Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 10
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El silencio en mi casa resulta rarísimo.

No incómodo.

Solo extraño.

Me despierto un sábado por la mañana y durante unos segundos tardo incluso en entender qué falta exactamente hasta que miro alrededor y no escucho absolutamente nada: ni música saliendo del garaje, ni Vera discutiendo con Leo, ni la televisión del salón encendida, ni Hugo llegando medio dormido del gimnasio.

Solo tranquilidad.

Bajo descalza las escaleras todavía con una sudadera enorme puesta y encuentro una nota de mi madre encima de la isla de la cocina.

“Tu padre me ha obligado a trabajar un sábado. Sobrevive.”

Sonrío apenas.

Debajo: “Leo y Vera han salido a probar coches. Hugo en gimnasio. No queméis nada.”

Eso último claramente iba por Leo.

Abro la nevera mientras observo la cocina completamente vacía alrededor. Es enorme. Demasiado para las seis personas que normalmente intentamos movernos aquí al mismo tiempo. Mi madre la diseñó prácticamente entera y sinceramente se nota muchísimo.

Todo está impecablemente colocado: muebles claros, isla central enorme, luces cálidas, cristal dando hacia el patio y la piscina.

Pero lo más importante para ella siempre fue la puerta.

Si, una puerta.

Mi madre odia que el olor de la comida llegue al salón, así que la cocina está separada, aunque siga conectando visualmente con el comedor. Según ella: “las casas bonitas no tienen que oler permanentemente a comida.”

Muy Isabel Vega.

Desde la ventana puedo ver parte del jardín trasero.

La piscina completamente quieta reflejando la luz de la mañana, la zona cubierta donde hacemos barbacoas en verano y la mesa enorme donde mi madre obliga a sentarse a veinte personas distintas cada cumpleaños, aunque después se estrese cocinando para todas.

La casa es moderna. Minimalista. Carísima probablemente.

Pero nunca se siente fría.

Y creo que eso tiene muchísimo que ver con nosotros.

Porque da igual cuánto ordene Vera: siempre hay algo fuera de sitio.

Una sudadera tirada. Las llaves de Leo. Guantes de Hugo sobre alguna silla. Tazas de café olvidadas por mí. Papeles de mi padre. Velas absurdas de mi madre.

La casa siempre parece habitada.

El salón conecta directamente con el comedor y casi toda la pared del fondo está formada por ventanales enormes hacia el jardín.

Un sofá gigante, mantas mal dobladas y una mesa en frente del sofá llena de cosas que nadie termina de recoger del todo.

Hugo volvió a quedarse dormido aquí anoche viendo una película y todavía hay una almohada tirada junto al sofá.

El comedor queda justo al lado, con la mesa enorme donde prácticamente vivimos todos juntos, aunque luego cada uno desaparezca a su ritmo. Mi padre dice constantemente que compró una mesa demasiado grande.

Mi madre responde siempre: “para esta familia nunca hay demasiado espacio.”

Debajo de la planta principal está el cine.

Mi padre insiste en llamarlo “sala audiovisual” porque según él “cine privado” suena ridículo, pero todo el mundo en esta casa lo llama cine igualmente.

Se baja por unas escaleras junto al salón y el ambiente cambia completamente. Arriba toda la casa está llena de luz, cristaleras y ruido. Abajo no. El cine es oscuro, silencioso y muchísimo más tranquilo que el resto de habitaciones.

Hay sofás enormes, sillones desperdigados, mantas constantemente abandonadas y una pantalla gigante ocupando media pared.

Hemos pasado media vida ahí dentro.

Películas absurdas que Leo elige solo para molestar a Vera, maratones enteras durante verano, Hugo dormido después de entrenar, mi madre obligándonos a ver clásicos que ninguno quería ver y mi padre fingiendo que no llora en escenas tristes, aunque todos lo hemos visto hacerlo.

Incluso cuando la casa está llena de gente, el cine siempre termina convirtiéndose en refugio para alguno de nosotros.

En la misma planta de la cocina también hay un aseo pequeño para invitados porque mi madre se negaba a que cualquiera que viniera a casa subiera al piso de las habitaciones. Vera dice que es una exagerada. Mi madre responde que privacidad y educación todavía existen.

Subo finalmente al piso de arriba con intención real de limpiar un poco porque sinceramente la casa parece haber sobrevivido a una guerra pequeña durante la semana.

Las habitaciones son probablemente la parte más sincera de todos nosotros.

Todas están arriba y cada una tiene su propio baño, algo que mi madre defendió como si fuera una cuestión de supervivencia familiar después de vivir años compartiendo uno cuando nosotros éramos pequeños. Según ella: “cuatro adolescentes y un solo baño deberían ser ilegales.”

La habitación de mis padres está al final del pasillo y probablemente es el único sitio de la casa que consigue sentirse realmente tranquilo todo el tiempo.

Nada que ver con el resto de habitaciones.

La suya es cálida. Mucho más personal. Hay fotos de viajes, varias nuestras cuando éramos pequeños y una enorme de ellos dos apoyada sobre una estantería cerca de la cama.

Mi madre llena el espacio de velas, libros y mantas suaves mientras mi padre finge constantemente que no le importa la decoración, aunque claramente termina moviendo cuadros dos centímetros cuando algo queda torcido.

Se nota muchísimo que siguen enamorados.

Y creo que precisamente por eso toda la casa se siente tan viva.

La de Vera parece una exposición perfectamente organizada.

Todo colocado exactamente donde tiene que estar: apuntes, libros de ingeniería, ropa perfectamente doblada y pequeñas miniaturas de coches colocadas sobre estanterías.

Incluso el baño parece sacado de una revista minimalista donde nadie despeina una toalla jamás.

La habitación de Leo es exactamente lo contrario.

No está sucia. Pero sí constantemente caótica.

Sudaderas tiradas sobre la silla, cascos encima de la cama, llaves repartidas por sitios imposibles y olor permanente a colonia mezclada con gasolina.

Hay revistas de coches abiertas por todas partes y herramientas pequeñas que Vera amenaza con tirarle semanalmente.

Su baño está siempre lleno de ropa húmeda y mi madre lleva años diciendo que un día va a aparecer moho con conciencia propia ahí dentro.

La de Hugo es distinta.

Más tranquila.

Tonos cálidos, ropa deportiva, guantes de boxeo apoyados junto al escritorio y esa sensación constante de que apenas pasa tiempo realmente descansando ahí.

Como si usara la habitación más para caer agotado unas horas que para vivir dentro de ella.

El baño siempre huele a gel de ducha y vapor caliente porque Hugo vive prácticamente encerrado bajo agua hirviendo después de entrenar.

Y luego está la mía.

Entro dejando la taza sobre el escritorio mientras la luz entra por los ventanales enormes.

Mi habitación probablemente es la única parte de la casa donde el silencio nunca resulta incómodo.

Hay cascos encima de la cama, revistas de coches mezcladas con apuntes del instituto, guantes de boxeo tirados cerca del baño y varias sudaderas enormes ocupando media silla.

Mi madre dice constantemente que tengo obsesión con las luces cálidas.

Yo digo que las luces blancas parecen hospitales.

El baño conectado a mi habitación tiene bañera y sinceramente creo que es uno de mis lugares favoritos de toda la casa. Sobre todo, después de entrenar o volver de conducir de madrugada.

Sigo recogiendo cosas hasta terminar entrando en la azotea.

Y ahí sí entiendo perfectamente por qué nos gusta tanto esta casa.

Las luces colgadas sobre la terraza están apagadas porque solamente las encendemos cuando subimos a cenar, pero aun así el sitio se siente tranquilo. Hay sofás exteriores enormes, la zona del fuego en el centro y vistas prácticamente a toda la ciudad.

Aquí arriba hemos pasado: cumpleaños, discusiones, madrugadas, películas, veranos enteros.

Y muchísimas conversaciones importantes.

Mi móvil vibra encima de la mesa.

LEO: “Baja al garaje. YA.”

Perfecto.

Quince minutos después estoy dentro del BMW mientras seguimos carretera arriba camino de las carreras ilegales de esa noche. Leo conduce el Mustang delante y Vera va detrás con el GT-R gris.

El ambiente cambia completamente al llegar.

Música demasiado alta. Motores. Luces. Gente hablando alrededor de coches abiertos.

Adrenalina.

Y entonces aparecen ellos.

Sergio Montero baja primero de un Porsche 911 azul marino rodeado de gente que claramente está demasiado acostumbrada a admirarlo.

Tiene el cabello rubio oscuro ligeramente desordenado, la mandíbula constantemente tensa y esa forma de caminar típica de alguien que necesita demostrar seguridad incluso cuando probablemente no la siente del todo.

Sus ojos claros destacan enseguida entre todas las luces del circuito improvisado, demasiado intensos para alguien que sonríe tanto delante de otra gente.

Lleva pequeñas cicatrices en los nudillos y las manos llenas de marcas viejas como si hubiera pasado demasiadas veces golpeando cosas.

Sonríe como si ya hubiera ganado antes siquiera de empezar y Vera automáticamente pone esa expresión fría que significa: “voy a destrozarte.”

A su lado aparece Alba.

Y es ella quien me llama la atención inmediatamente.

No habla apenas. No intenta destacar. Solo observa todo alrededor en silencio con una tranquilidad rara que no encaja demasiado con el resto del ambiente.

Tiene el pelo negro cayéndole recto sobre los hombros y los ojos verde claro más extraños que creo haber visto nunca.

No porque sean especialmente llamativos, sino porque cuesta muchísimo mantenerle la mirada demasiado tiempo.

Hay algo cansado en su expresión incluso estando quieta, como si viviera permanentemente lejos de todo lo que ocurre alrededor.

Sus facciones son finas, marcadas, y aun así no transmite fragilidad realmente.

Nuestros ojos se cruzan apenas un segundo.

Y siento algo extraño.

No malo.

Solo… difícil de explicar.

—¿Ese es el famoso Sergio? —pregunta Leo apoyándose contra el Mustang.

—¿Celoso? —responde Sergio.

—No. Tú no eres lo bastante interesante para eso.

Vera directamente ni participa en conversación. Solo se coloca los guantes de conducir mientras Sergio sigue hablando demasiado.

Diez minutos después lo destruye en la carrera.

Literalmente.

El GT-R sale perfecto desde el principio y Sergio no consigue acercarse realmente ni una vez. Cuando Vera aparca de nuevo, se baja del coche con absoluta tranquilidad mientras Sergio todavía parece intentando entender qué acaba de pasar.

Leo empieza a aplaudir exageradamente.

—Dios, qué humillación más preciosa.

—Cállate —gruñe Sergio.

—No, no, espera. ¿Necesitas repetir? Igual no ibas mirando.

Vera ni siquiera sonríe.

Eso lo hace todavía peor.

Alba sigue observando desde atrás mientras Sergio discute con varias personas alrededor y por alguna razón vuelvo a mirarla otra vez.

Ella también me está mirando.

Y aunque todavía no sé absolutamente nada sobre Alba Montero, tengo la sensación rarísima de que esa no va a ser la última vez que aparezca en nuestra vida.