20
Los domingos en mi casa tienen una energía distinta al resto de la semana. Más lenta. Como si incluso nosotros fuéramos incapaces de vivir acelerados todo el tiempo. Aunque tampoco demasiado, porque Leo sigue siendo Leo incluso en enero con cinco grados y viento helado.
—¡Te juro que como vuelvas a tocar mis apuntes, te mato! —grita Vera desde la terraza exterior.
—Qué dramática eres.
—¡Leo!
Estoy tumbada sobre una de las hamacas cubiertas con una manta gruesa intentando escuchar música mientras mi hermano corre alrededor del jardín con varios folios en la mano y Vera lo persigue preparada para cometer un crimen real.
El césped todavía sigue húmedo por el frío de la mañana y el aire huele a humo de barbacoa desde hace rato.
Mi madre ni siquiera se inmuta.
Sigue colocando platos sobre la mesa exterior mientras canta bajito una canción vieja que suena desde el altavoz de la terraza.
—No pienso intervenir —dice tranquila.
—¡Porque sabes que tengo razón! —grita Leo desde el otro lado del jardín.
—Porque Vera terminaría enterrándote debajo de la piscina.
Mucho más probable.
Mi padre lleva casi una hora junto a la barbacoa defendiendo que cocinar carne “requiere técnica”, aunque todos sabemos que simplemente disfruta teniendo una excusa para quedarse fuera controlando el fuego como si estuviera dirigiendo una operación militar.
Lleva una sudadera oscura y aun así sigue acercándose demasiado al calor.
Hugo aparece detrás de mí varios segundos después y me tira una bolsa de hielo sobre las piernas.
—¡Hostia!
Él se ríe dejándose caer en la silla de al lado.
—Reflejos lentísimos.
—Eres imbécil.
—Y aun así me tienes muchísimo cariño.
Lleva ropa deportiva todavía, el pelo húmedo de la ducha y las manos escondidas dentro de la sudadera porque fuera hace bastante más frío de lo que todos intentamos fingir.
Nadia también está aquí hoy. Está sentada junto a mi madre ayudándola con una ensalada mientras las dos hablan como si se conocieran desde hace años.
Nadia tiene las mangas cubriéndole media mano y se acerca constantemente a la estufa exterior de la terraza cada vez que sopla más viento.
Y sinceramente creo que mi madre ya la ha adoptado emocionalmente.
—¿Tú no tenías que estudiar también? —pregunta Hugo mirando hacia Vera.
—Sí, pero vuestro coeficiente intelectual colectivo no me deja.
—Qué ambiente tan bonito hay siempre en esta familia.
Leo reaparece entonces por detrás completamente orgulloso de sí mismo.
Error enorme.
Porque Vera le empuja directamente a la piscina sin avisar.
El ruido del agua rompe todo el jardín y Leo sale a la superficie gritando como si acabara de sobrevivir a una tragedia nacional.
—¡ESTÁ CONGELADA!
Yo empiezo a reírme tan fuerte que casi se me caen los cascos. Nadia se tapa la cara directamente mientras Hugo se dobla de risa sobre la silla.
Mi padre levanta la vista desde la barbacoa.
—Eso ha estado merecidísimo.
—¡Sois unos psicópatas! —grita Leo completamente empapado.
Vera vuelve a sentarse junto a sus apuntes con absoluta tranquilidad, recolocándose la manta sobre las piernas como si no acabara de lanzar a alguien al agua en pleno enero.
—Te avisé tres veces.
—¡Tengo hipotermia!
—Ojalá.
Mi madre ya ni intenta disimular la risa mientras Teresa le acerca una toalla a Leo.
—No pienso recoger agua del salón luego —dice Isabel.
—Ha sido violencia doméstica —protesta él tiritando.
—Ha sido educación correctiva —corrige Vera sin levantar la vista de los apuntes.
Hugo le choca la mano inmediatamente.
Y ahí es cuando dejo de seguir conversaciones concretas y simplemente observo.
Mi padre girando la carne mientras discute con Andrés sobre fútbol.
Mi madre cantando mal canciones antiguas.
Nadia riéndose cada vez que Leo dramatiza algo.
Vera intentando estudiar rodeada de caos absoluto.
Hugo robando comida antes de tiempo. Leo todavía quejándose del frío como si hubiera sobrevivido a un accidente marítimo.
Todo el jardín lleno de voces mezcladas, humo subiendo hacia el aire helado y puertas abriéndose constantemente porque nadie en esta familia sabe quedarse quieto demasiado tiempo.
Creo que mis momentos favoritos nunca son los grandes.
Son estos.
Los pequeños.
Los que parecen normales mientras ocurren.
Porque aquí todo el mundo habla encima del otro, se molesta constantemente y convierte cualquier comida tranquila en un desastre organizado. Y aun así nunca se siente vacío.