Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 9
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Mi madre tarda exactamente siete minutos en conseguir que me arrepienta de haber aceptado acompañarla de compras.

—¿Por qué caminas tan rápido?

—Porque tú te paras cada tres metros.

—Estoy mirando cosas.

—Llevas quince minutos mirando velas.

—Las velas transmiten personalidad.

La miro completamente seria.

—Mamá, son velas.

Isabel ignora mi comentario con absoluta tranquilidad mientras sigue observando estanterías llenas de cosas que sinceramente nadie necesita.

A veces creo que mi madre podría entrar en cualquier tienda del planeta y encontrar exactamente cinco objetos “imprescindibles” aunque hubiera ido solo a comprar pan.

Yo voy detrás sujetando bolsas y café helado desde hace casi dos horas.

Perfecto.

—No pongas esa cara de sufrimiento extremo —dice finalmente mientras salimos de otra tienda—. Después de esta tortura para ti, te invitaré a comer.

—Eso mejora bastante la experiencia, sí.

Ella sonríe apenas enlazando su brazo con el mío mientras seguimos caminando entre la gente.

Mi madre siempre consigue que todo parezca más tranquilo de lo que realmente es.

Sus ojos son claros, tiene el pelo rubio oscuro cayéndole sobre los hombros, movimientos suaves incluso cuando va con prisa y esa forma rara de mirar a la gente que hace que cualquiera termine contándole su vida en menos de diez minutos.

Creo que heredamos bastante caos de ella, aunque Isabel consiga disimularlo muchísimo mejor que el resto.

La gente la quiere rápido.

Dependientes, camareros, vecinos, desconocidos en cualquier sitio. Supongo que tiene algo que ver con su manera de escuchar. Con cómo jamás parece juzgar a nadie realmente. O simplemente con esa sensación constante de calma que transmite incluso rodeada de nosotros cuatro.

—¿Has pensado ya lo de la universidad? —pregunta de repente.

Ahí está.

La conversación inevitable.

—Un poco.

—“Un poco” no es una carrera.

—Qué exigente eres.

—Valeria.

—Sí, sí. Lo estoy mirando.

Ella asiente lentamente, aunque sé perfectamente que no termina de creérselo.

La verdad es que sí pienso en ello. Mucho más de lo que digo. Solo que me cuesta imaginarme dentro de algo concreto todavía. Todo el mundo parece tener clarísimo qué quiere hacer con su vida y yo muchas veces sigo sintiendo que apenas estoy aprendiendo a entenderme a mí misma.

—No tienes que decidirlo todo ya —dice mi madre de repente, como si me hubiera leído la cabeza.

La miro.

—Papá no opina lo mismo.

—Tu padre cree que resolver problemas es una actividad recreativa.

Eso me hace reír.

Seguimos caminando unos minutos más mientras ella entra y sale de tiendas hablando conmigo como si lleváramos semanas sin vernos en vez de vivir juntas.

—¿Y chicos? —pregunta después con demasiada naturalidad.

La miro horrorizada.

—¿Perdón?

—He hecho una pregunta normal.

—Ha sonado como un interrogatorio policial.

—Valeria, tienes diecisiete años. Me sorprendería muchísimo que jamás te hubiera gustado nadie.

—La conversación va a terminar aquí.

Mi madre empieza a reírse inmediatamente.

—Dios mío, eres igual de incómoda que Hugo.

—Hugo directamente huiría para no seguir hablando.

—Eso también es verdad.

Entramos finalmente en una cafetería pequeña para comer algo y durante un rato simplemente hablamos de cosas normales: Vera y sus obsesiones con la universidad, Leo probablemente muriendo algún día dentro del Mustang, Hugo viviendo permanentemente cansado y mi padre fingiendo que esta familia no le da dolores de cabeza constantemente.

—Siempre supe que ninguno de vosotros iba a ser fácil de controlar —dice mi madre removiendo el café.

—Eso suena ligeramente ofensivo.

—Lo digo con cariño.

—Qué alivio.

Ella sonríe observándome unos segundos.

—Pero también sabía que ibais a cuidar muchísimo unos de otros.

Y ahí cambia algo.

Muy poquito.

Pero suficiente para que baje la mirada hacia la mesa unos segundos.

Porque en mi casa nadie dice esas cosas constantemente. No somos especialmente sentimentales. No hablamos de emociones durante horas ni hacemos discursos familiares raros.

Pero luego Hugo aparece a buscarte a las tres de la mañana si pinchas una rueda.

Vera te enseña mecánica durante horas, aunque finja que le desesperas.

Leo te deja conducir su coche antes que a cualquier otra persona.

Mi padre memoriza horarios de todos, aunque diga que no.

Y mi madre sigue esperando despierta, aunque lleguemos tardísimo.

Supongo que nosotros funcionamos así.

Cuando volvemos a casa ya es de noche y el olor a comida llega hasta la entrada.

—Aquí huele peligrosamente bien —murmuro dejando las bolsas sobre una silla.

—Porque hoy cocina papá —dice mi madre quitándose la chaqueta.

Eso explica muchas cosas.

Entro en cocina y encuentro a Rafael terminando una sartén enorme de pasta a la carbonara mientras Leo intenta ayudar removiendo algo que claramente no debería estar tocando.

Mi padre parece demasiado serio para vivir en esta casa.

Siempre perfectamente vestido incluso después de trabajar todo el día, con las mangas de la camisa remangadas apenas lo justo y ese aspecto constantemente impecable que ninguno de nosotros heredó.

Tiene el pelo oscuro ya mezclado con canas en las sienes, mirada firme, ojos de color azulado verdoso y esa forma de hablar que hace que la mayoría de personas se callen automáticamente cuando entra en una habitación.

Rafael Valdés nunca necesita levantar demasiado la voz para imponer respeto.

Y creo que precisamente por eso Leo disfruta tanto desesperándolo constantemente.

—¿Por qué sale humo? —pregunta Vera desde la encimera.

—Porque vuestro hermano es inútil —responde mi padre sin apartar la vista de la sartén.

—Eso es exagerado.

En ese mismo instante algo chisporrotea demasiado fuerte.

Mi padre cierra los ojos.

—Leo.

—Está controlado.

—Leo.

—Lo juro.

—Aparta las manos de mi cocina inmediatamente.

Hugo empieza a reírse desde la puerta todavía medio dormido después de haberse quedado dormido en el sofá otra vez.

Y cinco minutos después estamos todos sentados alrededor de la mesa mientras Leo sigue defendiendo que técnicamente no incendió nada porque “el fuego duró muy poco”.

—Esa es posiblemente la peor defensa legal que he escuchado nunca —dice Vera.

—Pues yo sigo pensando que habría mejorado el sabor.

—Tú comes gasolina voluntariamente —murmuro.

—Y aun así soy el favorito.

—Nadie aquí tiene favorito —dice mi madre automáticamente.

Todos la miramos.

Ella tarda dos segundos en reaccionar.

—Vale, quizá Hugo un poco.

—¡Lo sabía! —grita Leo indignado.

Hugo levanta una mano sin energía desde la silla.

—Ganando desde 1996.

Las risas llenan la cocina otra vez y mi padre amenaza con echarnos a todos si no empezamos a comer de verdad.

Y mientras observo a mi familia discutir por absolutamente nada alrededor de platos de pasta y humo sospechoso saliendo todavía de la cocina, pienso algo que probablemente no digo suficiente.

Que incluso en sus versiones más caóticas, mis padres consiguieron construir un hogar al que siempre apetece volver.