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Mi madre tiene una obsesión completamente enfermiza con las cenas familiares.
No importa si Hugo llega agotado del gimnasio, si Vera sigue estudiando como una psicópata incluso durante la cena, si Leo aparece oliendo a gasolina y malas decisiones o si mi padre continúa trabajando desde el portátil hasta última hora.
Para Isabel Valdés Vega, cenar juntos es prácticamente una ley no escrita.
Y sinceramente creo que todos lo sabemos tan bien que ni siquiera discutimos demasiado ya.
—¡Como alguien vuelva a llevarse el plato al salón juro que cierro la cocina! —grita desde abajo.
Miro el reloj.
Las nueve y cuarenta y siete.
Bajo las escaleras despacio mientras escucho movimiento por toda la casa.
La televisión está puesta en el salón, aunque nadie la esté viendo realmente y desde el despacho llega la voz de mi padre hablando por teléfono con alguien del trabajo usando ese tono serio que pone cuando quiere parecer todavía más importante.
Cuando entro en la cocina, Vera ya está sentada en la mesa rodeada de apuntes, subrayadores y su portátil abierto.
—Como manches esos apuntes, mamá te echa de la cocina. —le digo mientras abro la nevera.
—No voy a manchar nada.
—Eso dijiste antes de tirarle café encima al proyecto de no sé quién.
—Fue una tragedia perfectamente calculada.
—Psicópata.
Vera ni siquiera levanta la vista del portátil.
Lleva el pelo recogido en moño un tanto extraño para poder descifrarlo y una sudadera gris enorme que probablemente me robó hace meses. Tiene ojeras suaves debajo de los ojos y expresión de estar pensando en veinte cosas al mismo tiempo.
A veces creo que Vera jamás descansa realmente.
Incluso quieta parece funcionar demasiado rápido por dentro.
Mi madre aparece desde el otro lado de la cocina con una bandeja enorme.
—¿Dónde están tus hermanos?
—Hugo estaba duchándose.
—¿Y Leo?
Vera y yo nos miramos unos segundos.
—Eso es una excelente pregunta —murmuro.
Mi madre suspira exactamente igual que siempre suspira cuando Leo todavía no ha llegado a casa a una hora razonable.
No enfadada realmente.
Más bien resignada.
—Tu padre dice que va a terminar viviendo dentro de un coche.
—Leo probablemente sería feliz así —dice Vera.
La puerta principal se abre justo en ese momento seguida del sonido de unas llaves chocando contra la entrada.
—¡Buenas noches, familia funcional!
Y ahí está.
Leo entra en la cocina todavía con la chaqueta puesta y olor a gasolina pegado por toda la existencia. Tiene una pequeña mancha oscura en la camiseta y el pelo todavía peor que normalmente.
Mi madre lo mira apenas dos segundos.
—¿Qué has roto ahora?
—Qué poco confiáis en mí.
—Hueles a incendio.
—Eso no responde a pregunta —añade Vera.
Leo abre la nevera como si nada.
—No he roto nada importante.
—Eso tampoco tranquiliza mucho —digo sentándome en la encimera.
Él sonríe apenas mientras coge una botella de agua.
Y sinceramente da igual cuántas veces lo vea porque Leo siempre entra en cualquier habitación como si acabara de bajarse de una moto en mitad de una película absurda. Todo en él hace demasiado ruido: su voz, sus movimientos, sus ideas, su energía constante.
Es agotador.
Pero también imposible de ignorar.
—¿Dónde está Hugo? —pregunta él.
—Duchándose —responde mi madre.
—Perfecto. Así puedo comer antes de que me robe media pizza.
—Te la roba porque comes como un animal —dice Vera.
—Tú comes ensalada voluntariamente. Tu opinión no cuenta.
—Y tú vas a morir de colesterol a los treinta.
—Treinta me parece optimista.
Mi padre aparece finalmente desde el despacho ajustándose el reloj mientras sigue revisando algo en el móvil.
—¿Podéis intentar parecer una familia civilizada, aunque sea durante diez minutos?
—No —respondemos Leo y yo al mismo tiempo.
Rafael suspira.
Mi padre siempre parece demasiado elegante para vivir en esta casa.
Incluso ahora lleva camisa oscura perfectamente colocada y expresión seria mientras observa el caos absoluto que tiene delante.
A veces intenta mantener conversaciones normales durante las cenas: economía, universidad, futuro, trabajo.
El problema es que ninguno de nosotros colabora demasiado.
Hugo aparece finalmente varios minutos después todavía con el pelo húmedo y una sudadera negra puesta. Se deja caer en una silla arrastrando los pies.
—Estoy muerto.
—Qué sorpresa —dice Vera sin apartar la vista de los apuntes.
—¿Tú estudias incluso cenando?
—¿Tú respiras incluso durmiendo?
—Sí.
—Entonces cállate.
Mi madre deja finalmente las pizzas sobre la mesa.
Y durante unos segundos el ruido se vuelve todavía peor.
Leo empieza a robar trozos de pizza antes de que nadie se siente realmente, Hugo le empuja sin apartar la vista del móvil, Vera protesta inmediatamente porque alguien le ha movido los apuntes y mi padre intenta mantener una conversación seria sobre la universidad que absolutamente nadie escucha mientras mi madre amenaza con echarnos a todos de la cocina.
Normalidad absoluta.
—Valeria, ¿qué tal el instituto? —pregunta Rafael.
—Bien.
—Eso no es una respuesta real.
—Entonces normal.
—Sigues sin desarrollar conversaciones correctamente.
Leo se ríe.
—Papá, has creado cuatro hijos emocionalmente defectuosos. Ya es tarde para arreglarlo.
—Habla por ti —dice Vera.
—Tú haces horarios para descansar.
—Y funcionan.
—Eso es todavía peor.
Mi madre acaba riéndose mientras niega con la cabeza.
Y yo simplemente los observo.
A Hugo medio dormido ya sobre la silla. A Leo hablando demasiado alto otra vez.
A Vera fingiendo que le molestamos, aunque siga sentada aquí.
A mi padre intentando mantener un mínimo control sobre conversaciones imposibles.
A mi madre mirándonos como si este caos fuera exactamente lo que siempre quiso.
La casa nunca está realmente en silencio.
Siempre hay: música, voces, puertas, motores, televisiones, discusiones absurdas.
Todo parece constantemente demasiado lleno de vida.
Y supongo que precisamente por eso me gusta tanto volver aquí.
Porque incluso los días malos, esta casa sigue sintiéndose como si siempre hubiera alguien despierto esperándote.