Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 15
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La Nochebuena en mi casa siempre parece demasiado ruidosa para considerarse una celebración elegante.

Y sinceramente creo que a mi madre le encanta exactamente por eso.

Desde primera hora de la mañana la cocina lleva oliendo a comida, canela y caos absoluto mientras Isabel intenta cocinar para más personas de las necesarias y mi padre finge constantemente que todo está perfectamente bajo control, aunque claramente no lo esté.

Normalidad navideña.

—¡Leo, deja de robar jamón! —grita mi madre desde cocina.

—Estoy comprobando calidad.

—¡Llevas ocho comprobaciones!

Yo estoy sentada sobre la encimera viendo cómo Teresa se ríe mientras ayuda a colocar platos y Andrés intenta abrir una botella de vino que claramente se le está resistiendo demasiado.

Teresa es la hermana pequeña de mi madre y probablemente una de las pocas personas capaces de discutir con Isabel durante horas sin que ninguna termine realmente enfadada.

Se parecen muchísimo físicamente: mismos ojos claros, rasgos parecidos y esa forma elegante de moverse incluso cuando están estresadas.

Pero Teresa tiene algo más firme en la forma de hablar, como si pensara las cosas dos veces menos que Isabel antes de decirlas.

Andrés, su marido, es completamente distinto.

Más tranquilo.

Tiene el pelo oscuro siempre ligeramente despeinado, barba suave de varios días y esa clase de presencia que transmite seguridad sin necesidad de ocupar demasiado espacio.

Mi padre impone cuando entra en una habitación.

Andrés no. Él simplemente consigue que todo el mundo se sienta cómodo alrededor casi inmediatamente.

Creo que por eso encaja tan bien con Teresa.

Funcionan como un equipo de verdad.

—Esto antes no pasaba —murmura Andrés intentando abrir la botella.

—Eso dices cada Navidad, cariño —responde Teresa.

El salón está lleno de luces reflejándose contra los ventanales mientras los villancicos horribles de mi madre suenan bajísimos desde el altavoz.

Digo horribles porque lo son.

No porque tenga espíritu navideño limitado.

—¿Dónde está Hugo? —pregunta Vera entrando en cocina.

—Entrenando todavía —responde mi padre mirando el reloj.

—En Nochebuena. Qué sorpresa.

—Seguro que viene oliendo a gimnasio otra vez —dice Leo desde la nevera.

—Tú hueles permanentemente a gasolina y malas decisiones —murmuro.

—Eso se llama personalidad.

La puerta principal se abre justo en ese momento.

Y ahí aparece Hugo.

Sudadera negra. Pelo despeinado. Cara de cansancio habitual.

—Feliz Navidad, traumados.

Mi madre lo mira apenas dos segundos antes de fruncir el ceño.

—No pienso dejarte cenar vestido así.

Hugo ya sabe lo que significa esa frase.

—No.

—Sí.

—Mamá.

—Ni lo discutas.

Cinco minutos después sigue existiendo una humillación histórica dentro del salón de mi casa.

Porque Isabel ha obligado literalmente a Hugo a ponerse un jersey navideño rojo horrible lleno de renos brillantes.

Leo casi se muere riéndose.

—Dios mío. Pareces una decoración del Primark.

—Voy a matarte.

—No puedes matar a alguien llevando cascabeles.

Hugo le tira un cojín directamente a la cabeza mientras Teresa ya está llorando de risa apoyada contra el sofá.

Mi padre intenta mantener expresión seria.

Fracasa completamente.

Y sinceramente creo que jamás he visto a Hugo tan derrotado emocionalmente.

La cena termina convirtiéndose en el caos habitual.

Todo el mundo hablando encima de todo el mundo, platos pasando constantemente de una punta a otra de la mesa y mi madre insistiendo cada cinco minutos en que alguien coma más.

El comedor entero brilla con las luces de Navidad reflejándose sobre los cristales mientras afuera Madrid está completamente iluminado.

Y durante un rato todo se siente increíblemente cálido.

Seguro.

Hugo discute con Andrés sobre boxeo. Teresa intenta convencer a Vera de descansar más. Leo sigue robando comida ajena como si fuera una necesidad biológica. Mi padre rellena copas mientras mi madre amenaza con echar a alguien de la cocina por quinta vez.

La normalidad más caótica del mundo.

—Después salimos a ver luces —dice Leo de repente.

—Conduzco yo —responde Vera inmediatamente.

—Ni de coña.

—La última vez casi te saltas un semáforo.

—Eso fue una interpretación artística de las normas.

—Eso fue ilegal.

—Qué exagerada eres.

—Qué imbécil eres tú.

La discusión escala exactamente igual que siempre: rápido, ridícula, y completamente inevitable.

—Conduzco yo el GT-R —dice Vera.

—Pues yo llevo el Mustang.

—Perfecto. Así podremos adelantarte tranquilamente.

—Vera, literalmente te odio.

—El sentimiento es estable desde 1999.

Yo empiezo a reírme mientras Hugo directamente deja caer la cabeza sobre la mesa agotado.

—¿Podéis dejar de competir durante una sola cena familiar?

—No —responden los dos al mismo tiempo.

Mi madre suspira.

Teresa empieza a aplaudir.

Y entonces pasa algo que sinceramente creo que ninguno esperaba.

Mi padre se levanta de la mesa, se acerca tranquilamente a mi madre y le tiende una mano.

—¿Bailas conmigo?

Toda la mesa se queda en silencio dos segundos.

Mi madre sonríe inmediatamente.

—Pensaba que no ibas a pedirlo nunca.

Leo hace una cara de absoluto trauma emocional.

—No estoy preparado para presenciar romanticismo parental.

—Pues acostúmbrate —dice Teresa riéndose.

La música cambia lentamente desde el altavoz mientras Rafael lleva a Isabel hacia el centro del salón. Las luces del árbol iluminan medio espacio y durante unos segundos toda la casa parece muchísimo más tranquila.

Más pequeña.

Más cálida.

Mi padre mueve una mano hacia la cintura de mi madre mientras ella apoya la cabeza cerca de su hombro sonriendo igual que si siguieran teniendo veinte años.

Y creo que ahí entiendo algo muy concreto sobre ellos.

Nunca dejaron de elegirse.

Ni siquiera después de cuatro hijos caóticos, trabajo, cansancio y años enteros viviendo rodeados de ruido constante.

Siguen mirándose igual.

—Voy a vomitar —murmura Leo emocionadísimo.

—Cállate —dice Vera, aunque está sonriendo también.

Hugo saca el móvil directamente para grabarlos mientras mi madre amenaza con matarlo si ese vídeo sale de casa.

Las risas vuelven a llenar el salón otra vez.

Y mientras observo a toda mi familia mezclada entre luces de Navidad, villancicos horribles, copas vacías y discusiones absurdas, pienso algo que probablemente jamás diré en voz alta.

Que nunca había sentido mi casa tan llena de amor como aquella noche.