24
Mi madre cocina como si estuviera dirigiendo una empresa multinacional.
Todo tiene horarios exactos, orden específico y una capacidad preocupante para hacer veinte cosas al mismo tiempo sin equivocarse en ninguna.
Yo llevo diez minutos intentando cortar verduras sin perder un dedo.
—Estás sujetando eso fatal —dice Isabel desde el otro lado de la cocina.
—Estoy sobreviviendo.
—De milagro.
Resoplo mientras ella sigue moviéndose entre fogones con absoluta tranquilidad.
Afuera ya está anocheciendo y la ventana de la cocina empieza a empañarse por el calor.
Huele a tomate, especias y pan recién hecho mientras la música suena baja desde el altavoz pequeño que mi madre pone siempre cuando cocina.
La puerta cerrada mantiene el resto del ruido de la casa más lejos. Aun así, todavía escuchamos cosas: Leo gritando algo desde el garaje, Vera mandándolo callar, Hugo entrando probablemente directo a la nevera.
Lo normal.
—¿Papá siempre cocinaba igual de bien? —pregunto.
Mi madre sonríe inmediatamente.
—Tu padre aprendió porque quería impresionarme.
—Qué romántico.
—Y le funcionó bastante bien.
Eso consigue que me ría un poco mientras sigo cortando verduras muchísimo más despacio que ella.
Mi madre siempre se mueve de forma elegante incluso haciendo cosas normales. Tiene el pelo recogido de cualquier manera esta noche, varias pulseras sonando suavemente cada vez que aparta algo y esa calma constante que hace que todo alrededor parezca menos caótico.
A veces creo que gran parte de esta familia funciona gracias a ella.
—¿Cómo os conocisteis exactamente? —pregunto apoyándome contra la encimera.
Isabel levanta apenas una ceja.
—¿Eso es interés real o simple procrastinación culinaria?
—Las dos cosas.
Ella empieza a reírse.
—Nos conocimos en una cena horrible.
—Eso no parece muy prometedor.
—No lo era.
Mi madre se gira apagando uno de los fogones antes de continuar hablando.
—Yo trabajaba muchísimo ya entonces y tu padre acababa de empezar uno de sus proyectos importantes. Un amigo insistió tanto en presentarnos que terminé aceptando solo para que dejara de molestarme.
—¿Y papá?
—Tu padre apareció treinta minutos tarde y convencido de que aquella cena sería una pérdida de tiempo.
—Eso sí me lo creo.
—Y aun así se quedó toda la noche hablando conmigo.
Sonrío imaginándomelo.
Porque incluso ahora Rafael tiene esa forma de mirar a mi madre como si siguiera impresionándole exactamente igual.
—¿Cuándo supiste que querías una familia con él?
Mi madre tarda un poco más en responder esta vez.
No incómoda. Solo pensando.
—Muy pronto.
—¿Tan claro estaba?
Ella asiente apenas mientras prueba la salsa.
—Con algunas personas las cosas simplemente encajan rápido.
La cocina se queda tranquila unos segundos.
Después mi madre me mira desde el otro lado de la isla.
—Aunque sinceramente creo que ninguno de los dos esperaba terminar teniendo cuatro hijos completamente imposibles.
—Qué ofensiva eres.
—Valeria, uno de vosotros casi incendia la cocina el mes pasado.
—Eso fue Hugo.
—Y Leo se escapaba para correr ilegalmente con coches antes de tener edad suficiente para conducir.
—Detalles técnicos.
—Y Vera organizaba sus juguetes por tamaños siendo pequeña. Eso daba miedo.
Empiezo a reírme inmediatamente.
—¿Y yo?
Mi madre sonríe apenas.
—Tú eras la única que conseguía convencer a todos de hacer estupideces tranquilamente.
—Eso suena manipulador.
—Porque lo eras un poco.
Finjo indignación mientras ella vuelve a reírse.
Después sigo observándola varios segundos antes de preguntar algo que llevo pensando desde hace tiempo.
—¿Nunca te dio miedo?
—¿Qué cosa?
—Criarnos.
Mi madre frunce el ceño ligeramente.
—¿Por qué iba a darme miedo?
—No sé. Somos muy distintos todos.
Ella deja finalmente la cuchara sobre la encimera y se apoya frente a mí.
—Precisamente eso es lo que más me gusta de vosotros.
No respondo inmediatamente.
Porque esperaba cualquier otra respuesta menos esa.
—Nunca quise hijos iguales —continúa ella—. Me gusta que cada uno tenga una forma distinta de entender el mundo.
La escucho en silencio mientras sigue hablando con esa calma suya que hace parecer sencillas incluso las cosas importantes.
—Hugo siente demasiado, aunque intente esconderlo constantemente.
Vera necesita controlarlo todo porque le da tranquilidad.
Leo vive como si fuera incapaz de frenar antes de pensar.
Y tú observas tanto las cosas que a veces parece que estés intentando entender a todo el mundo antes de decidir dónde colocarte tú.
La cocina queda completamente en silencio después de eso.
Porque mi madre acaba de describirnos mejor de lo que probablemente nosotros mismos podríamos hacerlo.
—Y aun así funcionáis juntos —dice sonriendo un poco—. Eso es lo bonito.
Bajo la mirada hacia las verduras intentando disimular que esa frase me ha golpeado más de lo esperado.
Mi madre vuelve a cocinar como si nada hubiera pasado.
Y durante un rato seguimos hablando de cosas pequeñas: recetas, universidad, viajes, las peleas absurdas entre Leo y Vera.
Pero algo se queda conmigo mientras la observo moverse por la cocina.
Creo que mi madre nunca intentó que fuéramos perfectos.
Solo quiso que esta casa siempre se sintiera como un lugar al que mereciera la pena volver.