Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 17
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El gimnasio el dos de enero debería estar prohibido.

Todo el mundo llega con resaca, malas decisiones y una motivación absurda por “empezar bien el año” que desaparece aproximadamente en una semana.

Yo llevo aquí desde las siete de la mañana.

Como siempre.

El saco golpea contra mis nudillos una y otra vez mientras la música suena demasiado alta desde los altavoces viejos del fondo. Respiración. Golpe. Paso atrás. Otra combinación.

Aquí dentro todo resulta mucho más simple.

No tienes que pensar demasiado cuando el cuerpo está cansado.

Supongo que por eso cada vez entreno más.

—Llevas cuarenta minutos seguidos —dice uno de los entrenadores desde fuera del ring.

Levanto apenas una mano indicando que sigo vivo.

Más o menos.

El sudor me cae por el cuello mientras vuelvo a golpear el saco otra vez. Hay algo casi automático en esto ya. Como si mi cuerpo supiera exactamente qué hacer incluso cuando mi cabeza está en cualquier otra parte.

O completamente vacía.

Las dos cosas pasan bastante últimamente.

Cuando finalmente bajo del ring tengo los hombros ardiendo y la camiseta pegada a la espalda. Me dejo caer sobre uno de los bancos respirando fuerte mientras reviso el móvil.

Tres mensajes.

NADIA: “si sobrevives al gimnasio hoy, necesito café.”

Debajo: “aunque sinceramente ahora mismo pareces un problema médico.”

Y otro: “contesta viejo.”

Sonrío sin darme cuenta.

Eso empieza a pasarme demasiado.

—Qué cara más preocupante —dice Dani pasando por delante.

—Vete a la mierda.

—Ah, definitivamente es una chica.

Le saco el dedo corazón sin energía mientras vuelvo a mirar el móvil.

YO: “estoy vivo.”

La respuesta llega casi inmediata.

NADIA: “milagro.”

Quince minutos después Nadia aparece entrando en el gimnasio con una sudadera enorme gris y el pelo rubio recogido de cualquier manera. Lleva cara de sueño y aun así parece muchísimo más despierta que la mayoría de gente que conozco.

—Tienes peor aspecto que ayer —dice nada más verme.

—Tú eres muy agradable siempre.

—Es mi encanto.

Se sienta a mi lado en las gradas mientras abro una botella de agua.

Y ahí vuelve a pasar otra vez esa sensación rara de tranquilidad inmediata.

Como si mi cuerpo reconociera descanso antes que mi cabeza.

—¿Cuánto llevas aquí? —pregunta.

—Desde temprano.

—Eso no responde nada.

—Siete.

Nadia me mira horrorizada.

—Hugo, son vacaciones.

—¿Y?

—Das miedo.

—Exagerada.

Ella niega con la cabeza antes de quitarme la botella de agua de las manos para beber también.

Y sinceramente hay algo peligrosamente cómodo en todo esto ya.

En verla aparecer aquí. En desayunar juntos después de entrenar. En los mensajes absurdos durante el día. En acabar hablando dentro del coche durante horas sin darnos cuenta del tiempo.

Como si hubiera entrado en mi rutina sin hacer ruido.

Salimos del gimnasio poco después y terminamos en una cafetería pequeña cerca del centro donde ya nos conocen demasiado bien porque Nadia pide siempre lo mismo y yo sigo negándome a aceptar que necesito dormir más.

—Tu problema es que vives permanentemente enfadado con el descanso —dice ella removiendo el café.

—Y el tuyo es hablar demasiado temprano.

—Son las once.

—Exactamente.

Nadia empieza a reírse otra vez.

Tiene una forma muy concreta de hacerlo. Muy visible. Muy imposible de fingir. Todo se le nota muchísimo en la cara constantemente: cuando algo le hace gracia, cuando está cansada, cuando se preocupa, cuando quiere preguntar algo y todavía no sabe cómo.

Es justo lo contrario a mí.

—¿Hoy qué haces? —pregunta.

—Entrenar otra vez luego.

—Qué sorpresa.

—¿Y tú?

—Intentar convencer a Vera de que no me asesine entrenando.

—Buena suerte.

—Gracias por la fe.

Nos quedamos hablando muchísimo más tiempo del necesario sobre cosas absurdas: música horrible que escucha Leo, la obsesión de Vera con organizarlo todo, mi incapacidad para cocinar sin provocar tragedias, los vídeos ridículos que Valeria manda al grupo familiar.

Y cada conversación resulta demasiado fácil.

Eso es lo raro.

Nunca siento que tenga que pensar demasiado qué decir con Nadia. El silencio tampoco incomoda. A veces simplemente nos quedamos sentados dentro del coche escuchando música sin hablar demasiado y aun así todo sigue sintiéndose bien.

Muy bien.

Esa noche vuelvo a verla después de entrenar.

Y la siguiente también.

A veces aparece directamente en el gimnasio. Otras, me espera fuera con café porque dice que “parezco menos borde con cafeína”. Empezamos a mandarnos mensajes durante todo el día por cualquier tontería mínima: fotos horribles, quejas, memes absurdos, audios insultándonos.

Y sin darme cuenta empieza a convertirse en parte fija de absolutamente todas mis semanas.

—¿Te has quedado dormido? —pregunta Nadia una noche desde el asiento del copiloto.

La miro apenas saliendo de mis pensamientos.

Estamos aparcados cerca del mirador de siempre. Hace frío fuera y las ventanas empiezan a empañarse un poco mientras la música suena bajísima dentro del coche.

—No.

—Llevas como diez minutos callado.

—Estaba pensando.

—Eso también da miedo.

Resoplo una risa pequeña apoyando la cabeza contra el asiento.

Nadia me observa unos segundos antes de hablar otra vez.

—Entrenas demasiado.

—Tú hablas demasiado.

—No estoy bromeando.

Su tono cambia lo justo para que la mire bien esta vez.

Y ahí está.

Preocupación real.

No exagerada. No dramática. Simplemente sincera.

—Estoy bien —digo finalmente.

Ella tarda un poco en responder.

—Ya.

Pero sigue mirándome igual.

Y durante un segundo tengo la sensación rarísima de que Nadia empieza a verme más de lo que debería. Más de lo que normalmente dejo que vea la gente.

El problema es que no me molesta.

Al contrario.

Creo que me estoy acostumbrando demasiado a tenerla cerca.

Aunque todavía no entiendo hasta qué punto.