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Hay gente que necesita alcohol para sentirse viva.
Otros necesitan fiestas, peleas o relaciones tóxicas de esas que duran dos meses y les dejan escuchando canciones tristes en Spotify por meses.
Yo solo necesito una carretera vacía a las dos de la mañana y el Mustang rugiendo debajo de mis manos.
Esa sonrisa.
La de siempre.
La que Vera dice que significa: “Leo va a hacer alguna estupidez.”
Y normalmente tiene razón.
—No adelantes todavía —suena su voz desde el manos libres.
Miro el retrovisor y veo el GT-R pegado detrás de mí con las luces perfectamente alineadas sobre el asfalto oscuro.
Vera conduce como hace absolutamente todo en su vida: como si cualquier mínimo error fuera inaceptable.
Controla tiempos, rutas, radares y hasta el combustible mentalmente.
A veces creo que nació directamente con una tabla Excel dentro del cerebro.
Incluso ahora, conduciendo a más velocidad de la recomendable por una carretera perdida en mitad de la noche, sigue manteniendo la espalda recta y las manos perfectamente colocadas sobre el volante.
Es imposible imaginarla perdiendo el control.
Por eso da tanto miedo cuando realmente se enfada.
—Relájate un poco —le digo mientras cambio de marcha.
—Relájate tú y deja de acelerar cada vez que escuchas una canción nueva.
—Eso es para lo que existe la música.
Escucho su suspiro al otro lado.
—Mamá va a matarnos como vuelva a despertarse y vea que no estamos.
—Mamá lleva veinte años sabiendo que somos un desastre.
—Y sigue sin asumirlo.
Sonrío otra vez mientras miro por el retrovisor lateral.
Detrás del GT-R aparece el BMW M4 gris de Valeria.
Y sinceramente creo que esa es la única razón por la que Vera y yo empezamos a meterla realmente en el mundo de los coches.
Porque nunca miraba el ruido.
Miraba el control.
La primera vez que Valeria se subió conmigo tendría quince años y no dijo absolutamente nada durante casi veinte minutos.
Solo observaba. Las manos apoyadas sobre las piernas, los ojos claros siguiendo cada movimiento como si estuviera memorizándolo todo.
La mayoría de personas se agarran fuerte o empiezan a gritar cuando acelero demasiado.
Ella no.
Solo miraba.
Y eso me llamó muchísimo la atención.
Porque Valeria siempre ha sido así.
Parece tranquila incluso cuando no lo está.
Tiene esa forma rara de sostenerte la mirada sin apartarla, sobre todo cuando algo le incomoda, como si prefiriera soportar la tensión antes que mostrar debilidad.
El pelo castaño claro le cae hasta el pecho con ondas desordenadas que normalmente lleva medio apartadas hacia un lado y siempre camina igual: pasos cortos, rectos, controlados, como si necesitara mantener absolutamente todo bajo control constantemente.
A veces pienso que nació demasiado preparada para protegerse.
Incluso de cosas que todavía no han ocurrido.
—Está demasiado atrás —dice Vera.
Miro otra vez el retrovisor.
Valeria mantiene distancia perfectamente estable detrás de nosotros.
—Porque está aprendiendo.
—Está aprendiendo demasiado rápido.
Eso también es verdad.
Porque Valeria no conduce por adrenalina como yo.
Ni por obsesión técnica como Vera.
Conduce porque el coche es uno de los pocos lugares donde realmente consigue vaciar la cabeza.
Lo notas enseguida.
En cómo se mueve dentro del carril. En cómo observa antes de reaccionar. En cómo nunca hace movimientos bruscos innecesarios.
Y, sobre todo: en cómo parece respirar mejor cuando acelera.
La carretera empieza a abrirse todavía más y bajo una marcha antes de hundir el pie.
El Mustang ruge.
Eso sí es vida.
El motor vibrando debajo del cuerpo. La música explotando dentro del coche. El aire frío entrando por la ventanilla entreabierta. Las luces atravesando la oscuridad mientras todo alrededor desaparece excepto velocidad.
Hay momentos donde conducir se parece muchísimo a escapar.
Y sinceramente creo que los tres lo entendemos perfectamente, aunque ninguno lo diga nunca.
—Leo.
La voz de Vera otra vez.
—¿Qué?
—Como derrapes en esa curva te juro que dejo que papá te mate.
—Qué dramática eres.
—Y tú imbécil.
Me río solo.
Las luces del BMW se acercan un poco más por detrás y sé perfectamente que Valeria está sonriendo, aunque no pueda verla directamente.
Porque siempre hace eso cuando empieza realmente a disfrutar conduciendo.
Una sonrisa pequeña. Casi invisible. Como si no quisiera que nadie notara demasiado que está feliz.
Eso también es muy ella.
Terminamos parando cerca de las cuatro y media en una cafetería abierta veinticuatro horas al borde de la carretera.
El sitio huele a café quemado, azúcar y aceite de churros.
Hay un camionero dormido sobre una mesa del fondo y un camarero medio muerto mirando una televisión pequeñísima colgada en la esquina.
Vera se deja caer frente a mí revisando algo en el móvil.
—Has tomado fatal la segunda curva.
—Literalmente no.
—Literalmente sí.
—Eres insoportable.
—Y aun así sigues saliendo conmigo a conducir.
Valeria se sienta a mi lado todavía con la sudadera puesta y el pelo algo despeinado después de horas conduciendo con las ventanillas bajadas. Tiene las mejillas ligeramente rojas por el frío y los ojos muchísimo más despiertos que hace unas horas.
Muchísimo más viva también.
El camarero deja tres cafés y una montaña absurda de churros encima de la mesa.
—Mamá va a notar que no hemos dormido —murmura Valeria mientras coge un churro.
—Mamá nota absolutamente todo —dice Vera.
—Papá también —añado.
—Sí, pero papá disfruta más fingiendo que no sabe nada.
Valeria sonríe bajando la mirada al café.
Y durante unos segundos no hablamos ninguno.
La cafetería está casi vacía. Afuera todavía es completamente de noche y el Mustang sigue aparcado junto al GT-R y el BMW bajo las luces amarillas del aparcamiento.
Tres coches.
Tres hermanos.
Y toda la vida todavía delante de nosotros.
Ninguno lo sabe aún, pero creo que esa es exactamente la razón por la que recuerdo aquella noche tan perfectamente. Porque antes de que todo empezara a romperse, hubo un tiempo donde lo único que nos importaba era conducir sin rumbo hasta que amaneciera.