Las locas que no lo eran 10. Como están tan lejos no vienen a verme. #2
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10. Como están tan lejos no vienen a verme. #2

Como me hubiera gustado preguntarle a José, el hermano de María G.

S., qué le impidió cumplir su promesa de llevarla a casa.

Ciento sesenta y ocho kilómetros entre Verín y Santiago que para ella solo fueron de ida.

María ingresó el 1 de abril de 1927 con treinta y cuatro años.

Una mujer soltera a una edad en la que ya no debería estarlo, exprostituta y madre.

Una candidata perfecta para la psiquiatrización de la disidencia femenina. Un estorbo.

María fue desde el inicio una interna conflictiva, «vindicativa», como se la denomina en su historia clínica.

«Reclama constantemente alimentos y cuidados», una frase que por sí misma denota que se consideraba extraordinario algo que debería haber sido elemental.

Sin fecha, manda a su hermana Francisca una postal del apóstol Santiago en la que escribe con la letra apretada y presurosa de quien quiere aprovechar cada pequeño espacio: «Te mando esta estampa del santo apóstol para que le roguéis me quite de este sufrimiento y ponga debajo de su caballo a todos los que le quitan el honor a una infeliz mujer y a todos los que las manchan entregándolas después a prisiones en donde con malas artes cometen horrores, las insultan y maltratan».

Aquella carta nunca llegó al buzón. Ni un santo podía proteger a María del destino que habían creado para ella.

Y, no obstante, siguió resistiendo mediante sus pequeñas batallas cotidianas.

«Son sus mejores premios un par de huevos, y el desiderátum para ella es una magra de jamón.

Solicita también constantemente y a todo el mundo una pastilla de jabón», quedó escrito en su historial.

Aquella ansia por beber y comerse la vida a bocados la acompañó durante todo su encierro.

El 4 de febrero de 1971 se añade a su historia clínica el hecho de que está «siempre pidiendo para salir y le den bisteks [sic], viño do Ribeiro».

Hay un punto de resistencia en el reclamo de esos pequeños placeres imposibles de obtener en un manicomio, en su deseo de gozar de una vida que no podía calificarse como tal.

También en el hecho de continuar reclamándolos tras décadas de encierro.

El 9 de julio de 1973, su informe médico recoge que fue dada de alta con destino al asilo de Toén, en Ourense, «y se marchó muy contenta, pues decía que se quería morir en su tierra».

Un día después, el informe médico del titular del asilo de Ourense señala: «El diagnóstico que consta en su historial varía entre psicosis degenerativa ( oms 293.

4) y oligofrenia (310 oms ). Mi impresión personal es que no hay datos para hacer un diagnóstico y que en la actualidad, con una edad de ochenta y tres años y después de haber pasado cuarenta y seis años encerrada, el problema del diagnóstico es irrelevante».

Leyendo su historial clínico, en efecto, no figuran datos que justifiquen aquel encierro.

Y de nuevo la duda... ¿Tenía algún tipo de trastorno mental o era una de aquellas locas que nunca lo fueron?

María no se rindió. Protestó constantemente por su reclusión, criticó la alimentación y los vestidos.

No conocía el valor de las monedas, no sabía leer ni escribir.

No obstante, y sin las herramientas de alfabetización y conocimientos médicos de quienes la encerraron, resistió.

Se conservan varias cartas en su expediente.

Era analfabeta, pero se las ingenió para encontrar en Conxo a quien escribiera por ella.

Hoy sabemos que la mayor parte de aquellas cartas que las mujeres redactaban confiando en que llegasen a su destino y cambiasen el suyo propio nunca se depositaban en ningún buzón.

Y es que la vigilancia de su contenido era una de las funciones del personal no facultativo (vigilantes, enfermeros) de los manicomios, pues si bien en España no existía una normativa específica al respecto, se trataba de una regla (a veces ni tan siquiera escrita) en este tipo de instituciones.

Por supuesto, aquellas cartas que contenían cualquier tipo de crítica al establecimiento jamás llegaban a su destino.

Contar la vida permite construir la singularidad en un espacio precario.

Es contraponer nuestro reflejo auténtico a lo que han intentado construir sobre nosotras.

Es decir, frente a la alienación del manicomio, «sigo aquí, estoy viva y quiero que me escuches».

En este sentido, el archivo del yo es una práctica de resistencia.

Y, particularmente en el caso de un manicomio, una estrategia para refutar la representación de locas que otros tienen de nosotras.

Los escritos de María son un espacio de sufrimiento, pero también de autoafirmación.

En septiembre de un año sin determinar, la misiva va dirigida al presidente de la Diputación de Ourense para reivindicar que «como esta casa es solo de locos, le ruego haga con mis hermanos que me arranquen de este tormento donde solo tenemos por esperanzas el hambre y la miseria, pues no hay quien coma ni el pan ni las comidas, que aun los marranos la comen con asco verdadero.

Los médicos nada hacen a no ser ponernos más trastornadas con las inyecciones que dan a las que están cuerdas por decir la verdad.

No hay derecho a abusar de nadie y aquí sacan de donde no hay, lo que quieren es quitarle a una la vida poco a poco para luego negociar con los esqueletos, aquí nada curan, al contrario, dan todo lo malo que puedan para negociar».

Insiste en las deficitarias condiciones alimenticias del centro y en la falta de cuidados, pidiendo a sus hermanos «que me manden dinero para alimentarme y poder combatir la anemia que a la fuerza se tiene que apoderar de quien aquí no tiene dinero».

¿Eran ciertos esos abusos o estamos ante el testimonio de una loca en quien no se puede confiar?

Lo cierto es que el mismo año en que ella es ingresada en el centro, Francisco Bacariza, director de Conxo, en una memoria titulada El problema manicomial de Conjo, plantea como principal cuestión la necesidad urgente de contratar más personal.

Por su parte, Goyanes, en su memoria de 1930, declara que al hacerse cargo de la dirección técnica del manicomio se encuentra con una total desorganización en todos los servicios, con un elevado número de muertes por tuberculosis y un exiguo número de curaciones y mejorías.

Los enfermos habitaban un manicomio hacinado, al que eran conducidos «sin despiojar, sin lavar» y yacían en «una cama sucia».

Además, «por las noches, con el piso, más que húmedo, encharcado, han de ir hasta un rincón en el que existe un inodoro atascado donde hacen sus necesidades fisiológicas».

No lo decían locas a las que se ignoraba por sistema, sino dos médicos del psiquiátrico, José L.

Villamil y Baldomero Lois Asorey, que en febrero de 1930 dirigían esta comunicación a la Junta de Gobierno del Manicomio de Conjo.

Y continuaban: «El hacinamiento, la desorganización de los servicios del personal subalterno, la escasez de agua y baños son otros tantos motivos que convierten a numerosas salas del establecimiento en lugares inmundos solo comparables a las mazmorras y asilos de noche de los pasados siglos…

La especialización en los servicios es absolutamente imposible, ya que cada médico tiene que atender a todos los enfermos de la casa y resolver el problema terapéutico en los múltiples aspectos en los que pueda presentarse: así, el médico, según las circunstancias, tendrá que hacer el papel del odontólogo, del internista, del cirujano, del ginecólogo, del analista y del psiquiatra…

». De poco sirvieron sus reclamaciones. De hecho, Villamil acabaría siendo forzado a dimitir poco tiempo después de plantearlas…

El Informe Lafora, emitido por el médico que le da nombre, Gonzalo Rodríguez Lafora, en 1931, solo cuatro años después del internamiento de María, denunciaba también la precariedad de la institución: en el documento se recogen el vergonzoso hacinamiento de los enfermos, los insuficientes tratamientos y, en definitiva, «el lamentable estado de aglomeración» del centro, que se definía más como un cuartel que como un sanatorio.

En aquel momento, 650 enfermos, hombres y mujeres, se hacinaban en un espacio que había sido previsto para 364 personas.

Era monótona la vida en aquel espacio sin tiempo: con la llegada del doctor Ramón Rodríguez Somoza a inicios de los años treinta, los pacientes se levantaban a las siete de la mañana, desayunaban café con leche y pan de la noche anterior —pues no estaba todavía terminado de cocer el del día—, y sobre las ocho las mujeres salían hacia «o río», el lavadero, ubicado en un viejo molino abandonado, en el que fregaban la ropa con pastillas de jabón marca Zotal y luego la tendían al clareo en los arbustos cercanos.

Pero llovía mucho en Compostela, y a menudo los días transcurrían en el hacinamiento del interior del manicomio, pelando patatas, cosiendo, realizando tareas que seguían definiéndose en aquella época como propias del sexo femenino.

La comida, religiosamente a la una; la cena, rigurosamente monótona, siempre con caldo gallego en el menú.

El postre, solo para la primera categoría. También entre las locas hay clases.