10. Como están tan lejos no vienen a verme. #3
¿No denunció acaso María lo mismo que recogían todos esos informes y lo que los propios trabajadores habían denunciado en el verano y otoño de 1933, cuando pidieron mejoras en la asistencia a los enfermos?
La situación terminó con una huelga general en Santiago del 17 al 23 de octubre, que dio lugar a la ocupación del manicomio por la Guardia de Asalto.
Los pasquines de la cnt revolotearon por el empedrado de Compostela, y en ellos las condiciones inmundas de quienes allí estaban recluidos, con «un director que inyecta aguarrás en las piernas de los enfermos como medida de represión, no de tratamiento», se mezclaron con el orballo del otoño.
Aquella Sociedad de camareros y empleados de Conjo pedía que «las diputaciones gallegas piensen en la enorme responsabilidad que están contrayendo al abandonar a los enfermos mentales en manos de mercaderes, dejando sin resolver el problema psiquiátrico de Galicia que tanto apremia».
El negocio del que hablaba María en sus cartas era el de estos mercaderes: distintos nombres, una misma realidad.
La miserable vida dentro del manicomio quedó patente en la carta que escribe a su hermano, residente en Barcelona, quien «quedó de quitarme de aquí», contándole que «recibí las tres pesetas, pero no llegan para el alimento diario, que hay que alimentarse para vivir, o sea, malvivir, que esto no es vida, es agonía; maldita la ley que lo consiente, quiero vivir dignamente y aquí no se puede aunque una quiera, porque tienen medios para hacer de la más digna una rastrera y viceversa».
Pérez López Villamil, psiquiatra que trabajó en Conxo entre 1923 y 1929, recogió en sus declaraciones que «algunos años, llegan a trescientas defunciones por falta de alimentos», corroborando así la historia de María.
Ni las palabras de María fueron escuchadas, porque sus cartas no llegaron a traspasar los muros del manicomio, ni prosperaron aquellas denuncias ante la opinión pública de las deficientes condiciones de atención a los enfermos mentales.
Pocos años más tarde comenzaba una Guerra Civil que habría de traer preocupaciones más urgentes.
Pero María no se rindió: las misivas se siguieron sucediendo, con su hermano como principal destinatario.
El 1 de abril de 1950, imploraba: «Quisiera que me mandaras lana para hacer unos calcetines y unas agujas y haber [sic] si me mandas un refajo.
No te digo más, recibe el corazón de tu hermana que espera llegue el día de venir a buscarme. Contesta pronto para estar tranquila».
No sabemos el nombre de aquel hermano, pero ciertamente no pudo responder una carta que nunca le fue enviada ni terminar así con la angustia de María.
Parece que ni le escribió ni la visitó, porque el 5 de septiembre de 1951, veinticuatro años después del inicio de su encierro y uno y medio de su anterior misiva, María encontró un papel decorado con un hoplita para mandar otra carta.
El héroe griego conteniendo las palabras de la antiheroína de Ourense.
El soldado como soporte para una mujer guerrera: «A ver si tienes la bondad de mandarme algún dinero, que antes del día de mi santo no tenía ni una perra.
Las revistas las recibí y me gustaron mucho».
Junto a la cotidianeidad del objeto, la ternura de quien no olvida los vínculos ni los pequeños problemas de salud de aquellos a quienes ama: «La felicidad mía es el estar a tu lado y trabajar en lo que se pudiera y antes de ser más vieja.
Haz los medios para venir a buscarme, que no sabes la obra más grande que es de caridad.
¿Cómo sigues de la vista? Cuídate mucho, que yo ya rezo mucho por ti. Contéstame pronto, tu hermana».
En su carta de abril de 1950, con la primavera estallando en los jardines de Conxo, María había escrito a su hermano.
«Yo lo que te pido es que juntes el dinero y me vengas a buscar para tu casa, pues tengo miedo a morir aquí...
A ver si para el verano me vienes a buscar, pues ya no puedo vivir más aquí lejos de vosotros».
Pasaron veintitrés veranos más hasta que María salió de Conxo camino del asilo de Ourense.
Volvió a casa, aunque fuese para morir en un sitio que estaba muy lejos de ser el hogar que quiso construir con aquel hermano que nunca cumplió su promesa.
María de las Mercedes G. L. nunca tuvo visitas ni cartas del suyo desde 1934 hasta su muerte en 1995. Sesenta y un años de absoluta soledad. ¿Qué se siente al saber que no le has importado nunca a nadie?
Dolores, desde la foto de carnet de su historia clínica, con el pequeño pañuelo en la cabeza que llevaban muchas mujeres rurales hasta hace unas décadas, mira de frente al fotógrafo con la esperanza perdida.
Había entrado en Conxo el 28 de abril de 1927 con treinta y dos años.
Un diagnóstico de esquizofrenia la condenó a morir en un manicomio con más de noventa.
Me pregunto si llegó un punto en el que olvidó cómo era su vida anterior, en Lugo, si recordaba que hubo un momento en el que la consideraron cuerda.
Avanzar en las páginas de su historia clínica es comprender cómo la psiquiatría condicionó con sus etiquetas las vidas de millones de personas.
En el año 1977 se recoge en los informes del personal auxiliar que Mercedes, desde su traslado a dicha unidad, no había sido tratada con ningún tipo de psicofármaco, «lo que hace pensar que no presenta sintomatología alguna aparte de su ¿demencia?
senil que actualmente pueda tener». Aquel diagnóstico de esquizofrenia siguió, sin embargo, escrito en su expediente.
El mismo expediente que, ya iniciados los años ochenta, con una España totalmente distinta a la que había conocido cuando entró, cambiaba el frío lenguaje médico por la conmiseración hacia el destino de una anciana por quien ya nada más se podía hacer: «Después de cincuenta y cuatro años de internamiento, abandonada por su familia, no le queda por desgracia más remedio que terminar su vida en Conxo.
A estas alturas plantearse derivar a la paciente hacia una residencia de ancianos o cosa por el estilo no sería ninguna solución ni se le ofrecería una alternativa mejor que el manicomio.
Es lamentable no saber qué decir ni qué hacer en casos como estos, donde ya todo está hecho y consumado».
La vida de Mercedes tardaría todavía catorce años más en apagarse, pero ciertamente el manicomio se había convertido ya en el único hogar que había conocido.
Solamente hay una dirección en su expediente, la de la misiva de un hermano escrita en el año 1934. Nunca hubo más.
«Me trajeron aquí porque me diera una carta de loca, pero yo no estoy enferma», clamaba Mercedes desde su historia clínica.
Tuvieron que pasar casi cincuenta años para que alguien confirmara que tenía razón: el 30 de agosto de 1976, un estudio psicosocial de la paciente asegura que no tiene ningún síntoma psiquiátrico.
Mercedes siempre estuvo cuerda, pero nadie la creyó.
En el recuento de quienes olvidaron en la bruma de su memoria a la loca con la que compartían sangre se cuenta también Francisco, hermano de Elena N.
F. Tiene Elena en la fotografía que le hicieron para su dni en los setenta la mirada sin esperanza de una abuela que nunca tendría nietos.
La imaginas amasando tus manos y el pan de la tarde, y no trabajando en el costurero de un manicomio.
Había ingresado más de cuarenta años antes, con veinticinco, sin apenas conocer a sus padres.
No recordaba entonces por qué la habían llevado allí.
Quizás es más fácil el olvido cuando sabes que quieren deshacerse de ti.
«Me trajo la cuñada, no me entendía bien con ella», contaba Elena en su historia clínica.
Una mujer soltera sin padres, sin marido y sin familia que se va a vivir con el hermano casado.
«La historia refiere que era muy estrafalaria, que parecía hipnotizada.
En la exploración no se descubren ideas delirantes». ¿Enfermedad o carga?
Elena fue diagnosticada de esquizofrenia.
Los primeros dos años recibía alguna visita de su hermano.
Luego, el mutismo más absoluto desde aquella dirección de la calle Barquillo 17, de la Jefatura de Estudios y Construcciones de Madrid, a la que le escribían para hablarle de ella.
Debía ser incómodo para él saber que en una esquina olvidada de España tenía una hermana que le recordaba aquella infancia de miseria.
Quizás por eso pasó los siguientes cuarenta años sin volver a escribir.