18
La diferencia entre ir a la universidad con Vera y con Leo es bastante simple.
Vera quiere enseñarme cosas.
Leo quiere impresionarme.
Y sinceramente ambos resultan agotadores por motivos completamente distintos.
—No toques eso —dice Vera apenas entramos en uno de los talleres.
Aparto la mano inmediatamente.
—Ni siquiera iba a tocarlo.
—Tu cara decía lo contrario.
—Mi cara no habla.
—Desgraciadamente sí.
Leo aparece detrás de nosotras varios segundos después con un café en la mano y absolutamente cero intención de comportarse como una persona normal dentro de un entorno académico.
—Buenos días, ingenieras traumadas.
—¿Por qué has venido? —pregunta Vera.
—Porque Valeria prefiere claramente mi compañía.
—Eso es mentira —respondo.
—Qué falta de cariño hay en esta familia.
El taller huele a metal caliente, aceite y goma. Hay piezas desmontadas repartidas sobre mesas enormes, motores abiertos y estudiantes moviéndose de un lado a otro mientras varios profesores explican cosas que Leo ignora por completo desde hace aproximadamente veinte minutos.
Vera no.
Ella parece completamente en casa aquí dentro.
Se mueve entre herramientas, ordenadores y piezas mecánicas como si llevara haciéndolo toda la vida. Corrige cosas automáticamente, señala errores ajenos sin pensar demasiado y empieza a explicarme sistemas de suspensión delante de un coche desmontado mientras yo intento seguirle el ritmo mental.
—Vale, espera —la interrumpo—. Repite eso más despacio.
Vera suspira apenas.
—El problema es que Leo te ha enseñado coches emocionalmente.
—Eso no significa nada.
—Claro que sí. Tú entiendes sensaciones, conducción y comportamiento general. Pero luego llego yo y aparecen conceptos reales.
Leo se lleva una mano al pecho fingiendo dolor.
—¿Estás diciendo que no soy un profesor técnico excelente?
—Estoy diciendo que explicas motores como si fueran signos zodiacales.
—Eso es una falta de respeto brutal.
No puedo evitar reírme.
Porque desgraciadamente Vera tiene razón.
Leo me enseñó a conducir sintiendo el coche: el ruido, las vibraciones, la velocidad, las curvas, la adrenalina.
Vera me enseña por qué ocurre todo eso.
Y creo que entre los dos me han arruinado completamente la posibilidad de interesarme por cualquier otra cosa.
Pasamos prácticamente toda la mañana recorriendo talleres y laboratorios mientras Vera me explica cosas demasiado complejas con paciencia sorprendente y Leo interrumpe constantemente simplificando todo de la manera más absurda posible.
—Básicamente esto evita que mueras en curvas.
—Leo.
—¿Qué? Técnicamente es correcto.
—No puedes resumir meses de ingeniería así.
—Pues funciona mejor que tus discursos.
Vera pone los ojos en blanco mientras yo sigo observando un motor abierto delante de nosotros.
—Quiero aprender a desmontar uno entero —murmuro.
Leo sonríe inmediatamente.
—Esa es mi chica.
—No vuelvas a decir eso nunca más —dice Vera.
—Qué ambiente tan hostil.
Cuando salimos ya está anocheciendo y hace bastante frío. Vera conduce el GT-R delante mientras Leo va detrás haciendo cambios de luces únicamente para molestar.
Niños.
Al llegar a casa terminamos automáticamente en el garaje como siempre.
Porque en esta familia cualquier conversación importante termina ocurriendo entre coches, herramientas y música demasiado alta.
El BMW está abierto desde hace media hora mientras Vera revisa varias piezas sentada en el suelo y Leo insiste en que el problema “se escucha claramente” aunque nadie entienda exactamente qué demonios significa eso.
—¿Puedes pasarme la llave inglesa? —pregunta Vera.
Leo le lanza una equivocada.
—La otra.
—No seas exigente.
—Leo.
—Vale, vale.
Yo estoy tumbada debajo del coche sujetando una linterna mientras ellos discuten encima de mi cabeza sobre algo relacionado con suspensión que sinceramente ya he dejado de intentar seguir.
—¿Sabes qué me encanta? —dice Leo de repente.
—Nada de lo que vas a decir —murmura Vera.
—Que Valeria todavía es la única inteligente suficiente para elegir un BMW.
—Dios, cállate.
—El Mustang tiene personalidad.
—El Mustang tiene problemas de ira.
—Y el GT-R parece un robot depresivo.
—Habla otra vez y te atropello.
Empiezo a reírme desde debajo del coche justo cuando escuchamos la puerta del garaje abrirse.
Hugo entra varios segundos después con bolsas de comida en una mano y expresión de cansancio habitual.
—Huele fatal aquí.
—Eso eres tú —dice Leo.
—Eso es gasolina.
—Exacto.
Hugo deja la comida sobre una mesa mientras observa el desastre alrededor: herramientas tiradas, música sonando, Vera manchada de grasa, yo todavía en el suelo, Leo hablando demasiado alto.
Y sonríe apenas.
Muy poco.
Pero suficiente.
—Parecéis okupas mecánicos.
—Trajiste comida, así que no puedes juzgar —respondo saliendo finalmente de debajo del coche.
Nos sentamos todos en el suelo del garaje poco después rodeados de cajas de comida rápida, herramientas y música baja saliendo desde el Mustang abierto. Afuera hace frío, pero aquí dentro el ambiente sigue cálido por culpa de motores todavía calientes y cuatro personas hablando al mismo tiempo.
Leo sigue intentando defender que el Mustang ganaría cualquier carrera importante del planeta. Vera amenaza con desheredarlo emocionalmente. Hugo roba comida ajena como si no hubiera pedido la suya. Y yo simplemente los observo unos segundos desde el suelo del garaje.
Las luces blancas reflejándose sobre los coches. La música mezclándose con voces. Herramientas todavía desperdigadas alrededor.
Y por alguna razón todo encaja perfectamente ahí.