23
Odio la palabra Selectividad.
La odio muchísimo.
Porque desde que empezó febrero parece que absolutamente todo el mundo vive obsesionado con repetirla constantemente: profesores, orientadores, compañeros, mi madre, la madre de Nadia, gente aleatoria respirando cerca de mí.
¿Qué quieres estudiar? ¿Ya sabes qué universidad? ¿Y después qué?
Como si a los diecisiete años uno tuviera que despertar mágicamente sabiendo qué demonios hacer con el resto de su vida.
La semana entera ha sido horrible.
Exámenes, trabajos, simulacros, profesores hablando de notas de corte como si fueran amenazas militares.
Y encima Vera empeora bastante las cosas sin querer porque ella ya tenía clarísimo lo que quería hacer desde hacía años. Leo directamente vive ignorando el concepto de futuro y Hugo responde “ni idea” a cualquier conversación mínimamente seria.
Yo estoy justo en medio.
Porque sí tengo cosas que me gustan: los coches, conducir, el boxeo, todo lo relacionado con mecánica.
Pero no sé cómo convertir eso en una vida real todavía.
Y empiezo a sentir que voy tarde respecto a todo el mundo.
Son casi las dos de la madrugada cuando bajo a la cocina buscando café después de rendirme completamente con filosofía.
La casa está en silencio.
Bueno, casi.
Porque la luz de la cocina sigue encendida y mi padre está sentado en la isla central rodeado de documentos, portátil y varias carpetas abiertas mientras revisa algo con gafas puestas.
Eso ya da miedo.
—¿Tú no duermes nunca? —pregunto entrando.
Rafael levanta apenas la vista.
—Podría preguntarte exactamente lo mismo.
Abro la cafetera suspirando.
—Estoy siendo víctima del sistema educativo.
—Qué dramática eres.
—No has visto mis apuntes.
Mi padre sonríe apenas antes de volver a mirar la pantalla del portátil.
Lleva camisa remangada, el pelo ligeramente despeinado y expresión cansada.
Creo que nunca había pensado demasiado en cuánto trabajan realmente mis padres hasta este último año.
Simplemente parecía que todo funcionaba solo: la casa, el dinero, las rutinas, nuestra vida entera.
Ahora empiezo a entender que detrás de eso había muchísimo más esfuerzo del que nosotros vemos normalmente.
Me siento frente a él con la taza caliente entre las manos.
Y durante unos minutos ninguno habla demasiado.
Solo el sonido del teclado, la lluvia suave golpeando los cristales de cocina y la cafetera todavía enfriándose.
—¿Qué pasa? —pregunta finalmente sin levantar la vista del ordenador.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué tiene que pasar algo?
—Porque has bajado a las dos de la mañana y llevas cara de querer pegarle a alguien.
Bastante justo.
Remuevo el café varios segundos antes de responder.
—No sé qué quiero hacer.
Mi padre deja finalmente el portátil a un lado y me mira bien esta vez.
—¿Con qué?
—Con mi vida en general supongo.
Él se reclina un poco en la silla cruzándose de brazos.
—Eso suena bastante amplio.
—Todo el mundo parece tenerlo clarísimo menos yo.
—Eso es mentira.
—Vera sí.
—Vera organiza las emociones como si fueran hojas de cálculo. No cuenta.
Eso me hace reír un poco.
—Y Leo simplemente improvisa sobreviviendo.
—Eso tampoco cuenta demasiado.
Bajo la mirada hacia la taza otra vez.
—No sé qué estudiar. Ni siquiera sé si quiero estudiar algo concreto o solo… no sé.
Las palabras salen bastante peor de lo que esperaba.
Porque el problema no es únicamente elegir carrera.
Es sentir que cualquier decisión parece demasiado definitiva.
Mi padre me observa unos segundos en silencio antes de hablar.
—Valeria, tienes diecisiete años.
—Ya, pero…
—No. Escúchame.
Su tono cambia apenas lo suficiente para que levante la cabeza.
—No hace falta tener toda la vida decidida con diecisiete años.
La cocina se queda completamente tranquila alrededor.
Mi padre rara vez habla mucho sobre cosas emocionales. No porque no le importen. Simplemente suele demostrarlo de otras maneras: estando, escuchando, apareciendo cuando hace falta.
Por eso cuando habla así, siempre pesa un poco más.
—La mayoría de adultos tampoco saben qué están haciendo realmente —continúa—. Solo aprenden a fingirlo mejor.
—Eso no es muy esperanzador.
—Es bastante realista.
Sonrío apenas.
Él vuelve a apoyarse contra la silla observándome con mucha más calma ahora.
—Te gustan demasiadas cosas como para pensar que vas perdida.
—Eso no ayuda mucho a elegir.
—No tienes que decidir tu vida entera ahora mismo. Solo el siguiente paso.
Nunca había pensado en ello así.
Siempre parece que cada decisión define automáticamente todo lo demás: universidad, trabajo, futuro.
Como si equivocarse fuera irreversible.
—Además —añade después—, tú siempre encuentras tu sitio cuando algo realmente te importa.
—Eso ha sonado sospechosamente emocional viniendo de ti.
—No te acostumbres.
Empiezo a reírme bajando la mirada.
Mi padre también sonríe apenas antes de volver a abrir el portátil.
Y durante unos segundos la escena resulta extrañamente tranquila: la cocina casi a oscuras, el sonido suave de la lluvia fuera, mi padre trabajando frente a mí, el café todavía caliente entre las manos.
No siento que haya solucionado nada exactamente.
Pero la presión dentro del pecho pesa un poco menos que antes.