Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1) 8
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Hay días donde el gimnasio parece suficiente.

El ruido de los guantes golpeando el saco. El olor a sudor. La música demasiado alta saliendo de algún altavoz viejo. Gente entrando y saliendo constantemente. Instrucciones gritadas desde el otro lado del ring. Todo funcionando al mismo tiempo.

Ahí dentro resulta fácil no pensar demasiado.

Y sinceramente creo que por eso paso tantas horas aquí.

—Vuelve a subir la derecha —le digo a uno de los chicos mientras esquivo otro golpe suyo—. Si bajas así la guardia te revientan en menos de un minuto.

El chico asiente jadeando.

—Sí, sí.

—No me digas “sí, sí” y vuelve a hacerlo igual dentro de diez segundos.

Escucho varias risas alrededor.

Perfecto.

Paso el resto de la mañana ayudando con entrenamientos, sujetando manoplas y corrigiendo posturas mientras intento ignorar el dolor constante de hombros que llevo arrastrando desde hace semanas. No es nada grave. Creo. O quizá sí. Tampoco importa demasiado.

A veces siento que todo el mundo alrededor parece tener clarísimo hacia dónde va su vida excepto yo.

Vera vive encerrada entre motores y apuntes de ingeniería como si hubiera nacido ya sabiendo exactamente qué quería hacer.

Leo probablemente terminará abriendo un negocio ilegal de coches o muriendo haciendo alguna estupidez, pero al menos tiene dirección.

Incluso Valeria parece encontrar cada vez más cosas que realmente le apasionan.

Y luego estoy yo.

Veintidós años. Mucho boxeo. Pocas respuestas.

Supongo que mientras siga entrenando consigo fingir que no me preocupa demasiado.

Cuando vuelvo a casa por la tarde encuentro a Valeria tirada boca abajo en el sofá viendo vídeos de combates desde el móvil.

—Qué emocionante eres.

Ella levanta apenas la cabeza.

—Estoy estudiando.

—Estás viendo gente pegándose.

—Exactamente.

Paso por detrás del sofá despeinándole el pelo automáticamente.

—Prepárate. Vamos a salir.

—¿Dónde?

—Tus guantes dan pena.

Eso consigue que se siente inmediatamente.

—¿Vamos a comprarlos hoy?

—No voy a repetirlo.

Valeria sonríe apenas antes de levantarse.

Y sinceramente hay algo curioso en verla emocionarse por cosas relacionadas con el boxeo, porque normalmente le cuesta muchísimo expresar entusiasmo claramente. Siempre parece contener un poco todo: las emociones, las palabras, hasta los movimientos.

Incluso andando.

Valeria mide poco más de uno sesenta y cinco y aun así da sensación de ocupar muchísimo más espacio cuando entra en una habitación.

Creo que tiene que ver con la forma en que observa las cosas.

Con cómo sostiene la mirada sin apartarla, aunque esté incómoda.

Con esa manera tan suya de mantenerse recta incluso cuando está cansada.

A veces parece mucho más mayor de lo que realmente es.

Y otras veces sigue pareciéndome pequeña.

Especialmente cuando camina a mi lado mientras cruzamos el aparcamiento camino del coche y todavía tengo que bajar ligeramente la cabeza para escucharla bien entre el ruido de la calle.

—Quiero unos negros esta vez.

—Originalísima elección.

—Cállate.

—Los anteriores parecían más limpios.

—Porque tú los usabas también.

—Eso es mentira.

—Tengo fotos de eso.

La tienda huele a cuero nuevo y goma nada más entrar. Valeria desaparece prácticamente entre estanterías mirando vendas, protectores y guantes como si estuviera entrando en una juguetería.

Me hace gracia verla así.

Porque normalmente siempre parece demasiado tranquila.

Demasiado controlada.

Pero hay cosas concretas que consiguen romperle un poco esa imagen: los coches, el boxeo, las noches conduciendo, la música que realmente le gusta.

Ahí sí se le nota todo muchísimo más.

Terminamos pasando casi una hora entera dentro de la tienda porque Valeria analiza cada par de guantes como si fuera una decisión vital.

—Estos pesan menos.

—Sí.

—Pero estos agarran mejor la muñeca.

—También.

—Y estos son más cómodos.

—Valeria.

—¿Qué?

—Pareces una jubilada comparando sofás.

Ella me da un golpe en el brazo.

—Vete a la mierda.

Acaba llevándose unos azules mate bastante más serios que los anteriores y salimos de la tienda ya de noche. El aire frío entra por las ventanillas medio bajadas mientras conducimos de vuelta a casa con música baja sonando de fondo.

—¿Tú cuándo empezaste exactamente? —pregunta de repente.

—¿Boxeo?

Asiente.

Pienso unos segundos.

—Doce o trece años. Más o menos.

—Estás viejo.

—Tú eres imbécil.

—Eso ya lo sabías.

Me río apenas.

Y durante unos segundos simplemente seguimos conduciendo tranquilos.

A veces con Valeria pasa eso. No necesitas llenar constantemente el silencio porque ella tampoco lo hace.

Cuando llegamos a casa ya están casi todos arriba. Escuchamos a Leo gritar algo desde el salón y la voz de Vera desde arriba respondiendo automáticamente otra discusión absurda sobre coches.

Normalidad absoluta.

Valeria sube directamente a su habitación y yo voy detrás con las vendas nuevas.

—Siéntate —le digo entrando.

Ella deja los guantes sobre la cama antes de sentarse en el suelo apoyando la espalda contra el lateral.

Yo hago lo mismo delante de ella.

La habitación huele ligeramente a café y colonia suave. Tiene ropa tirada sobre la silla, cascos encima del escritorio y varias revistas de coches abiertas entre apuntes del instituto.

Muy Valeria.

—Dame la mano.

Ella me la acerca inmediatamente.

Empiezo a desenrollar la venda alrededor de sus nudillos mientras habla sin parar sobre no sé qué vídeo de un combate que vio hace unos días.

—No aprietes demasiado aquí —le explico ajustando la tela alrededor de la muñeca—. O te corta circulación.

—¿Y aquí?

—Aquí sí tiene que quedar firme.

Valeria observa todo concentradísima mientras trabajo sobre su mano.

Y otra vez aparece esa sensación rara que tengo constantemente con ella.

La de querer asegurarme de que siempre esté bien, aunque no sepa exactamente cómo hacerlo.

Supongo que tiene algo que ver con verla crecer prácticamente pegada a mí toda la vida. Con haberla acompañado al colegio cuando era pequeña. Con haberle enseñado a defenderse. Con saber identificar perfectamente cuándo algo le preocupa incluso antes de que abra la boca.

—Te estás quedando dormido —murmura de repente.

Levanto la vista.

—No.

—Acabas de cerrar los ojos.

—Estoy descansando la vista.

—Claro.

Le tiro el extremo de la venda a la cara y ella se ríe apartándolo.

Y sinceramente creo que podría quedarme aquí sentado horas escuchándola hablar de cualquier tontería simplemente porque todo se siente muchísimo más tranquilo cuando está cerca.