10. Como están tan lejos no vienen a verme. #4
Elena es trasladada en 1976 al Hospital Provincial, tras haber sufrido un ictus vascular que a nadie importó.
Había entrado en Conxo con veinticinco años y salió casi con setenta hacia ese hospital, porque nadie había querido hacerse cargo de ella.
Dos años antes, el jefe de servicio de Conxo había intentado contactar con aquel hermano emigrado a la meseta para contarle que «su hermana se encuentra en la actualidad bien de salud física y mentalmente muy bien recuperada.
Está tranquila, trabaja regularmente en nuestro costurero y tiene permiso para salir.
Por todo ello, desde el punto de vista médico, no es necesario que continúe ingresada en este centro, y por eso intentamos localizar a sus familiares, para rogarles que pasen por Santiago para hablar con nosotros e intentar conseguir que Elena salga del sanatorio».
¿Supo Elena de esta carta y soñó con volver a recorrer las calles de Santiago del brazo de su hermano?
Estaría Compostela tan cambiada… No hubo respuesta a aquellas letras.
Dirección desconocida. Elena llevaba para entonces años orientada, con una afectividad correcta y una conducta normal.
Nuevo intento de contacto en 1975. «No se ha conseguido localizar a nadie de la familia.
Elena podría estar perfectamente con algún familiar o en residencia…
Una vez devueltas las cartas del hermano no sé a dónde dirigirme en busca de noticias».
Al año siguiente, el ictus fue quien sacó a Elena de aquel manicomio.
Sigue mirándonos desde la foto de su documento de identidad, preguntándose quizás por qué nunca pudo ser abuela.
Mercedes M., como Elena, había llevado también una vida marcada por la miseria cuando en 1934, con veintiún años, ingresó en Conxo como pensionista de la beneficencia municipal, pobre entre las pobres.
De ella sabemos que se crio con sus padres, Manuela y Guillermo, que tenía un nivel cultural de enseñanza primaria y que en aquella casa obrera donde caldo y guiso componían el menú de cada día la vida «le era agradable» hasta el divorcio de sus progenitores y el abandono de los hijos por parte de la madre para irse a vivir con otro hombre.
Mercedes estuvo ingresada en el hospital por una bronquitis, y entre tos y carraspeo le rogó que no la visitase «porque le hacía daño su presencia».
Tal fue la brecha que se abrió entre madre e hija.
Fue la progenitora quien internó a Mercedes, sin que quede constancia en su expediente de las razones, pero en una carta de trazo firme y letra sinuosa ella implora, entre el reproche y la tristeza, aquella protección materna que había perdido hace tiempo: «Si no puedes venir manda al tío José que me venga a buscar, que quizás tenga más sentimientos que tú, porque enseguida mandas a una persona sin saber si va a estar bien y además tan lejos.
Ya ves, no conozco a nadie y tengo una pena bárbara.
Esto es una casa de locos, y además es una pena no veros».
Aquí, como excepción en medio de los encierros con sello masculino, fue una mujer quien llevó a su hija a Conxo. Otra de sus cartas no deja lugar a dudas: «Parece mentira que me hayas metido en una casa de locos».
Pasaría en ella ocho meses, pero no sería la última vez: casi cincuenta años más tarde, en 1981, reingresa por orden gubernativa.
En aquel momento trabajaba de forma autónoma en un pequeño comercio.
«Sobre su anterior internamiento en Conjo en 1934 no recuerda detalles y se limita a decir que la trajeron aquí por error…
». El hilo de la memoria cortado, queriendo olvidar lo que hizo daño; el expediente como marca de que siempre serás una loca, no importa el tiempo que haya transcurrido…
«La paciente tiene sesenta y ocho años y viene mal arreglada y sucia, “no me dieron tiempo, me cogieron y tuve que venir así”».
Un rastro de coquetería cuando te dicen que has perdido la razón.
En medio del expediente, una declaración perdida que vuelve la mirada hacia aquella madre que, dicen, la enloqueció.
«Una vecina me aclaró que parece que la madre era encargada en una casa de mala nota».
Mercedes no había tenido diagnóstico en aquel lejano 1934.
Cincuenta años más tarde consta como una esquizofrénica paranoide que cree que los vecinos la persiguen, habla alucinada con personas de Ferrol y América, donde dice tener un primo hermano, supone que la quieren matar y sale a la calle en verano abrigadísima y descalza.
La Mercedes de la veintena sentía rabia hacia una madre que, pensaba, le había destrozado la vida.
Medio siglo después, anciana, ya no podía escribirle cartas a mamá en las que implorar rescates, pero había algo que no había cambiado: Mercedes seguía sin querer saber nada de enfermos ni de médicos, y, mientras recorría los pasillos del psiquiátrico bolso en mano «por miedo a que le cojan algo», seguía repitiendo «yo no estoy loca», casi como una plegaria.