5
Los sábados por la mañana deberían ser ilegales.
Especialmente cuando Hugo decide despertarme golpeando la puerta de mi habitación como si estuviera entrando la policía.
—Levántate.
Abro un ojo lentamente.
—Muérete.
—Son las nueve y media.
—Exactamente. Horrible.
Escucho su risa al otro lado de la puerta antes de que vuelva a golpear y entrar con una sonrisa malévola.
—Como en cinco minutos no estés abajo me llevo tus guantes.
Eso consigue que me siente inmediatamente.
—Eres un manipulador de mierda.
—Y tú lenta. Baja.
La puerta se cierra otra vez y dejo caer la cabeza hacia atrás con un gruñido. Afuera todavía entra luz suave entre las cortinas y durante unos segundos me planteo seriamente volver a dormirme.
Hasta que recuerdo lo de los guantes.
Hugo jamás bromea con eso.
Veinte minutos después estoy sentada en el asiento del copiloto mientras él conduce hacia el gimnasio con música baja sonando de fondo.
Lleva una sudadera negra, pantalón deportivo y gafas de sol, aunque el día esté completamente nublado porque según él “la gente habla menos cuando no le ves los ojos”.
Sinceramente creo que solo le gusta hacerse el interesante.
—Tienes cara de enfadada —dice girando el volante con una sola mano.
—Porque me has despertado.
—Son las diez de la mañana, vampira.
—El cuerpo humano no está diseñado para funcionar antes de las doce un sábado.
—Tu cuerpo humano se queda viendo carreras hasta las tres de la mañana.
—Prioridades.
Hugo resopla con una risa pequeña.
Y ahí está otra vez esa sensación que tengo muchas veces cuando estoy con él.
Como si incluso cuando está tranquilo siguiera cargando algo encima constantemente.
Se le nota en los hombros tensos, en las ojeras suaves debajo de los ojos claros o en cómo a veces aprieta la mandíbula sin darse cuenta mientras conduce.
Hugo siempre parece cansado últimamente.
No físicamente solo.
Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo demasiadas cosas a la vez.
El gimnasio huele exactamente igual que siempre: sudor, cuero, goma y música demasiado alta saliendo de algún altavoz viejo. Hugo saluda a varias personas mientras avanzamos hacia el ring y yo empiezo a vendarme las manos apoyada contra una pared.
—Hoy vas lenta —dice él observándome.
—Hoy quiero estar en mi cama.
—Y yo quiero un Ferrari.
—Tú no cabes en un Ferrari.
—Qué borde eres tan temprano.
Le saco el dedo corazón antes de subir al ring.
Entrenar con Hugo es una experiencia curiosa porque tiene paciencia infinita y cero paciencia al mismo tiempo.
Corrige absolutamente todo: la postura, el juego de piernas, la forma de girar la muñeca al golpear.
Y aun así actúa constantemente como si entrenarme fuera la actividad más desesperante del planeta.
—No bajes la guardia.
Lanzo otro golpe.
—No cruces tanto los pies.
Respiro fuerte intentando mantener ritmo.
—Valeria.
—¿Qué?
—Si vuelves a girar mal el hombro voy a tirarte yo misma del ring.
—Eso físicamente no tiene sentido.
—Pues deja de hacerlo.
Le fulmino con la mirada mientras vuelvo a colocarme en posición.
Hugo sonríe apenas.
Eso significa que está orgulloso.
Nunca lo dirá directamente, claro.
Pero lo sé.
Porque Hugo funciona así.
No habla demasiado de emociones. No dice las cosas claramente. Pero luego aparece en cada entrenamiento, revisa mis vendajes sin que se lo pida y memoriza hasta qué música me gusta escuchar antes de pelear.
Supongo que en esta familia todos queremos parecido.
Solo que ninguno sabe expresarlo de forma normal.
Dos horas después estoy completamente agotada y tirada sobre uno de los bancos mientras Hugo termina de hablar con otro entrenador al fondo del gimnasio. Tiene las manos apoyadas sobre las caderas y el pelo húmedo pegado hacia atrás después de entrenar también.
Varias chicas lo miran desde cerca de la entrada.
Él ni siquiera se da cuenta.
O sí.
Y le da exactamente igual.
Cuando finalmente salimos, el aire frío de fuera me golpea directamente en la cara y dejo escapar un suspiro largo.
—Estoy muriéndome.
—Dramática.
—No siento los brazos.
—Eso significa que has trabajado bien.
—Eso significa que vas a tener que conducir tú.
—Ni siquiera tienes la edad para conducir tú.
—Perfecto entonces.
Terminamos comprando comida basura en un autoservicio y aparcando cerca de un mirador desde donde se ve media ciudad. Hugo baja ligeramente la música mientras me pasa una bolsa de patatas y durante varios minutos simplemente comemos dentro del coche con las ventanas algo abiertas.
El cielo está completamente despejado.
—Leo dice que Vera va a terminar casándose con un coche —murmuro.
Hugo se ríe por lo bajo.
—Leo no puede opinar mucho cuando acaricia el Mustang.
—Eso es verdad.
—Además Vera tendría una boda aburridísima.
—Con horarios.
—Y hojas Excel.
—Y rutas de evacuación.
—Cien por cien.
Me río apoyando la cabeza contra el asiento.
Y durante unos segundos todo se siente increíblemente tranquilo.
La música baja. El olor a comida. Los coches pasando a lo lejos. Hugo golpeando distraídamente el volante con los dedos siguiendo el ritmo de la canción.
—¿Tú nunca te cansas? —pregunto de repente.
Él gira apenas la cabeza hacia mí.
—¿De qué?
—De estar pendiente de todos.
Hugo tarda unos segundos en responder.
—Supongo que alguien tiene que hacerlo.
Ahí está otra vez.
Ese tono.
Como si cuidar de la gente fuera tan automático para él que ni siquiera se planteara dejar de hacerlo.
Lo observo unos segundos en silencio.
Las pequeñas marcas en los nudillos. La cicatriz fina de la ceja. La forma en que mantiene mirada fija hacia delante incluso cuando está relajado.
Y pienso algo que probablemente jamás le diré en voz alta.
Que Hugo siempre parece agotado.
Pero, aun así, de alguna forma, nunca deja de estar cuando alguien lo necesita.