14
Llevar a Valeria a la universidad probablemente fue un error.
No porque se porte mal.
Eso suele hacerlo Leo.
El problema es que Valeria mira las cosas igual que yo.
Demasiado.
Y desde que entramos en el taller de mecánica lleva observándolo absolutamente todo con esa cara suya de concentración extrema que pone cuando algo realmente le interesa.
—¿Cuántos motores tenéis aquí? —pregunta mientras camina despacio entre mesas de trabajo.
—Depende del aula.
—¿Y ese?
—Desmontado.
—Ya veo.
La miro completamente seria.
—Qué perspicaz eres.
Ella sonríe apenas mientras sigue avanzando entre herramientas, piezas y coches a medio desmontar. El taller huele a metal, aceite y goma caliente. Probablemente mi olor favorito del mundo después de gasolina.
Varios compañeros levantan la vista al vernos pasar.
Valeria los ignora completamente.
Eso me hace gracia.
Porque normalmente la gente suele quedarse mirando un poco más de la cuenta cuando ella entra en algún sitio. Tiene esa forma de observar alrededor que hace parecer que entiende mucho más de lo que dice realmente.
Y probablemente es verdad.
—¿Aquí hacéis prácticas de verdad? —pregunta deteniéndose frente a uno de los elevadores.
—Sí.
—Eso es increíble.
No respondo inmediatamente.
Porque sinceramente me gusta escucharla hablar así.
Con entusiasmo real.
Valeria normalmente se guarda muchísimo las emociones, pero hay cosas concretas que consiguen romperle completamente la calma: los coches, el boxeo, conducir, la música que realmente le gusta.
Ahí sí se le nota todo mucho más.
—Ven —le digo finalmente.
La llevo hacia la parte trasera del taller donde varios alumnos están trabajando sobre piezas desmontadas mientras uno de los profesores explica algo sobre transmisión y sistemas de suspensión.
Valeria escucha todo atentísima.
Demasiado atentamente para alguien que todavía está en bachillerato.
—Tú terminarías aquí perfectamente —le digo mientras ella observa un motor abierto.
—¿En ingeniería?
—Sí.
Ella tarda unos segundos en responder.
—No soy tan lista como tú.
—Eso es mentira.
Me mira.
Y ahí está otra vez esa expresión incómoda que pone cada vez que alguien le dice algo bueno directamente.
Dios.
Los cuatro hermanos tenemos problemas emocionales gravísimos.
—Además —continúo—, tú entiendes los coches de otra forma.
—¿Eso qué significa?
Pienso unos segundos.
—Leo los siente. Yo los analizo. Tú haces las dos cosas.
Valeria baja la mirada hacia el motor otra vez.
Y no vuelve a discutirlo.
Pasamos casi toda la mañana recorriendo laboratorios, talleres y aulas mientras ella pregunta absolutamente todo: potencia, motores, sistemas, modificaciones, prácticas.
Sinceramente creo que podría quedarse aquí dentro horas enteras sin aburrirse.
Cuando salimos ya empieza a anochecer y hace bastante frío. Valeria sube al BMW mientras yo arranco el GT-R delante de ella camino de casa.
Leo ya está en el garaje cuando llegamos.
Obviamente.
Tiene el Mustang abierto con música absurdamente alta sonando alrededor mientras hace no sé qué modificación innecesaria junto a varias herramientas desperdigadas por el suelo.
—Mira quiénes han vuelto del mundo universitario —dice al vernos entrar.
—Baja esa mierda —respondo inmediatamente.
—La música mejora el rendimiento mecánico.
—Tú reduces el rendimiento intelectual del planeta.
Valeria empieza a reírse mientras deja la chaqueta sobre una silla del garaje.
Y sinceramente creo que este sitio termina funcionando casi como otra habitación más de la casa. El garaje siempre está lleno de ruido: motores, música, discusiones, herramientas golpeando metal.
Mi padre dice constantemente que invertimos demasiado dinero aquí.
Mi madre responde siempre: “al menos sabemos dónde están nuestros hijos.”
Valeria abre el capó del BMW mientras yo empiezo a revisar varias piezas apoyada contra el lateral del coche.
—Seguimos teniendo que cambiar esto —le digo señalando una parte del motor.
—Lo sé.
—Y ajustar suspensión.
—También lo sé.
Leo levanta la cabeza desde el Mustang.
—Qué emocionante es escucharos enamoraros de piezas metálicas.
—Tú acaricias tu coche —dice Valeria.
—Porque él sí me entiende.
—Necesitas terapia urgentemente —murmuro.
Pasamos horas ahí dentro prácticamente sin darnos cuenta. Valeria sujetándome herramientas, preguntando cosas constantemente y ensuciándose las manos de grasa mientras Leo cambia canciones cada treinta segundos solo para molestar.
Y por alguna razón todo se siente muy normal.
Muy nuestro.
El frío empieza a entrar desde fuera cuando finalmente nos sentamos sobre el suelo del garaje descansando un rato. Leo sigue trasteando algo dentro del Mustang mientras la música suena más baja ahora.
Valeria tiene manchas de grasa en la mejilla.
No parece haberse dado cuenta.
—¿Qué? —pregunta al verme mirarla.
—Pareces mecánica de película mala.
Ella se limpia inmediatamente.
—Idiota.
Sonrío apenas apoyando la espalda contra el coche.
Y entonces lo pienso antes de decirlo.
Algo raro en mí.
—A veces intento imaginar cómo estaremos dentro de diez años.
Valeria gira la cabeza hacia mí.
—¿Y?
Miro hacia Leo dentro del Mustang antes de responder.
—No sé. Me gusta pensar que seguiremos viviendo cerca.
Ella no habla.
Así que continúo.
—Que Leo seguirá apareciendo aquí a horas ilegales. Que Hugo seguirá durmiéndose en el sofá de alguna casa ajena porque nunca sabe descansar bien. Que tú seguirás robándome herramientas.
—Yo no te robo herramientas.
—Valeria. Te llevaste mis llaves inglesas hace dos semanas.
—Técnicamente fue un préstamo indefinido.
Ignoro eso.
—Supongo que me cuesta imaginar que algún día dejemos de vernos constantemente.
Valeria baja la mirada unos segundos.
Y cuando vuelve a hablar, su voz suena mucho más tranquila.
—No creo que eso pase.
Leo aparece entonces desde el Mustang completamente ajeno a la conversación.
—¿Por qué parecéis emocionalmente estables de repente? Me incomoda muchísimo.
Le tiro un trapo directamente a la cara.
Y las risas vuelven a llenar el garaje otra vez mientras afuera termina de caer completamente la noche.