11
Las matemáticas deberían considerarse violencia psicológica.
No encuentro otra explicación lógica.
Llevo exactamente cuarenta minutos mirando el mismo ejercicio sentada en la mesa del comedor mientras intento entender por qué alguien decidió que mezclar números con letras era una idea razonable.
—Estás poniendo cara de querer asesinar a alguien —dice Vera desde el otro lado de la mesa.
—Porque odio esto.
—No odias las matemáticas. Odias no entenderlas inmediatamente.
Levanto la vista hacia ella.
—Eso ha sonado ofensivo.
—Porque es verdad.
Perfecto.
Vera lleva toda la tarde ayudándome a estudiar para los exámenes mientras yo considero seriamente fingir una enfermedad grave para no volver nunca al instituto.
Tiene apuntes abiertos por media mesa, el portátil encendido y el pelo recogido de cualquier manera porque según ella: “las ecuaciones no merecen esfuerzo estético.”
La miro unos segundos mientras vuelve a escribir algo en el cuaderno.
Es increíblemente lista.
Y lo peor es que lo sabe.
No de forma arrogante exactamente. Más bien como alguien que simplemente asume que si algo tiene lógica debería poder resolverlo. A veces creo que Vera mira el mundo entero como si fuera un problema mecánico gigante esperando ser organizado correctamente.
—Otra vez —dice girando el cuaderno hacia mí.
—Vera.
—Valeria.
—Voy a llorar.
—No dramatices.
—Estoy literalmente sufriendo.
Ella suspira antes de acercarse un poco más a mi lado.
—Mira. Aquí estás haciendo bien el principio, pero luego empiezas a sobre pensar.
Se inclina sobre la mesa señalando varias líneas mientras me explica el ejercicio otra vez con paciencia sorprendentemente real para alguien que normalmente discute hasta con las tostadoras.
Y sinceramente creo que Vera disfruta un poco enseñando cosas, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
—Tú haces esto de forma automática y eso no ayuda —murmuro.
—Porque ya lo entiendo.
—Exactamente. Psicópata.
—Cállate y termina el ejercicio.
Escucho ruido en la cocina varios segundos después.
Mucho ruido.
Demasiado ruido.
Vera y yo levantamos la cabeza al mismo tiempo.
—¿Por qué suena eso así? —pregunto.
—Porque Hugo está cocinando —responde ella inmediatamente.
Eso explica muchísimas cosas.
Un minuto después escuchamos una tos exagerada seguida de un: —¡Mierda!
Corremos hacia la cocina y encontramos exactamente la escena esperable.
Hugo está delante de los fogones intentando apartar humo con un trapo mientras algo completamente irreconocible se quema dentro de una sartén.
—¿Qué demonios has hecho? —pregunta Vera horrorizada.
—Lo tenía controlado.
—Está saliendo humo negro.
—Eso no significa nada.
—Eso significa incendio.
Yo empiezo a reírme automáticamente mientras Hugo apaga finalmente el fuego con expresión de absoluta traición personal.
—Solo quería hacer pasta.
—¿Cómo quemas pasta? —pregunto todavía riéndome.
—No se ha quemado la pasta.
Mira la sartén unos segundos.
—Creo.
Vera abre la ventana inmediatamente mientras niega con la cabeza.
—Papá lleva años cocinando y jamás ha provocado una evacuación.
—Papá tiene paciencia.
—¿Y tú qué tienes?
—Confianza.
—Excesiva claramente.
Hugo termina tirando el contenido entero a la basura antes de apoyar las manos sobre la encimera derrotado.
—Vale. Pedimos comida.
—La decisión más inteligente que has tomado esta noche —dice Vera.
—Gracias por el apoyo emocional.
Él me mira entonces.
—¿Tú de qué te ríes?
—De que casi incendias la casa intentando hervir agua.
—No era solo agua.
—Eso no mejora nada.
Hugo termina señalándome con el dedo.
—Como suspendas matemáticas después de todo esto, te juro que me enfado.
—No mezcles traumas.
Media hora después estamos los tres tirados en el salón rodeados de cajas de comida mientras Vera sigue intentando explicarme derivadas desde el portátil.
Hugo ocupa medio sofá como siempre, todavía con olor ligeramente sospechoso a humo, y yo tengo los apuntes abiertos sobre las piernas mientras intento fingir que estoy atendiendo.
—No estás escuchando —dice Vera sin levantar la vista.
—Estoy escuchando emocionalmente.
—Eso no existe.
—Para mí sí.
Hugo se ríe por lo bajo mientras cambia de postura apoyando la cabeza contra el respaldo.
La televisión está encendida sin volumen. Afuera ya es completamente de noche y el salón tiene solo las luces cálidas pequeñas encendidas, haciendo que toda la casa se sienta muchísimo más tranquila.
Escuchamos la puerta principal abrirse poco después.
—¿Por qué huele a incendio? —pregunta mi padre desde la entrada.
—Hugo intentó cocinar —respondo inmediatamente.
—Traidora.
Mi madre aparece detrás de Rafael todavía quitándose la chaqueta y tarda exactamente dos segundos en mirar la cocina.
—¿Qué habéis quemado?
—Nada importante —dice Hugo.
—Eso suele significar justo lo contrario.
Leo entra detrás de ellos mordiéndose una sonrisa enorme.
—¿Te has cargado otra sartén?
—Cállate.
—Dios, ojalá haber visto eso.
Mi padre deja finalmente las llaves sobre la mesa del salón mientras observa el desastre de apuntes, cajas y mantas alrededor.
Y entonces sonríe apenas.
Muy poco.
Pero suficiente.
—Semana de exámenes, supongo.
Asiento dejándome caer contra el sofá.
—Quiero abandonar la vida académica.
—Tú lo que quieres es dejar de estudiar —dice Vera.
—También.
Mi madre termina sentándose junto a Hugo mientras le aparta un poco el pelo todavía oliendo a humo.
—Por favor, no cocines solo nunca más.
—Qué poca fe tenéis en mí.
—Hugo, casi intoxicas a tus hermanas.
—Exagerada.
—La alarma de incendios sigue traumatizada.
Todos terminamos riéndonos otra vez.
Y mientras observo a mi familia desperdigada por el salón entre comida, apuntes y discusiones absurdas, pienso algo que me pasa cada vez más últimamente.
Que hay días donde esta casa no parece solo una casa.
Parece un lugar donde absolutamente todo termina siendo un poco menos difícil cuando los tienes cerca.