7
La primera vez que Leo me deja conducir el Mustang completamente sola pienso seriamente que voy a matarnos.
No lo digo metafóricamente.
Lo pienso de verdad.
Y sinceramente: yo todavía no sé si soy una persona responsable.
—Relaja los hombros —dice Leo desde el asiento del copiloto.
—Estoy relajada.
—Parece que estás conduciendo hacia una guerra.
Le fulmino con la mirada apenas un segundo antes de volver a fijarme en la carretera vacía delante de nosotros.
Es tarde. Apenas hay coches circulando y las luces atraviesan el asfalto oscuro mientras el motor vibra constantemente debajo del cuerpo. Tengo las manos demasiado tensas alrededor del volante y noto el corazón golpeándome fuerte contra las costillas.
Leo se da cuenta inmediatamente.
Claro que se da cuenta.
—El coche nota cuando tienes miedo.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene.
Baja un poco la música antes de apoyar el brazo en la ventanilla.
—Si conduces con miedo reaccionas tarde. Si reaccionas tarde empiezas a sobre pensar. Y si sobre piensas conduciendo rápido, la has cagado.
—Qué discurso tan tranquilizador.
—Estoy siendo un gran profesor.
—Eres literalmente el peor profesor posible.
Leo sonríe de lado.
Esa sonrisa peligrosa suya.
La de “voy a decir alguna barbaridad”.
—Pisa más.
—Leo.
—Valeria.
—Nos vamos a matar.
—No. Tú vas a aprender.
Respiro hondo una vez antes de hundir un poco más el acelerador.
Y ahí aparece otra vez esa sensación.
La misma que siento siempre que conduzco de noche.
Como si todo alrededor desapareciera durante unos segundos. El ruido. Los pensamientos. El instituto. Las conversaciones pendientes. Absolutamente todo.
Solo queda: la carretera, las luces, la música, y el motor vibrando debajo de las manos.
Entiendo perfectamente por qué Leo vive obsesionado con esto.
Aunque él y yo lo sintamos de forma completamente distinta.
Leo conduce para sentir adrenalina.
Para reírse. Para provocar. Para sentir que el mundo va demasiado lento comparado con él.
Yo creo que conduzco porque es uno de los pocos momentos donde consigo dejar la cabeza completamente en silencio.
—Mucho mejor —dice él observándome.
—No voy tan rápido.
—Pero ya no pareces aterrorizada.
—Sigo aterrorizada.
La carretera se curva suavemente delante de nosotros y reduzco velocidad automáticamente.
Leo chasquea la lengua.
—Eso ha sido feísimo.
—Quiero seguir viva.
—Conducir rápido no sirve de nada si no sabes mantener la cabeza fría.
Lo miro apenas un segundo.
Porque ahí cambia completamente el tono.
Ya no parece Leo diciendo tonterías.
Ahora parece alguien que realmente sabe de lo que habla.
Él sigue mirando la carretera delante.
—La gente cree que esto va de correr más que nadie. Pero no. Va de controlar el coche incluso cuando sabes que podrías perderlo.
Sus dedos golpean distraídamente la puerta siguiendo el ritmo de la música.
—Cualquiera puede acelerar. Lo difícil es mantener el control cuando todo va rápido.
No respondo inmediatamente.
Porque sinceramente creo que Leo habla igual de los coches que de sí mismo muchas veces.
Y probablemente ni siquiera se da cuenta.
Una hora después paramos junto al GT-R gris de Vera cerca de una gasolinera prácticamente vacía. Ella está apoyada contra el coche revisando algo en el móvil y levanta la vista en cuanto aparcamos.
—¿Seguís vivos? Sorprendente.
—Valeria casi nos mata en una curva —dice Leo bajándose.
—Eso es mentira.
—Técnicamente todavía no hemos terminado la noche.
Vera pone los ojos en blanco antes de mirarme.
—¿Qué tal?
Miro el Mustang unos segundos todavía con adrenalina dentro del cuerpo.
—Demasiado ruido.
Leo se lleva la mano al pecho fingiendo dolor.
—Acaba de insultar a mi hijo.
—Tu coche parece tener problemas de ira.
—Y aun así lo amas.
No respondo.
Porque desgraciadamente tiene razón.
Vera termina lanzándome las llaves del GT-R.
—Prueba este entonces.
Las atrapo automáticamente.
—¿Qué?
—No voy a repetirme.
Leo empieza a reírse inmediatamente.
—Ahora sí vas a sufrir.
—Cállate.
Subirme al GT-R se siente completamente distinto desde el primer segundo. Más bajo. Más preciso. Más serio. El Mustang parece un animal salvaje comparado con esto.
Vera se sienta a mi lado mientras ajusto las manos sobre el volante.
—No intentes dominarlo —dice tranquilamente—. Solo entiende cómo responde.
Eso es tan Vera que casi me río.
Conducir con ella siempre es diferente a hacerlo con Leo.
Leo quiere que sientas el coche.
Vera quiere que lo comprendas.
Y sinceramente creo que por eso terminé enamorándome tanto de conducir.
Porque entre los dos me enseñaron cosas completamente distintas.
El GT-R responde perfecto en cada curva. Preciso. Estable. Como si anticipara movimientos antes incluso de hacerlos.
—Vale —murmuro finalmente—. Esto da miedo.
—Porque funciona demasiado bien. Ahora entiendes por qué estoy enamorada de este coche —dice Vera acariciando distraídamente el salpicadero.
—Eso ha sonado preocupante —dice Leo desde atrás por el manos libres.
—Tú hablas con el Mustang.
—Porque él me entiende.
—Necesitáis terapia los dos.
No puedo evitar reírme.
Y mientras las luces atraviesan la carretera vacía otra vez, pienso en mi BMW.
En cómo no se siente exactamente como ninguno de los dos.
Porque el Mustang de Leo es caos, adrenalina y ruido.
El GT-R de Vera es precisión, control y perfección técnica.
Y el BMW… el BMW se siente justo en medio.
Como si hubiera aprendido algo de ambos.
Supongo que igual que yo.