Las locas que no lo eran 11. Las locas que mataron
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11. Las locas que mataron

las locas que mataron

Aí che vai meu corazón, se o queres matar ben podes, pero como ti vas dentro tamén se ti o matas morres.

Ven bailar, Carmiña

Crimen y enfermedad mental han estado estrechamente relacionados.

La vinculación de la locura con el crimen era un modo de poner de manifiesto la relevancia del poder psiquiátrico a la hora de evitar a la sociedad los peligros que una persona mentalmente desequilibrada podía ocasionar.

La ecuación se planteaba, pues, en términos de peligro: en el corazón de toda locura está inscrita la posibilidad de hacer daño.

Aquellas criminales convivían en instituciones psiquiátricas con mujeres con retraso mental, locura puerperal o esquizofrenia debido a una cuestión tan simple como terrible: no se había habilitado ningún lugar para ellas.

Los considerados «locos criminales» seguían en la segunda mitad del siglo xix repartidos entre los departamentos de observación de los hospitales generales y otras instituciones psiquiátricas del país.

En algunos casos, quienes terminaron en aquellas instituciones fueron criminales, sí, pero sin atisbo de locura.

El manicomio no tenía aquí más función que separarlos del resto de la sociedad, marcar su peligrosidad, apartarlos de la parte buena del mundo. Fue el caso de Rosa.

En un informe datado el 15 de abril de 1936, el presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra indicaba sobre ella que «actualmente el estado de la interna no ofrece anormalidad alguna, habiendo desaparecido las manifestaciones psíquicas patológicas que la impulsaron a la comisión del delito por el que fue procesada y del que se la declaró irresponsable por esa Audiencia.

El estado de salud mental que ahora disfruta invita a aconsejar su reintegración al medio familiar, ya que aceptamos que, con un control de los parientes, no constituye peligro alguno para la sociedad».

En otra nota suelta, sin firma ni fecha, mecanografiada, se indica respecto a la posibilidad de que salga que «puede acordarse la libertad, previniendo que esto raras veces tiene lugar, porque la locura, según los médicos, rara vez es curable».

¿Cuál era, pues, el objetivo de tener recluidos en manicomios a miles de mujeres y hombres?

¿Se trataba simplemente de apartarlos de la «parte buena» de la sociedad?

¿De marcar con su encierro los límites de la transgresión?

Rosa salió del manicomio en 1964 por orden judicial.

Justo treinta años antes, en su historia clínica, el doctor Nogales, que fue quien se encargó de examinarla, escribió: «Se molesta y se marcha diciendo que, como no está tonta ni loca, no tengo por qué escribir nada».

Rosa se resistió a contar su historia. Ese fue su particular modo de resistencia frente a un psiquiatra que ostentaba el poder en esta relación desigual.

Leer su expediente con nuevos ojos permite ver cómo aquella mujer, dentro de los estrechos márgenes de maniobra que el manicomio le proporcionaba, dijo no.

Me pregunto si también lo hizo Teresa antes de matar a su hermana.

Si la advirtió de que no robase aquellas patatas que fueron el motivo de su asesinato.

Teresa A. era una labradora viuda de O Viso, junto a la Ría de Vigo.

Tenía setenta y cinco años cuando entró en el manicomio procedente de la cárcel, un espacio en el que «estaba absolutamente tranquila y no dio nunca que hacer, según manifiesta el empleado que la acompaña».

El médico añade: «En la cárcel estado psíquico absolutamente normal.

Tal vez el ambiente social despierte en ella por la acción de algún estímulo reacciones patológicas que no nos es posible provocar en el medio manicomial y que tampoco se provocaron en la cárcel».

Teresa entró en el psiquiátrico con un diagnóstico de distimia, una forma de depresión leve de larga duración, a la que en 1937 se añadió una psicosis epiléptica.

¿Qué había pasado en esos seis años para que se produjese ese cambio?

No hay ninguna indicación al respecto en su expediente.

Sabemos, eso sí, que fue recogida por su familia el 21 de diciembre de 1938.

Pasaría las Navidades en O Viso después de muchos años sin ver el mar.

Cuando entró en el manicomio, a Teresa la acompañaron dos empleados de la cárcel que ignoraban toda su vida. Tampoco yo la conozco, pero ¿cuánta miseria cabe en un puñado de patatas?

Rosalía N. no mató por un puñado de patatas, sino porque creía que su vecina tenía unas tijeras en la garganta, y decidió sacárselas metiéndole la mano por la boca, ahogándola.

Hasta ese momento trabajaba como costurera en A Lagoa, una aldea de Vilagarcía de Arousa.

Desde que en 1932, a su entrada en el manicomio, fue diagnosticada de una psicosis puerperal de tipo esquizofrénico, pasó a ser, simplemente, una loca.

Una loca que, sin embargo, sabía perfectamente que había cometido el crimen en estado anormal, «que no estaba bien de la cabeza», y que dentro del manicomio reconoció que «tuvo días buenos y otros en que estaba enferma».

Tampoco hay en su expediente datos que fundamenten la causa de su diagnóstico, ni indicios de que en su caso hubiese un parto reciente que justificase la psicosis puerperal que se le adjudicó.

Rosalía había llegado derivada desde la Audiencia Provincial de Pontevedra y terminó recluida por orden judicial durante casi cuarenta años en Conxo, hasta que salió definitivamente del centro el 14 de octubre de 1971.

No parecía que hubiera dudas de que era una criminal, pero ¿estaba realmente loca?

Las cartas fueron para ella la manera de mantener el vínculo invisible con aquel mundo anterior en el que vivía entre agujas e hilos.

Por eso llegó incluso a escribir en los márgenes del periódico Luz , una mañana de agosto de 1934, entre noticias sobre protestas de becarios y viñetas humorísticas.

La escritura fue, así, una manera de conjurar el olvido.

Los familiares la visitaban con frecuencia, y ella también les escribía a menudo.

Durante las visitas expone sus deseos de salir del manicomio, y en sus misivas se queja del maltrato que las monjas le infligen.

El 17 de febrero de 1933, Rosalía va más allá: escribe una carta al propio director de Conxo y denuncia que la dejan toda la noche con los correajes puestos.

Esa misiva nunca llegó a ser enviada, pero da cuenta de episodios de violencia a los que nadie quiso atender.

Su marido, Eladio, marinero, escribe el 17 de enero de 1934 al director de Sanidad y Beneficencia de Madrid una carta en la que indica que «a juicio del exponente y de otras personas, no se halla incapacitada, sino, por el contrario, se encuentra en condiciones para poder regir por sí sola».

Es un ejemplo muy poco habitual de una voz masculina que no intentó reprimir a una «mala mujer», sino apostar por su liberación.

No sabemos qué sucedió con Eladio, pero su hijo, Jesús, vuelve a contactar con el entonces director, Luis Besada, el 29 de noviembre de 1970, para ver si su madre puede salir de permiso.

Él siguió los pasos del padre, embarcándose en los buques de la Compañía Transatlántica y luchando por la liberación de una madre que apenas conocía lo que era la libertad.

Hay también en el expediente de Rosalía un espacio para la ternura.

En 1933, Eladio había escrito desde Alicante, embarcado en la empresa de vapores Cabo Razo.

Pedía saber cuándo podría salir su esposa para buscar una casa para ella y sus hijos fuera de Vilagarcía.

Habría sido bonito imaginarla en una pequeña morada junto al mar, en un nuevo comienzo.

Rosalía consiguió una licencia trimestral en 1971.

Tenía para entonces más de setenta años y llevaba muchos sin recibir noticias de Eladio, pero su hijo, Jesús, había conseguido, por fin, traer a mamá de vuelta a casa.

Josefa M. nunca volvió a la suya. Murió a los pocos meses de su ingreso, en noviembre de 1936, mientras España se desangraba.

Josefa llevaba la vida miserable de una labradora que empieza a volverse loca con su último parto, que sueña tras el nacimiento de su último hijo con una vida mejor, lejos de aquella casa miserable donde transcurrían sus días.

Tiene su relato el regusto de lo inevitable, de la vuelta atrás que se anhela, pero se sabe imposible.

«O caseto era pequeño pero quen mo dera oxe…

Oxe xa non é noso... Miña mai oxe anda arrastrada…

xa estará presa porque estaba con nós. Probe vella, que vellez lle din, cando debín ser o seu amparo».

Su testimonio expresa la desgarradora certeza del olor, el tacto y el regusto de la muerte cuando quien la narra es quien la ha infligido.

«Cando pequena, fun a unha eira e collín unha papeletea que decía que unha nai matara tres fillos que tiña, unha papeleta dos cegos.

A papeleta non era certa pero eu na mañá erguinme; e meu home foi levar o gando e miña nai foi a tender unha pouca de roupa.

Eu collín un cuchillo e dinlle un corte aquí.

A quen se lle ocurre matar os fillos, eran unhas joyas!

Que morte negra levaron! Na merecían! Pobres meus filliños! O mal é de min que eles están no ceo…».

El médico anota que Josefa relata los hechos con tranquilidad y sangre fría; se recrimina lo sucedido, sin fuerza y sin lágrimas.

Pero, casi cien años después de que fuera contado, aquel testimonio tiene la fuerza invencible de lo que se ha vivido, la potencia de lo que se ha contado con la lengua de tu propia tierra, la que intentaron arrancarte y borrarte, como borraron tu testimonio.

Josefa habla en gallego y su voz es la voz de la madre, de la abuela, de la aldea, de la miseria.

Es la que resuena en nosotras, hijas y nietas de tantas otras Josefas.