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Si alguien entra en mi habitación sin permiso, lo noto inmediatamente.
No porque tenga ningún tipo de problema psicológico extraño, como dice Leo constantemente, sino porque a diferencia del resto de personas que viven en esta casa, yo sí sé lo que significa mantener ordenadas las cosas.
Mi escritorio está limpio. Los apuntes clasificados por colores. La ropa doblada. Las herramientas colocadas exactamente donde tienen que estar. Incluso los cables del portátil están recogidos correctamente.
Y, aun así, esta mañana encuentro un bolígrafo fuera del bote.
Un bolígrafo.
Miro alrededor lentamente.
—Leo.
No hay respuesta.
—LEO.
Escucho una carcajada desde el pasillo.
—Te juro que un día voy a instalar cámaras solo para verte sufrir.
Cierro los ojos un segundo.
Diecinueve años. Tengo diecinueve años y comparto ADN con un imbécil que encuentra diversión en mover objetos tres centímetros para molestarme psicológicamente.
Aunque sinceramente tampoco debería sorprenderme demasiado. Leo nació exactamente siete minutos después que yo y desde entonces ha convertido su existencia entera en una provocación constante.
Él dice que yo soy demasiado intensa.
Yo digo que él tiene el cerebro completamente derretido por conducir demasiado rápido.
Nuestros padres dicen que necesitan vacaciones por nuestra culpa.
Supongo que todos tenemos algo de razón.
Termino de recoger los apuntes de Ingeniería Mecánica antes de salir hacia la universidad.
Afuera hace calor todavía incluso siendo septiembre y el campus ya está lleno de gente arrastrando cafés gigantes y caras de sueño.
Escucho conversaciones absurdas sobre fiestas, exámenes y relaciones que probablemente no duren ni hasta Navidad mientras camino hacia clase.
Nunca he entendido demasiado cómo la gente consigue vivir tan tranquila improvisando constantemente.
A mí me gusta saber horarios. Rutas. Planes. Qué va a pasar.
Supongo que por eso terminé en Ingeniería Mecánica.
Porque las máquinas tienen sentido.
Las personas no siempre.
Tres horas después tengo grasa en las manos, una explicación larguísima sobre motores híbridos escrita a medias en el cuaderno y dolor de cabeza por culpa de un profesor incapaz de resumir absolutamente nada en menos de cuarenta minutos.
Perfecto.
Cuando vuelvo a casa ya es de noche. Escucho música desde el garaje incluso antes de entrar y automáticamente sé que Leo está abajo.
Lo que sinceramente significa dos opciones: o está haciendo algo ilegal o está haciendo algo estúpido.
Muchas veces ambas cosas.
Bajo las escaleras del garaje dejando la mochila sobre una silla y encuentro exactamente la escena que esperaba.
Valeria está sentada sobre el suelo con las piernas cruzadas mientras observa una pieza desmontada del GT-R. Leo tiene medio cuerpo metido bajo el Mustang rojo y la música demasiado alta otra vez.
—Has vuelto —dice Valeria al verme.
Asiento apenas.
—Y Leo sigue sin saber usar un volumen normal, por lo que veo.
—La música buena se escucha fuerte —protesta él desde debajo del coche.
—Tú escuchas música como si quisieras despertar muertos.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Valeria sonríe un poco bajando la mirada hacia la pieza que tiene entre las manos.
Y ahí está otra vez esa sensación rara que tengo muchas veces con ella.
La de verla demasiado pequeña para todo lo que intenta cargar encima.
Valeria tiene diecisiete, aunque a veces parece mayor simplemente porque habla poco y observa demasiado. Siempre ha sido así. Incluso de pequeña era capaz de quedarse callada durante horas simplemente mirando cómo funcionaban las cosas alrededor.
Hugo dice que da miedo cuando se pone a analizarte en silencio.
Y honestamente tiene razón.
Hugo tiene veintidós y actúa como si pudiera proteger absolutamente todo él solo.
Siempre ha sido así con los tres, aunque con Valeria se vuelve todavía más exagerado muchas veces.
Siempre está pendiente de todos incluso cuando intenta fingir que no le importa.
Se nota en cómo revisa quién ha llegado a casa.
En cómo aprieta la mandíbula cuando algo le preocupa.
En cómo parece incapaz de relajarse del todo nunca.
Luego estamos Leo y yo.
Dos personas completamente incompatibles obligadas a compartir cumpleaños, genética y demasiados años de discusiones absurdas.
Y después está Valeria.
La única persona de esta casa capaz de soportarnos a todos sin terminar huyendo.
—¿Qué estás mirando? —pregunto acercándome.
Ella me enseña la pieza inmediatamente.
—Creo que esto está desgastado aquí.
Leo saca la cabeza del Mustang.
—¿Cómo que “creo”? Está perfecto.
Cojo la pieza de las manos de Valeria y la reviso apenas unos segundos.
—No, tiene razón.
—Traidora.
—Aprende mecánica básica y luego vuelves a hablarme.
Leo me dedica el dedo corazón antes de volver a desaparecer bajo el coche.
Valeria se ríe por lo bajo.
Y sinceramente creo que ahí empezó todo realmente.
No con las carreras.
Ni con los coches.
Sino con ella sentándose durante horas en el garaje simplemente para mirar y aprender.
Porque Valeria nunca se acercó a este mundo por postureo ni por llamar atención. Le gustaba entender cómo funcionaban las cosas. Cómo desmontarlas. Cómo volver a construirlas.
Igual que a mí.
—Ven —le digo haciendo un gesto hacia la mesa de herramientas.
Ella se levanta inmediatamente y se coloca a mi lado mientras aparto varias piezas del motor.
—Mira esto. Si aquí tienes demasiada presión, termina afectando todo el sistema, aunque el fallo parezca pequeño.
Valeria escucha completamente concentrada. Siempre lo hace. Tiene esa forma de prestar atención donde parece absorber absolutamente todo sin necesidad de interrumpir cada dos segundos.
Le explico varias piezas más mientras Leo comenta estupideces desde el fondo constantemente.
—Os juro que parecéis un documental aburridísimo.
—Y aun así sigues escuchando.
—Porque me dais pena.
—Cállate y pásame la llave inglesa.
—Pídelo con educación.
—Leo.
—Vale, vale.
Valeria vuelve a reírse un poco mientras sigue observando el motor.
Y durante unos segundos me doy cuenta de algo que probablemente jamás le diré en voz alta.
Que muchas veces enseñar cosas a Valeria se parece muchísimo a cuidar de alguien sin que se note demasiado.
Porque ella nunca pide ayuda directamente.
Nunca.
Pero cuando algo realmente le importa, se queda cerca el tiempo suficiente para aprenderlo sola.
Y supongo que por eso terminé enseñándole todo lo que sabía sobre coches.
No porque lo necesitara.
Sino porque verla aquí abajo, cubierta de grasa y completamente concentrada mientras Leo nos desespera a las dos al mismo tiempo, se siente extrañamente parecido a tranquilidad.