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Nunca he entendido demasiado bien a la gente de mi edad.
Y no lo digo en plan superioridad absurda ni nada parecido.
Ojalá fuera eso. Sería más fácil. Pero mientras la mayoría de personas de mi clase parecen vivir pendientes de fiestas, relaciones que duran tres semanas o dramas ridículos por mensajes vistos, yo llevo toda la mañana pensando únicamente en cuánto queda para salir del instituto e irme al gimnasio.
Supongo que también tiene algo que ver con haber crecido en mi casa.
Con Leo atravesando el garaje derrapando bicicletas cuando éramos pequeños antes de pasar directamente a coches ilegales a los dieciséis.
Con Vera organizando horarios familiares en una pizarra porque decía que si no lo hacía ella acabaríamos todos muertos o llegando tarde constantemente.
Con Hugo apareciendo lleno de sangre después de un combate y actuando como si romperse los nudillos fuera algo completamente normal.
Después de crecer rodeada de todo eso, escuchar a mis compañeros discutir durante cuarenta minutos sobre quién se había besado con quién el sábado resulta… raro.
—¿Valeria?
Levanto la cabeza.
La profesora me está mirando desde la otra punta del aula.
—¿Puedes responder la pregunta o estás demasiado ocupada ignorando al resto de la humanidad?
Varias personas se ríen.
Yo también sonrío apenas.
—La segunda opción, probablemente.
Más risas.
Perfecto. Ya he cumplido mi cuota social del día.
Miro el reloj otra vez.
Quedan cuarenta y tres minutos.
Cuando finalmente suena el timbre, salgo prácticamente la primera del aula. Escucho a varias personas hablando sobre quedar esa noche, una fiesta el viernes o no sé qué chico de segundo. Ni siquiera presto demasiada atención. Me pongo los auriculares y camino directamente hacia el gimnasio.
Ahí sí entiendo las cosas.
El ruido de las cuerdas golpeando el suelo. El olor a sudor y goma. Los guantes chocando contra el saco. La tensión en los hombros. El cansancio físico reemplazando todo lo demás.
Eso sí tiene sentido.
Dos horas después vuelvo a casa con el pelo todavía húmedo y la sudadera pegada a la espalda. El ruido llega incluso antes de abrir la puerta del garaje.
—¡TE ESTOY DICIENDO QUE ESA PIEZA NO VA AHÍ!
—Y yo te estoy diciendo que si tocaras el coche menos de forma obsesiva quizá arrancaría mejor.
Pongo los ojos en blanco automáticamente mientras entro.
El GT-R gris de Vera ocupa prácticamente el centro del garaje. Las herramientas están esparcidas por todas partes y Leo tiene medio cuerpo metido bajo el capó mientras Vera lo mira con los brazos cruzados y esa expresión de superioridad que pone cuando cree que tiene razón.
Que suele ser siempre.
Vera es la única persona que conozco capaz de discutir contigo sin levantar apenas la voz y aun así hacerte sentir completamente idiota.
Tiene el pelo oscuro perfectamente liso cayéndole por la espalda y la postura tan recta que parece incapaz de relajarse incluso sentada.
Y unos ojos claro, su mirada es fija. Todo en ella transmite control.
La forma de caminar. De mirar. Incluso de quedarse callada.
Nunca pierde los nervios en público.
Nunca.
Y sinceramente creo que eso le da todavía más miedo a la gente.
—Dime una sola vez en tu vida que no tengo razón —dice ella.
Leo sale finalmente de debajo del coche soltando una risa seca.
—No tienes razón.
—Qué convincente.
Leo sonríe de lado justo antes de tirarle un trapo lleno de grasa.
Ese gesto resume bastante bien quién es él.
Todo en Leo parece ocurrir dos segundos antes de una explosión.
Tiene esa mirada de ojos azules, intensa constante, como si estuviera pensando en hacer algo peligroso incluso cuando está quieto.
El pelo oscuro siempre despeinado, pequeñas heridas en las manos porque jamás tiene suficiente cuidado con nada y esa sonrisa ladeada que suele aparecer exactamente antes de tomar una decisión horrible.
Mi madre dice que un día terminará matándonos de un infarto.
Mi padre dice que simplemente heredó demasiado carácter de todos nosotros juntos.
Yo creo que Leo nació con el cerebro conectado directamente a la adrenalina.
—Hola a ti también —dice él al verme.
—Hola, desgracia mecánica.
—Qué borde eres cuando entrenas.
—Qué pesado eres cuando respiras.
—Eso ha dolido.
Vera me mira apenas unos segundos.
—Hueles a gimnasio.
—Gracias, creo.
—No era un cumplido.
Y ahí está otra vez.
La Vera de siempre.
Pero luego Leo se golpea la cabeza contra el coche al levantarse demasiado rápido y ella automáticamente le aparta el pelo para ver si se ha hecho daño, aunque siga discutiendo con él al mismo tiempo.
Eso también es muy Vera.
Quiere a la gente como si estuviera permanentemente enfadada por tener que preocuparse tanto.
Subo finalmente al salón y encuentro a Hugo dormido en el sofá con un brazo cayendo hacia el suelo y la televisión todavía encendida sin sonido. Lleva pantalón deportivo gris y una sudadera negra arrugada. Tiene pequeñas marcas rojizas en los nudillos y una venda mal puesta alrededor de una mano.
Probablemente entrenó demasiado otra vez.
Hugo siempre parece cansado últimamente.
No físicamente solo. Hay una tensión constante en él incluso cuando duerme.
Se le nota en los hombros, en cómo aprieta la mandíbula cuando algo le molesta o en esa forma rara de mirar a la gente como si estuviera preparado para protegerlos incluso antes de que pase nada.
Se parece muchísimo a mi padre en eso.
Tiene los ojos claros, gris verdoso, aunque ahora estén cerrados, y una cicatriz pequeña en la ceja derecha que apareció hace años durante un combate absurdo que nunca quiso explicar bien. Cuando era pequeña pensaba que Hugo podía arreglar cualquier problema del mundo.
A veces todavía lo pienso un poco.
Me acerco despacio y le doy una patada suave al sofá.
No se mueve.
—Hugo.
Nada.
—Hugo, estás babeando el cojín.
Abre un ojo inmediatamente.
—Eres una mentirosa de mierda.
—Pero te has despertado.
Gruñe algo inentendible y vuelve a cerrar los ojos mientras yo sonrío un poco.
La casa huele a pizza una hora después. Leo insiste en que las películas son mejores si nadie entiende realmente el argumento y termina poniendo una absurdísima de acción donde explotan cosas cada diez minutos.
Vera protesta durante media hora diciendo que es ridícula pero aun así no deja de mirarla.
Hugo ocupa medio sofá completamente agotado y acaba tirándome las piernas encima sin preguntar.
Mi madre aparece varias veces solo para quejarse del volumen.
Mi padre intenta fingir que está trabajando desde el portátil, aunque claramente lleva quince minutos mirando la televisión también.
Y mientras Leo discute con la pantalla como si los personajes pudieran escucharlo y Vera amenaza con apagar la película por sexta vez, me doy cuenta de algo.
Quizá nunca termine de encajar con la gente de mi edad.
Pero sinceramente creo que tampoco me importa demasiado.
Porque después de vivir dentro de este caos toda mi vida, cualquier otra cosa probablemente siempre iba a parecerme demasiado silenciosa.