demasiado prudente.

—¡Más rápido! —grito desde fuera.

—¡No quiero morir!

—¡Pues aprende!

La primera vez el coche pierde agarre apenas un segundo antes de que ella corrija demasiado pronto.

La segunda casi funciona.

La tercera ya no.

La tercera entra perfecta.

El BMW desliza en curva mientras ella mantiene el control muchísimo mejor de lo que esperaba y cuando vuelve hacia mí tiene esa sonrisa pequeña que le aparece únicamente cuando algo le gusta de verdad.

—Hostia.

Empiezo a reírme inmediatamente.

—Eso ha sonado peligrosamente emocional.

—¡Lo he hecho bien!

—Sí. Y eso me preocupa bastante.

Seguimos así durante más de una hora.

Curvas. Intentos. Risas. Correcciones.

Y poco a poco Valeria empieza a soltarse completamente. Ya no piensa tanto cada movimiento. Empieza a sentir el coche en vez de pelearse con él.

Ahí está la diferencia.

Porque conducir rápido no va de perder el control.

Va de saber exactamente cuánto puedes acercarte antes de hacerlo.

—Otra vez —dice bajando la ventanilla.

—¿Ves? Ya estás enferma mentalmente como nosotros.

—Cállate y sube al coche.

La música vuelve a llenar el interior mientras arrancamos otra vez carretera arriba. Esta vez conduzco yo y Valeria observa desde el copiloto cómo entro en curvas mucho más rápido de lo normal.

—Nunca entenderé cómo haces eso sin miedo.

La miro apenas un segundo.

—Claro que hay miedo.

—Pues no lo parece.

Sonrío apoyando una mano sobre el cambio.

—El truco está en que no controle el coche el miedo antes que tú.

Ella se queda callada varios segundos mirando la carretera.

Y creo que está entendiendo exactamente lo que quiero decir.

Cuando finalmente paramos ya empieza a amanecer.

El cielo todavía está oscuro, pero la línea del horizonte empieza a aclararse lentamente detrás de las montañas. El aire es helado y el motor del BMW sigue crujiendo suavemente mientras nos sentamos sobre el capó con latas de bebida energética entre las manos.

Valeria tiene el pelo revuelto por el viento y las manos todavía frías.

Pero parece feliz.

Muy feliz.

—Creo que nunca me siento tan tranquila como conduciendo —murmura mirando el amanecer.

Eso me hace girar la cabeza hacia ella.

Porque entiendo perfectamente lo que quiere decir.

Hay algo en conducir de noche que vacía el ruido de dentro de la cabeza. Como si durante unas horas solo existieran: la carretera, la música, las luces pasando rápido.

Nada más.

—Todavía te falta muchísimo por aprender —le digo después.

—Qué sorpresa.

—Pero tienes algo importante ya.

—¿Qué cosa?

Miro el BMW delante de nosotros.

Después a ella.

—Sabes escuchar el coche.

Valeria sonríe apenas bajando la mirada.

Y durante unos segundos nos quedamos en silencio viendo cómo el amanecer empieza a cubrir lentamente la carretera vacía.

Después le doy un golpe suave con el hombro.

—Algún día voy a enseñarte a correr de verdad.

Ella levanta una ceja.

—¿Esto no cuenta?

Empiezo a reírme.

—No tienes ni idea de lo que viene todavía.