Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 16
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La casa de Teresa y Andrés siempre se siente distinta a la nuestra.

Más tranquila.

No pequeña exactamente, pero sí menos caótica. Como si allí las cosas ocurrieran un poco más despacio que en casa de mis padres.

Aunque sinceramente eso tampoco es muy difícil.

—¡Como Leo vuelva a tocar la música, me voy! —grita Vera desde el salón.

—¡No entiendes el arte! —responde él desde algún punto cercano al altavoz.

Sí.

Quizá el caos nos persigue genéticamente.

La casa está llena de gente: copas, comida, música, abrigos tirados sobre camas, voces mezclándose unas con otras.

Teresa lleva toda la noche intentando mantener un mínimo orden mientras Andrés simplemente acepta que controlar a nuestra familia es una batalla perdida desde hace años.

—¿Dónde está Hugo? —pregunto dejando una bandeja sobre la mesa.

—En la terraza con Nadia —responde Teresa.

Eso consigue que sonría un poco automáticamente.

Nadia empezó a aparecer cada vez más por nuestra vida durante diciembre y la verdad es que encajó muchísimo más rápido de lo que esperaba.

Mi madre la adora, Leo disfruta molestándola porque se ríe de casi todo y Vera parece aprobarla silenciosamente, que viniendo de ella prácticamente equivale a una medalla.

Y Hugo…

Bueno.

Hugo parece distinto cerca de ella.

Más tranquilo.

Entro en la terraza justo cuando Nadia empieza a reírse de algo que él acaba de decir. Lleva un abrigo oscuro enorme, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros y las manos escondidas dentro de las mangas por el frío.

Hugo está apoyado contra la barandilla mirándola con esa expresión relajada que últimamente solo aparece cuando está con ella.

—Mira qué románticos —murmuro acercándome.

—Vete —dice Hugo automáticamente.

—Qué agresividad.

Nadia se ríe.

—Feliz año nuevo adelantado.

—Igualmente. ¿Mi hermano sigue siendo insoportable?

—Constantemente.

—Perfecto entonces.

Hugo me lanza una mirada de amenaza completamente inútil mientras vuelvo a entrar dentro de casa.

La música suena más alta ahora y el salón entero parece lleno de movimiento constante. Leo está bailando fatal junto a varios amigos mientras Vera discute con él incluso desde el sofá.

—No puedes conducir después si sigues bebiendo.

—No estoy bebiendo.

—Tienes una copa en la mano.

—Detalles técnicos.

—Leo.

—Vera.

—No pongas esa voz porque sabes que tengo razón.

—Qué manía tienes con impedirme vivir experiencias.

—Qué manía tienes tú con intentar morir joven.

Andrés pasa por detrás de ellos negando con la cabeza mientras recoge varias copas vacías.

—Cada año discutís exactamente por lo mismo.

—Porque cada año Vera intenta controlar mi existencia —responde Leo.

—Porque alguien tiene que hacerlo —dice ella.

Yo me dejo caer junto a Teresa en uno de los sofás mientras observamos el desastre generalizado alrededor.

Mi padre hablando con Andrés cerca de la cocina.

Mi madre riéndose demasiado fuerte por culpa de algo que Hugo acaba de decir.

Nadia intentando abrir una bolsa de patatas mientras Leo le explica no sé qué teoría absurda sobre coches.

Vera recolocando platos automáticamente porque no sabe quedarse quieta.

Y por alguna razón me quedo mirándolos más tiempo del normal.

A todos.

Porque hay momentos donde mi familia parece funcionar como una especie de universo propio. Uno lleno de ruido, discusiones absurdas y gente hablándose demasiado alto constantemente.

Pero aun así…

Seguro.

Muy seguro.

Las horas pasan rápido entre música, comida y conversaciones cruzadas. A las once y media Leo ya está intentando convencer a Hugo para salir después con los coches.

—Solo una vuelta.

—No.

—Por favor.

—No.

—Tú antes molabas.

—Estoy cansado.

—Eso no cuenta como personalidad.

Nadia empieza a reírse mientras Hugo le quita la copa a Leo antes de que siga bebiendo.

—Además Vera nos mataría.

—Correcto —dice Vera desde el otro lado del salón sin levantar la vista del móvil.

—Da miedo.

—Porque soy la única inteligente aquí.

—Eso ha sonado ofensivo para el resto.

—Era ofensivo para el resto.

Mi madre empieza a aplaudir orgullosa.

—Esa es mi hija.

—Mamá, no la animes.

Faltan pocos minutos para las doce cuando todo el mundo empieza a acercarse al salón principal. Las luces están más bajas ahora, la televisión puesta para las campanadas y las copas repartidas por todas partes.

Andrés reparte el champán mientras Teresa intenta asegurarse de que nadie rompa nada antes de empezar el año.

Error enorme.

Porque Hugo decide abrir una botella justo cuando Leo empieza a molestarlo desde atrás.

—Como la tires encima de alguien voy a grabarlo.

—Cállate.

—No sabes abrir eso.

—Claro que sé.

—Hugo…

El corcho sale disparado demasiado fuerte.

Una copa cae al suelo rompiéndose inmediatamente y mi madre empieza a llorar de risa antes incluso de reaccionar.

—¡Dios mío!

—¡Ha sido Leo! —protesta Hugo.

—¡No estaba ni tocándote!

Mi padre aparece detrás de ella rodeándole la cintura mientras sigue riéndose sin poder respirar bien siquiera.

Y durante unos segundos la imagen se queda completamente fija en mi cabeza: mi madre doblándose de risa, mi padre abrazándola por detrás sonriendo, Leo gritando que técnicamente nadie murió, Vera quejándose por los cristales rotos, Hugo intentando defenderse, Nadia riéndose al lado de él.

Caos absoluto.

Las campanadas empiezan poco después y toda la casa se llena de gritos, abrazos y gente hablando al mismo tiempo.

Feliz año nuevo. Feliz año. Cuidado con las uvas. No me empujes. Leo deja eso.

Lo de siempre.

Hugo me despeina al pasar por mi lado. Vera me abraza apenas dos segundos antes de volver a discutir con Leo. Mi madre besa mi frente. Mi padre aprieta mi hombro al cruzarse conmigo.

Y mientras observo a todos moviéndose por el salón entre luces cálidas, música y copas vacías, me doy cuenta de algo muy simple.

No consigo imaginarme un futuro lejos de todo aquello.