Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 21
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La semana de Valeria ha sido tan caótica que sinceramente empiezo a entender por qué amenaza constantemente con abandonar bachillerato y vivir arreglando coches en algún garaje perdido.

Cada vez que la veo durante los últimos días parece más cansada.

Apuntes por todas partes. Café constantemente. Mensajes a las tres de la mañana preguntándome matemáticas como si yo fuera una línea de atención psicológica académica.

—No puedo más con filosofía —murmura entrando en el coche esa mañana.

—Qué sorpresa.

—Vera, literalmente he escrito quince páginas sobre el sentido de la existencia.

—Y sigues sin encontrarlo, imagino.

—He encontrado ganas de morirme solamente.

Sonrío arrancando el GT-R mientras ella deja caer la cabeza contra el asiento.

Madrid está llena de luz incluso siendo temprano. El tráfico de sábado todavía no resulta insoportable y la música suena baja mientras avanzamos hacia el centro.

—Mamá dice que tienes ojeras —le digo.

—Mamá dramatiza.

—No. Pareces víctima de un crimen académico.

—Gracias por el apoyo emocional.

Valeria se recoge el pelo de cualquier manera antes de mirar por la ventana.

Y aunque sigue agotada, se le nota mucho más despierta desde que le dije que hoy íbamos a comprar piezas nuevas para el BMW.

Los coches curan traumas. O al menos distraen bastante bien.

Terminamos aparcando cerca de una cafetería pequeña escondida entre varias calles del centro donde ya he venido otras veces con compañeros de la universidad. Hace frío fuera, pero dentro todo huele a café recién hecho y tostadas calientes.

Valeria suspira apenas sentándose frente a mí.

—Si suspendiera todo y me quedara aquí para siempre, ¿sería tan grave?

—Sí.

—Qué poca empatía.

—Qué poco espíritu académico tienes.

Ella sonríe mientras una camarera deja los cafés sobre la mesa.

Durante unos minutos hablamos de cosas absurdas: Leo intentando secar unas zapatillas con un secador después de la piscina, Hugo ignorando completamente sus horarios de sueño, mi madre convencida de que todos tenemos déficit de vitaminas.

Lo normal.

Pero cuando el desayuno se termina y el ruido de la cafetería baja un poco alrededor, Valeria me mira desde el otro lado de la mesa.

—¿Tú nunca te cansas?

Frunzo el ceño.

—¿De qué?

—De estudiar tanto. De tener todo tan claro siempre.

Eso me hace gracia.

Porque la gente suele confundirse muchísimo conmigo.

—No tengo todo claro.

—Vera.

—Es verdad.

Remuevo el café unos segundos antes de seguir hablando.

—Solo sé que quiero dedicarme a esto.

—¿A los coches?

Asiento.

—Diseñarlos. Construirlos. Lo que sea mientras tenga que ver con eso.

Valeria sonríe un poco apoyando la barbilla sobre la mano.

—Te pega muchísimo.

—¿Y tú?

Ella tarda menos en responder.

—Yo solo quiero conducirlos.

Empiezo a reírme inmediatamente.

—Qué profundo todo.

—Estoy siendo sincera.

—Lo sé.

Y sinceramente eso también le pega muchísimo.

Porque Valeria siente los coches de una forma distinta a mí. Yo puedo obsesionarme durante horas con estructuras, sistemas o diseño técnico. Ella no. Lo suyo empieza cuando las manos tocan el volante y todo lo demás desaparece un rato.

—Aunque supongo que también me gustaría vivir de algo relacionado con esto —añade después—. No sé exactamente cómo todavía.

—Ya lo descubrirás.

Ella baja la mirada hacia la taza varios segundos.

—¿Y si no?

—Pues cambiarás de idea. Tampoco pasa nada.

Valeria me observa como si esa respuesta no fuera la que esperaba.

Y creo que entiendo por qué.

Porque en esta casa todos hablamos constantemente del futuro como si fuera algo sólido: universidades, trabajo, competiciones, planes.

Pero la verdad es que ninguno sabe realmente qué demonios está haciendo todavía.

Solo fingimos bastante bien.

Pasamos el resto de la mañana recorriendo tiendas de piezas, talleres y almacenes mientras Valeria recupera energía automáticamente cada vez que aparece algo relacionado con coches.

Se detiene frente a motores abiertos como si estuviera viendo arte y empieza a discutir conmigo sobre modificaciones del BMW mientras cargamos cajas en el maletero.

—Te juro que ese escape sonaría muchísimo mejor.

—Y también muchísimo más ilegal.

—Detalles técnicos.

—Leo te está destruyendo el cerebro.

—Leo tiene visión.

—Leo tiene problemas.

Valeria se ríe mientras seguimos caminando entre calles llenas de gente.

Y durante un momento muy concreto, viéndola hablar emocionada sobre coches, universidad y todo lo que todavía no sabe del futuro, pienso algo bastante simple.

A veces se me olvida que sigue teniendo diecisiete años.

Porque casi siempre parece mayor.

Más tranquila. Más observadora. Más contenida que la mayoría de personas de su edad.

Pero luego tiene momentos así.

Momentos donde todavía parece alguien intentando descubrir qué lugar quiere ocupar en el mundo.

Y sinceramente espero que encuentre uno donde siga sonriendo así de fácil.