Las luces que dejamos atrás (Sobrevivir 1)
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SObrEVIVIR I
Las luces que dejamos atrás
Mirya Sanz
Para quienes alguna vez tuvieron que aprender a sobrevivir después de perder una parte de sí mismos.
1 VALERIA
Lunes, 3 de septiembre de 2018
La primera vez que escucho el motor del Mustang de Leo esa mañana son las siete y doce.
Exactamente las siete y doce, porque el ruido atraviesa las paredes de la casa como si estuviera arrancando dentro de mi habitación y automáticamente miro el reloj con ganas reales de asesinarlo.
Cinco segundos después, la música empieza a retumbar desde el garaje con unos bajos exagerados que hacen vibrar ligeramente el cristal de la ventana.
—¡TE JURO QUE UN DÍA VOY A QUEMARTE EL COCHE! —grita Vera desde el piso de arriba.
La sonrisa se me escapa sola.
Porque es lunes. Porque son las siete de la mañana.
Porque Leo probablemente todavía ni ha desayunado y ya está tocando las narices a todo el vecindario simplemente porque existe.
Y porque Vera, aunque proteste como si de verdad fuera a matarlo, lleva despierta desde antes que todos revisando horarios, entrenamientos y no sé cuántas cosas más.
Escucho pasos rápidos por el pasillo y segundos después Vera aparece en la cocina todavía con el pelo mojado, con una sudadera gris enorme y el móvil en la mano.
—Como vuelva a poner esa música voy a atropellarlo yo misma con el GT-R.
Isabel ni siquiera levanta la vista de la sartén.
—Buenos días para ti también, cariño.
La cocina huele a café recién hecho y tostadas calientes.
Mi madre se mueve de un lado a otro como si llevara despierta tres horas más que el resto del planeta.
Lleva una coleta alta mal hecha y una de las camisas de mi padre demasiado grande, pero aun así parece tener todo bajo control. Siempre lo parece.
Rafael está sentado en la punta de la mesa leyendo el periódico con una tranquilidad que sinceramente no entiendo. Va perfectamente vestido. Como siempre. Camisa oscura, reloj puesto y expresión seria incluso mientras toma café.
—¿No vas a decirle nada? —pregunta Vera dejándose caer frente a él.
—¿A quién?
—Papá, no te hagas el interesante tan temprano.
Rafael pasa una página del periódico lentamente.
—Si Leo se mata solo con ese coche me ahorro la bronca.
—¡TE HE ESCUCHADO! —grita Leo desde el garaje.
Vera pone los ojos en blanco.
Yo sigo desayunando apoyada contra la encimera mientras observo la escena como si fuera completamente normal. Que en realidad lo es.
El ruido. Las discusiones. La música demasiado alta.
Hugo llegando sudado del gimnasio a horas imposibles.
Leo viviendo como si tuviera una película de acción montada en la cabeza constantemente.
Vera organizando la vida de todos, aunque nadie se lo haya pedido nunca.
Mi madre fingiendo que no le gusta el caos cuando claramente vive cómoda dentro de él.
Mi padre intentando aparentar que esta familia no lo vuelve loco.
Todo aquí funciona así.
La puerta principal se abre de golpe y Hugo entra directamente a la cocina todavía respirando algo agitado después del entrenamiento. Lleva la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y el pelo oscuro desordenado hacia atrás. Huele a gimnasio, colonia y aire frío de la mañana.
Ni siquiera saluda.
Simplemente pasa por mi lado, me roba una tostada del plato y se sienta.
—Te odio.
—También te quiero.
Le doy una patada suave por debajo de la mesa y él sonríe apenas unos segundos antes de coger el vaso de zumo de Vera.
—Hugo.
—¿Qué?
—Ese es mío.
—Ahora es nuestro.
—Te juro que sois animales —murmura Vera.
Leo entra finalmente en la cocina como si acabara de ganar una carrera ilegal en vez de simplemente arrancar el coche antes de desayunar. Lleva una sudadera negra y las llaves del Mustang girando alrededor del dedo.
—Buenos días, personas amargadas.
—Baja la música del coche o te arranco la radio —dice Vera automáticamente.
—Estás obsesionada conmigo.
—Porque eres insoportable.
Leo sonríe orgulloso, como si eso fuera un cumplido.
Y probablemente para él lo sea.
Mi madre deja otro plato sobre la mesa.
—Sentaos todos y desayunad antes de que empiece a dolerme la cabeza.
—Ya es tarde para eso —dice Rafael sin apartar la vista del periódico.
Hugo se ríe por lo bajo. Leo empieza a discutir otra vez con Vera porque ella le quitó las llaves del coche. Isabel amenaza con echarlos a todos de la cocina. Mi padre sigue fingiendo que no escucha nada mientras lee economía como si estuviera solo en una biblioteca.
Y yo simplemente los observo.
Porque a veces pienso que desde fuera probablemente pareceríamos una familia imposible de soportar. Demasiado ruido. Demasiadas personalidades chocando constantemente. Demasiado movimiento todo el tiempo.
Pero también sé algo.
Que nunca hay silencio aquí.
Nunca estás realmente solo.
Y aunque ninguno de nosotros sea especialmente bueno diciendo las cosas en voz alta, hay algo que siempre está presente incluso en medio de las discusiones más absurdas.
Algo que se nota en cómo Hugo siempre revisa que yo haya llegado cuando salgo tarde.
En cómo Vera organiza horarios imposibles para que todos podamos seguir viendo cenas juntos.
En cómo Leo siempre espera despierto si alguno falta demasiado tiempo.
En cómo mi madre cocina siempre como si fueran a aparecer diez personas más de repente.
En cómo mi padre jamás se olvida de absolutamente nada importante, aunque finja vivir más pendiente del trabajo.
Todo gira constantemente alrededor de todos.
Como si esta familia hubiera aprendido hace muchísimo tiempo que querer también podía parecerse al caos.