22
Últimamente estoy peleando mejor que nunca.
Eso es lo que dicen todos al menos.
Entrenadores. Gente del gimnasio. Incluso Vera me dijo hace unos días que daba “más miedo de lo habitual”, que viniendo de ella prácticamente cuenta como afecto.
Y sinceramente creo que tiene razón.
Me siento más rápido. Más preciso. Más centrado dentro del ring.
El problema es que fuera de él empiezo a estar completamente distraído por una persona concreta.
Nadia.
Porque ahora aparece en casi todas partes: entrenamientos, cafés después del gimnasio, mensajes absurdos durante el día, llamadas de madrugada, audios riéndose de mí.
Y hoy ha venido a verme pelear.
Ese es el problema.
—¿Por qué estás tan tenso? —pregunta Dani ajustándose las vendas en el vestuario.
—No estoy tenso.
—Llevas diez minutos recolocándote los guantes.
Miro mis manos.
Mierda.
—Vete a la mierda.
Él empieza a reírse inmediatamente.
—Es la rubia, ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
—Claro. Y yo practico ballet.
Le saco el dedo corazón mientras termino de vendarme otra vez.
Porque sí.
Estoy nervioso.
Y odio bastante entender por qué.
No es por la pelea. Eso me da igual.
Es porque Nadia está ahí fuera viéndome.
Y por alguna razón eso cambia completamente cómo se siente todo.
Escucho ruido llegando desde el pabellón mientras salgo finalmente hacia el ring. Música demasiado alta, focos molestando a los ojos y gente moviéndose constantemente alrededor de las gradas.
Y entonces la veo.
Sentada en primera fila junto a Vera y Valeria.
Sudadera gris enorme. Pelo rubio cayéndole sobre los hombros. Mirada fija directamente en mí.
Cuando sonríe al verme siento algo bastante parecido a perder una pelea interna conmigo mismo.
Perfecto.
Subo al ring intentando ignorar completamente que Nadia sigue sentada ahí abajo observándome.
No funciona demasiado.
Porque cada vez que levanto la vista vuelvo a encontrarlas: Vera analizando cada movimiento con los brazos cruzados, Valeria inclinada hacia delante como si estuviera peleando ella también, y Nadia mirándome de una forma que me pone muchísimo más nervioso que el combate.
La campana suena y mi rival entra rápido desde el principio, buscando presión constante. Alto, más pesado que yo y con demasiada confianza en la derecha.
Los primeros golpes llegan rápidos.
Bloqueo. Esquivo. Respondo.
Escucho la voz de uno de los entrenadores desde fuera del ring, pero el resto empieza a apagarse poco a poco. El boxeo siempre hace eso. Reduce el mundo a movimientos concretos: respirar, golpear, aguantar, leer al otro antes de que ataque.
Mi rival vuelve a entrar fuerte intentando arrinconarme contra las cuerdas.
Error.
Le esquivo por fuera y conecto un golpe limpio al cuerpo que le corta el aire lo suficiente para hacerlo retroceder apenas un segundo.
Desde las gradas escucho a Leo gritar algo incomprensible.
Valeria sí está completamente concentrada.
Puedo verla incluso entre movimientos, siguiendo cada desplazamiento como si intentara anticiparlos antes de que ocurran.
La segunda ronda se vuelve mucho más agresiva. Mi rival deja de boxear limpio y empieza a entrar con rabia, intentando provocar pelea corta y rápida.
A mí eso me beneficia.
Siempre me beneficia.
Porque cuanto más golpean sin pensar, más fácil resulta encontrar huecos.
Conecto otra derecha limpia.
Después otra.
La gente empieza a gritar alrededor del ring mientras el ritmo se acelera cada vez más.
Y entonces escucho la voz de Nadia.
No entiendo qué dice exactamente.
Pero la escucho.
Y eso me atraviesa el pecho de una forma bastante peligrosa.
La última ronda empieza con ambos cansados ya, respirando fuerte, sudor cayendo al suelo y el ruido del pabellón explotando alrededor.
Mi rival intenta entrar otra vez demasiado abierto.
Esta vez no falla solo un golpe.
Falla toda la distancia.
Le esquivo, giro el cuerpo y conecto limpio.
Directo.
Preciso.
Suficiente.
Cuando el árbitro me separa y levanta mi mano, las gradas prácticamente explotan.
Y automáticamente vuelvo a buscarla.
Nadia está sonriendo como si acabara de ganar ella.
—Has estado increíble —dice acercándose a mí después mientras me quito los guantes.
Tiene los ojos brillando todavía por la adrenalina y las mejillas ligeramente rojas por el frío de fuera.
—He sobrevivido.
—Idiota.
Sonrío apenas mientras ella me pasa una botella de agua.
Y sinceramente creo que podría acostumbrarme demasiado rápido a esto.
Salimos bastante tarde del pabellón y para entonces Madrid está completamente empapado por la lluvia. Las calles brillan bajo las farolas y el agua golpea el asfalto con tanta fuerza que apenas se escucha otra cosa.
—Te llevo a casa —le digo poniéndome el casco.
—Vas en moto.
—Y tú tienes manos funcionales para agarrarte.
—Qué romántico eres.
Nadia termina subiéndose detrás de mí todavía riéndose mientras la lluvia nos golpea prácticamente desde el primer minuto.
Y sinceramente acabamos completamente empapados.
El agua atraviesa la ropa, el frío se mete en las manos y Nadia no deja de reírse cada vez que aceleramos demasiado pasando entre calles vacías.
—¡Esto es una idea horrible! —grita agarrándose más fuerte a mi espalda.
—¡Pero divertida!
—¡No siento la cara!
—¡Eso significa velocidad!
—¡Eso significa neumonía!
Cuando paramos finalmente delante de su casa estamos completamente mojados.
La lluvia sigue cayendo fuerte sobre la calle vacía mientras apago el motor de la moto y me quito el casco. Nadia hace lo mismo varios segundos después, apartándose el pelo empapado de la cara mientras intenta dejar de tiritar.
—Creo que ya no siento las manos —murmura.
—Eso es buena señal.
—¿En qué universo?
Empiezo a reírme mientras dejo el casco sobre el asiento.
Las farolas reflejan el agua sobre el asfalto y durante unos segundos ninguno entra todavía en casa. Seguimos allí, de pie bajo la lluvia, mirándonos como dos personas incapaces de terminar una noche correctamente.
—Gracias por venir hoy —digo finalmente.
Nadia me observa unos segundos.
—Gracias por dejarme hacerlo.
Y ahí vuelve esa sensación otra vez.
La de estar demasiado tranquilo cerca de ella.
Demasiado bien.
Ella da un paso apenas más cerca.
Yo también.
Y cuando la beso, la lluvia, el frío y la calle desaparecen durante unos segundos.
Solo ella besándome de vuelta mientras sigue agarrando mi chaqueta mojada entre las manos.
Cuando nos separamos, Nadia apoya la frente contra la mía todavía sonriendo.
—No vas a volver a casa ahora.
—Nadia…
—Está lloviendo muchísimo.
—He venido en moto bajo la lluvia media hora.
—Exactamente. Eso demuestra que tomas decisiones horribles.
Me río bajando la mirada.
—Estoy bien.
—Hugo, no pienso dejar que vuelvas solo así.
—Suena un poco secuestro.
—Pues acostúmbrate.
Ella vuelve a besarme apenas un segundo antes de agarrarme de la mano y tirar de mí hacia la entrada.
Y sinceramente ya no tengo demasiadas ganas de discutirle nada.
Su casa está tranquila cuando entramos. Las luces bajas, olor a café todavía en la cocina y varias sudaderas tiradas sobre el sofá.
—¡Mamá, ya he llegado! —grita Nadia desde la entrada.
—¿Quién es? —se escucha desde arriba.
—¡Hugo!
Silencio.
Y después:
—¡Vale!
Me entra bastante más vergüenza de la que esperaba de repente.
—Relájate —dice Nadia riéndose mientras me empuja hacia el baño—. Vas dejando un charco por toda la casa.
Diez minutos después salgo de la ducha con una toalla alrededor del cuello y el pelo todavía húmedo justo cuando alguien aparece en el pasillo.
Iker.
Más alto que Nadia, sudadera negra y cara de sueño absoluta.
Me mira unos segundos. Luego mira la ropa mojada en el suelo.
Y sonríe apenas.
—Tú eres Hugo.
—Y tú Iker.
—Buena observación.
Nadia aparece detrás de él rodando los ojos.
—No le hagas caso. Lleva dormido desde 2007.
—Técnicamente sigo aquí por educación.
Iker desaparece un momento en su habitación y vuelve segundos después con ropa en la mano.
—Toma. Quédate esto o mañana morirás congelado.
—Gracias.
—No me debes nada. Solo no rompáis nada esta noche o mamá nos mata a todos.
Nadia le empuja inmediatamente.
—¡Vete!
Él empieza a reírse alejándose otra vez por el pasillo.
Y mientras Nadia me mira todavía sonriendo con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros, tengo una sensación bastante clara atravesándome el pecho.
Creo que acabo de cruzar una línea importante .