13
Mi madre convierte la decoración de Navidad en una operación militar todos los años.
No importa que ninguno quiera ayudar realmente.
No importa que Leo desaparezca misteriosamente cada vez que aparece una caja llena de adornos.
No importa absolutamente nada.
Para Isabel Vega la Navidad empieza oficialmente el primer fin de semana de diciembre y toda la casa tiene que colaborar quiera o no.
—¡Como alguien vuelva a intentar escaparse, juro que cierro el garaje una semana! —grita desde el salón.
Escucho un golpe seco arriba.
Leo acaba de meterse contra una pared intentando huir.
—¡Eso es chantaje emocional! —protesta.
—¡Y está funcionando!
Sonrío desde las escaleras mientras bajo con dos cajas pequeñas en brazos. El salón parece haber explotado ya: luces, adornos, mantas, bolsas abiertas, villancicos sonando bajísimo desde el altavoz de mi madre.
Mi padre sigue fingiendo que todo esto le parece exagerado, aunque lleva veinte minutos ayudando a sacar cosas del trastero sin protestar realmente.
Normalidad absoluta.
—¿Dónde va el árbol este año? —pregunta Hugo entrando en salón todavía despeinado.
—Donde va todos los años —responde Vera inmediatamente.
—Eso no responde nada.
—Porque tienes memoria de pez.
Mi madre aparece detrás de ellos señalando el rincón junto a los ventanales enormes del salón.
—Ahí.
—Perfecto —dice Leo dejándose caer sobre el sofá—. Supervisaré desde aquí.
Mi madre le lanza una bola de Navidad directamente a la cabeza.
—¡Ay!
—Muévete.
—Esto es explotación infantil.
—Tienes diecinueve años.
—Pues explotación juvenil.
Hugo empieza a reírse mientras aparta cajas del suelo.
Y sinceramente creo que una de las cosas que más me gusta de diciembre es cómo cambia la casa. Las luces cálidas reflejándose por todas partes, el frío afuera mientras dentro siempre huele a comida o café y mi madre obsesionándose con decorar absolutamente cada rincón existente.
Incluso mi padre parece más relajado.
Aunque jamás lo admitiría.
El árbol tarda exactamente cuarenta minutos en convertirse en motivo de discusión familiar.
—Las luces tienen que ir equilibradas —dice Vera completamente seria mientras reorganiza una rama.
—Es un árbol, no una operación quirúrgica —murmura Leo desde el suelo.
—Por eso luego queda horrible cuando tú ayudas.
—Tengo visión artística.
—Tienes problemas de atención.
Hugo directamente se deja caer sobre el sofá observando todo como si estuviera viendo un documental.
—Yo estoy aquí únicamente porque mamá amenaza demasiado bien.
—Tú cállate y coloca las bolas doradas —dice mi madre.
—Qué dictadura.
Mientras tanto mi padre y yo hemos empezado nuestra propia guerra silenciosa.
Porque Vera está tan obsesionada con que el árbol quede perfecto que ambos hemos decidido fastidiarla un poco.
—Papá —susurro acercándole una tira de luces—. Ponlas torcidas.
Rafael me mira unos segundos.
Y sonríe apenas.
Eso ya significa problemas.
Cinco minutos después Vera se gira hacia el árbol y abre los ojos horrorizada.
—¿Por qué hay una parte completamente torcida?
—¿Torcida? —pregunto fingiendo sorpresa.
—Valeria.
—¿Qué?
Mi padre carraspea intentando no reírse.
Eso lo delata inmediatamente.
—Papá.
—Yo no he hecho nada.
—Nunca mientes bien.
Leo empieza a ahogarse de risa desde el sofá mientras Hugo directamente se tapa la cara con una mano.
—Dios mío, sois insoportables.
—Relájate —dice mi padre recolocando otra luz todavía peor.
—RAFAEL.
Mi madre termina riéndose apoyada contra la cocina mientras observa a Vera sufrir emocionalmente por culpa del árbol.
Y sinceramente verla perder un poco el control resulta divertidísimo porque normalmente siempre parece tener absolutamente todo organizado.
—No entiendo cómo sobrevivís sin mí —murmura Vera recolocando las luces otra vez.
—Con mucho esfuerzo —dice Leo.
Ella le lanza un adorno pequeño que él esquiva riéndose.
Las siguientes dos horas se convierten básicamente en caos absoluto.
Hugo colocando adornos demasiado altos porque “queda más elegante”. Leo cambiando villancicos por música urbana para molestar a mi madre. Vera reorganizando absolutamente todo detrás de nosotros. Mi padre ayudándome deliberadamente a empeorar el árbol cada vez que ella deja de mirar.
Y mi madre feliz en mitad del desastre.
El salón termina lleno de luces reflejándose en los ventanales enormes mientras afuera empieza a oscurecer lentamente. La chimenea encendida, el olor a canela saliendo de cocina y las voces mezclándose constantemente unas con otras hacen que toda la casa se sienta muchísimo más pequeña y cálida.
Muchísimo más viva.
Cuando finalmente terminamos, Vera observa el árbol con expresión crítica.
—Podría estar mejor.
—Está precioso —dice mi madre inmediatamente.
—Gracias —respondo.
—No iba por ti.
—Qué falta de cariño.
Leo se deja caer sobre el sofá agotado.
—Creo que he trabajado demasiado hoy.
—Has puesto cuatro bolas —dice Hugo.
—Y todas importantísimas.
Mi padre pasa un brazo por los hombros de mi madre mientras observan el salón completamente decorado.
Y durante unos segundos nadie habla demasiado.
Solo las luces reflejándose por toda la casa. La música sonando baja. El ruido de fondo de Leo abriendo una bolsa de patatas.
Normalidad.
Miro alrededor lentamente: a Hugo medio dormido ya otra vez, a Vera todavía recolocando una estrella dos centímetros, a Leo molestando por existir, a mis padres sonriendo como si todo esto fuera exactamente lo que querían construir.
Y pienso algo que no digo en voz alta porque probablemente sonaré demasiado sensible.
Que hay momentos donde esta casa parece tan llena de vida que cuesta imaginar que algún día pueda sentirse vacía.