Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 12
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Hay personas que entran en un gimnasio intentando demostrar algo desde el primer segundo.

Se nota enseguida.

La forma de caminar. De mirar alrededor. De golpear demasiado fuerte el saco, aunque técnicamente no sepan hacerlo todavía.

Nadia no.

La primera vez que realmente hablé con ella ya llevaba varias semanas viniendo a entrenar y aun así sigue moviéndose por el gimnasio como si no necesitara llamar la atención de nadie. Llega siempre puntual, recoge su propio material sin pedir ayuda y escucha muchísimo más de lo que habla.

Y sinceramente creo que eso fue lo primero que me llamó la atención.

Porque en un sitio lleno de ruido constante, Nadia parece tranquila de verdad.

—Te estás quedando demasiado rígida al girar —le digo mientras ella vuelve a colocarse los guantes.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

Ella me mira completamente seria unos segundos.

—Qué buen entrenador eres.

—Cobro por motivación emocional aparte.

Nadia sonríe apenas antes de volver a colocarse en posición.

Y ahí está otra vez esa sensación rara que tengo desde hace días: la de fijarme demasiado en cosas pequeñas sobre ella.

Tiene el pelo rubio cayéndole en ondas suaves hasta media espalda, aunque a veces parece casi liso dependiendo de cómo lleve recogido el entrenamiento.

Los ojos azules enormes llaman muchísimo la atención porque todo se le nota en la cara antes incluso de hablar.

Cada gesto. Cada pensamiento. Cada emoción.

Es imposible no entender cuándo algo le hace gracia porque lo expresa con el cuerpo entero.

Completamente lo contrario a mí.

—Otra vez —le digo levantando las manoplas.

Nadia lanza la combinación esta vez mucho mejor.

—Vale, eso sí.

—¿Eso sí qué?

—Eso ya parecía boxeo y no un intento de asesinato aleatorio.

—Qué considerado eres hablando.

—Es parte de mi encanto.

Ella vuelve a reírse.

Y sinceramente creo que hacía bastante tiempo que no me sentía tan cómodo hablando con alguien sin tener que esforzarme demasiado.

Porque normalmente las conversaciones me cansan rápido. La gente también. Demasiado ruido, demasiadas preguntas o demasiada necesidad constante de impresionar.

Con Nadia no pasa eso.

Terminamos el entrenamiento bastante más tarde que el resto porque ella insiste en repetir ejercicios hasta que le salen bien y yo soy demasiado idiota como para dejar de corregir cosas incluso cuando técnicamente ya deberíamos habernos ido.

Cuando el gimnasio termina vaciándose nos quedamos sentados en las gradas descansando mientras uno de los entrenadores apaga luces al fondo.

—Creo que mañana no voy a poder mover los brazos —dice ella dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Eso significa que has entrenado bien.

—O que tú disfrutas destruyendo gente.

—También puede ser.

Nadia me da un golpe suave con la zapatilla.

El silencio después resulta sorprendentemente cómodo.

La mayoría de veces necesito música, televisión o algo haciendo ruido alrededor constantemente. Pero aquí no se siente raro quedarse callados unos segundos mirando el gimnasio vacío.

—¿Tú llevas mucho entrenando? —pregunta finalmente.

—Desde pequeño.

—Se nota.

—¿Eso es bueno o malo?

Ella gira apenas la cabeza hacia mí.

—Parece que aquí dentro sabes exactamente quién eres.

No respondo inmediatamente.

Porque nadie me había dicho algo así antes.

Y sinceramente tampoco sé si tiene razón.

Hay días donde el gimnasio sí se siente así. Como el único lugar donde todo encaja más o menos. Donde las cosas tienen lógica. Entrenar. Golpear. Aguantar. Volver a levantarte.

Fuera de aquí ya no estoy tan seguro de nada.

—¿Y tú? —pregunto apoyando los brazos sobre las rodillas—. ¿Por qué boxeo?

Nadia tarda un poco en responder.

—Porque me gusta sentir que puedo defenderme sola.

La miro unos segundos.

Ella sigue mirando hacia delante.

Y por alguna razón entiendo perfectamente lo que quiere decir, aunque no explique nada más.

—Además —añade después sonriendo apenas—, necesitaba hacer algo diferente a gimnasia rítmica antes de volverme loca.

—Espera, ¿tú hacías gimnasia?

—Desde pequeña.

—Eso explica muchísimas cosas.

—¿Qué cosas exactamente?

—Eres demasiado coordinada. Da rabia.

Nadia empieza a reírse otra vez y se recoge el pelo hacia atrás con una mano mientras niega con la cabeza.

Y ahí vuelve a pasar.

Esa sensación rara.

La de estar tranquilo de verdad.

No fingiendo. No intentando sostener conversaciones. No pensando demasiado qué decir después.

Simplemente tranquilo.

Nos quedamos hablando muchísimo más tiempo del que esperaba: música, entrenamientos, coches, hermanos, instituto, universidad.

Y cuanto más habla, más claro tengo que Nadia no intenta impresionar absolutamente a nadie. No fuerza nada. No exagera historias. No necesita ocupar toda la habitación constantemente para que la gente la mire.

Simplemente está.

Y quizá precisamente por eso cuesta dejar de mirarla.

Cuando finalmente salimos del gimnasio ya es completamente de noche.

El aire frío golpea inmediatamente después del calor de dentro y Nadia se baja las mangas de la sudadera mientras caminamos hacia el aparcamiento.

—Gracias por quedarte hoy —dice de repente.

—Te habría dejado tirada si boxearas peor.

—Qué romántico.

—Soy un encanto, ya te lo he dicho.

Ella sonríe otra vez antes de abrir la puerta del coche.

Y mientras la veo arrancar y desaparecer calle abajo, me doy cuenta de algo bastante peligroso.

Que hacía muchísimo tiempo que alguien no conseguía hacerme sentir cómodo tan rápido.