Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 19
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Hay noches donde las carreras parecen simples reuniones de gente obsesionada con los coches.

Y luego están noches como esta.

Demasiada gente. Demasiado dinero. Demasiadas ganas de demostrar algo.

Desde que llegamos sé perfectamente que hoy alguien va a terminar muy enfadado.

—No me gusta el ambiente —murmura Vera bajándose del GT-R.

—A ti no te gusta la felicidad en general —respondo cerrando la puerta del Mustang.

—Y tú tienes demasiada confianza para alguien con tan poca capacidad de supervivencia.

Valeria aparece detrás de nosotros ajustándose la sudadera mientras observa todo alrededor con esa cara suya de concentración silenciosa.

Luces improvisadas iluminando medio polígono, música reventando altavoces desde coches abiertos y grupos enormes de gente moviéndose constantemente entre apuestas y motores acelerando.

Adrenalina pura.

Y sinceramente: mi lugar favorito del mundo.

—¿Dónde está Hugo? —pregunta Valeria.

—Con Nadia creo —dice Vera mirando el móvil.

Perfecto.

Menos posibilidades de que me sermonee hoy.

Varios coches empiezan a entrar en fila mientras la gente se aparta automáticamente dejando espacio. Escucho silbidos, gritos y motores revolucionando demasiado fuerte incluso antes de verlo aparecer.

Porsche 911 azul marino.

Sergio Montero.

—Mira quién ha venido a perder otra vez —murmuro.

Sergio baja del coche con esa seguridad exagerada que tiene siempre, como si necesitara que todo el mundo lo estuviera mirando constantemente. Pelo rubio oscuro despeinado, mandíbula apretada y varios anillos brillando bajo las luces del recinto.

Detrás aparece Alba.

Y el ambiente cambia un poco.

No porque haga nada.

Precisamente porque no lo hace.

Camina tranquila entre todo el ruido como si nada de alrededor consiguiera tocarla realmente. Pelo negro cayéndole recto sobre los hombros, mirada fija y esa expresión cansada que parece permanente incluso cuando alguien le habla.

Valeria la observa apenas dos segundos.

Alba también.

Y ahí hay algo raro otra vez.

Todavía no sé exactamente qué.

—¿Preparado para otra humillación pública? —pregunto acercándome a Sergio.

Él sonríe apenas.

—Hoy no vas a tener tanta suerte.

—Qué duro debe ser vivir convencido de eso.

—Hablas demasiado para alguien que conduce un Mustang.

—Y tú demasiado para alguien que pierde contra él.

Vera directamente se aleja antes de que empecemos a matarnos verbalmente otra vez.

Inteligente por su parte.

Las apuestas empiezan rápido. Gente moviéndose alrededor de los coches, billetes cambiando de manos y música golpeando tan fuerte que el suelo parece vibrar junto a los motores.

Me apoyo un segundo contra el Mustang observando todo alrededor.

Y ahí está otra vez esa sensación.

La buena.

La que aparece justo antes de correr.

El cuerpo completamente despierto. La cabeza vacía. Solo ruido, velocidad y ganas de arrancar.

—No hagas estupideces —dice Vera acercándose.

—Eso limita muchísimo mis posibilidades como persona.

—Leo.

—Voy a ganar.

Ella suspira apenas.

—Ya lo sé.

Sonrío inmediatamente.

Porque Vera jamás diría eso si no lo pensara de verdad.

Media hora después estamos alineados en salida.

Mustang contra Porsche.

La gente rodeando ambos lados de la carretera improvisada mientras varios móviles empiezan a grabar incluso antes de arrancar.

Sergio me mira desde el otro coche.

Yo sonrío.

Error suyo.

La salida explota en ruido inmediatamente.

El Mustang responde perfecto desde el primer segundo y el motor ruge tan fuerte que durante unos metros dejo de escuchar absolutamente todo lo demás. Luces pasando rápido, música perdiéndose atrás y el Porsche intentando mantenerse pegado demasiado cerca.

Pero no llega.

No esta vez.

Cambio de marcha. Curva. Acelero otra vez.

Y ahí está.

Esa sensación exacta que intento perseguir siempre: velocidad suficiente para que el resto desaparezca.

Cuando cruzo primero la meta escucho los gritos incluso antes de frenar completamente.

El Porsche llega varios segundos después.

Demasiados segundos después.

Me bajo del Mustang riéndome mientras la gente empieza a rodear el coche.

—¡Dios, qué paliza! —grita alguien detrás.

—¿Otra vez, Sergio? —añado acercándome.

Él sale del Porsche completamente tenso.

—No ha sido para tanto.

Empiezo a reírme directamente.

—Claro. Por eso tienes esa cara.

—Vete a la mierda.

—Conduciendo así no creo que llegues.

Varios alrededor empiezan a reírse y Sergio aprieta la mandíbula todavía más fuerte.

Perfecto.

Humillación completada.

Pero entonces escucho otro ruido distinto desde el interior del recinto improvisado.

Gritos. Aplausos. Golpes.

El ring.

—Valeria pelea ahora —dice Vera apareciendo a mi lado.

Entramos entre la gente justo cuando empieza el último asalto.

Y sinceramente: da miedo verla así.

Valeria se mueve distinta dentro del ring. Más fría. Más exacta. Todo calculado al milímetro. No desperdicia movimientos, no entra en provocaciones y apenas expresa nada mientras golpea.

Alba tampoco.

Y eso es lo raro.

Porque el combate entero parece silenciosamente agresivo desde el principio. No hay show, ni provocaciones, ni gritos absurdos. Solo dos personas midiéndose constantemente como si intentaran entender algo una sobre otra además de ganar.

Alba pelea bien. Muy bien.

Rápida. Precisa. Controlada.

Pero Valeria está mejor.

Mucho mejor.

El último golpe entra limpio y Alba retrocede apenas un paso antes de que el árbitro separe definitivamente.

La victoria cae para Valeria.

Sin discusión.

La gente empieza a gritar alrededor mientras yo levanto ambos brazos exageradamente desde fuera del ring.

—¡ESA ES MI HERMANA!

Valeria pone cara de vergüenza inmediata.

Eso mejora todo.

Cuando ella baja finalmente del ring todavía tiene respiración agitada y varios mechones pegados a la cara por el sudor. Yo sigo celebrando como si hubiera ganado un campeonato mundial mientras Vera intenta aparentar normalidad, aunque claramente está orgullosa también.

—Dos Montero humillados en una noche —digo acercándome a Valeria—. Qué experiencia tan bonita.

—Eres insoportable.

—Pero ganador.

Ella resopla una risa pequeña mientras acepta agua de Vera.

Y entonces mira hacia el otro lado del recinto.

Yo sigo automáticamente la dirección.

Alba está allí.

Quieta.

Mirándola directamente entre toda la gente, luces y ruido alrededor.

Sin enfado. Sin sonrisa. Sin expresión clara realmente.

Solo observándola.

Y por alguna razón tengo la sensación de que esto tampoco ha terminado aquí.