10. Como están tan lejos no vienen a verme.
como están tan lejos no vienen a verme…
O que nunca estivo lonxe, non sabe o que é padecere, de lonxe as penas aumentan pra quen sabe querere.
Foliada de Sarela
La ternura como refugio frente a un mundo que hace daño. El recuerdo frente al olvido al que nos han condenado. La ilusión por personas para quienes nada significas.
Mercedes M. A. tenía cuarenta años, estaba soltera y trabajaba como sirvienta en Huergas de Gordón, un pueblo de la provincia de León.
Tenía una abuela paterna, agresiva y con muy mal genio, que «en sus últimos años se dio a la bebida; despilfarradora».
Claro que poco pudieron pesar esos antecedentes familiares...
A los siete años, Mercedes salió de su casa a servir y apenas regresaba a ella algún día festivo.
Era la suya una vida con poco tiempo para algo más que trabajar: se levantaba a las cinco de la mañana y hasta las siete de la noche, que cenaba, se ocupaba de los quehaceres domésticos.
Su hermana Luisa es quien cuenta esos antecedentes familiares y quien, de acuerdo con las cartas que Mercedes escribe, la visita en su encierro.
Mercedes entra un 20 de noviembre de 1926 en Conxo y, al menos desde 1935, es el propio médico del manicomio quien reconoce que «se encuentra muy mejorada de su afección mental, haciendo casi una vida normal…
». En 1936, su hermana María Luisa es la destinataria de una misiva en la que el doctor aclara que «hace una vida completamente de una persona normal.
Solo muy de tarde en tarde tiene alguna rareza, pero que no son de contar por su pequeña intensidad y colorido».
No sabemos por qué esa carta sigue en su expediente, por qué nunca se envió para avisar a María Luisa de que podía ir a recoger a su hermana.
Habrían podido entonces pasear las dos junto a la ermita de Huergas, habrían podido recordar una infancia que duró tan poco tiempo y fue tan frágil.
Mercedes fue una interna combativa que reclamó constantemente su libertad, «aludiendo encontrarse bien, aunque no por esto sea aconsejable de momento su reintegro a la vida familiar».
Sus hermanas escriben también varias cartas preocupándose por ella y preguntan si podría volver a casa.
No parece, sin embargo, que llegasen a recorrer los kilómetros que separaban León de Santiago, más allá de aquellas promesas escritas en papel.
El 1 de septiembre de 1938, en un sobre con la figura del dictador, la cruz de Santiago, un ¡Viva España!
y un ¡Viva Franco! y el ribete de la bandera de una España tan distinta a la que Mercedes había conocido antes de ingresar en Conxo, ella misma vuelve a escribir a un tal Manuel Lago: «Me veo tan aburrida en el manicomio, y sin tener noticias de mis hermanos, así que no es extraño que yo esté intranquila, porque mire usted, no tiene nadie derecho a detenerme en estas condiciones; y tampoco yo tengo derecho a reclamar a nadie más que a mis hermanos, porque me dejaron mis padres muy bien educada, y con las personas educadas soy una de ellas».
Encabeza Mercedes su carta con un «Viva Cristo Rey» y la cierra con otro «Arriba España».
Los ecos de una Galicia fascista traspasaban también las paredes del manicomio, pero no así sus palabras: Mercedes fue probablemente desde un inicio una carga para sus hermanos, ahora que los padres habían fallecido y ella no era más que una pobre sirvienta soltera.
Fue recogida por la Diputación de León un 4 de septiembre de 1947, más de diez años después de que para los médicos fuese una persona completamente normal.
Carmen C. A. también preguntó todos y cada uno de los días de su encierro por sus familiares, desde aquel 28 de marzo de 1935 en el que pasó a ser oficialmente loca.
Tenía, entonces, cincuenta y tres años, y era una soltera dedicada a las labores de su casa.
En definitiva, una presencia incómoda, una carga para el resto de la familia una vez que los padres ya no estaban.
—¿Cómo empezó su enfermedad?
—Porque había mucho trabajo en casa y no me acordaba de comer.
Diagnóstico: oligofrenia.
¿Se puede una volver loca de miseria?
El discurso de Carmen no era el de una persona con retraso mental.
Había ido a la escuela, sabía leer y escribir, reconocía en su examen de ingreso que estaba en el manicomio de Conxo y señalaba que había sido llevada a él por «mi hermano y uno de Cesures».
Las causas para aquel internamiento no quedan explicitadas en ninguna parte de su historia clínica: no se indica ningún diagnóstico ni tampoco ningún elemento concreto que muestre un retraso mental que permita calificarla como oligofrénica.
Carmen sabe ubicarse correctamente en el espacio y en el tiempo y realizar cálculos.
En su expediente dejó una firma hermosa, de curvas sinuosas y una línea para subrayarlas.
Aquí estás, Carmen, en cada trazo y en cada letra.
En su expediente se intuye que las causas de su ingreso poco tienen de médicas y mucho de económicas: tres años después de su primera entrada, reingresa tras una licencia trimestral en la que es recogida por su familia.
«Nos dice que allí la disgustaban mucho», anota el médico, para luego cederle la palabra a la propia Carmen: «Yo creía que cuando no me llevaban para casa tenían la culpa ustedes; ahora sé que eran mis sobrinos.
Me querían pegar… Después de que me quitaron muchas cosas y me estropearon una Virgen de los Dolores y unos cuadros y se llevaron otra para El Grove».
¿Es este el relato de una enferma con discapacidad intelectual?
¿No es acaso el de una mujer cuerda que quiere defender su patrimonio pero que termina encerrada porque no tiene un hombre a su lado para ampararla?
¿Dónde cabe, en la Galicia rural de los años treinta, una señora de más de cincuenta años que no se ha casado ni ha tenido hijos, cuyos padres probablemente han muerto y que no cuenta con el amparo de sus hermanos?
¿En qué categoría incluirla, con qué dinero hacerse cargo de ella, qué obligación moral se tiene cuando ya no hay que rendir cuentas a papá y a mamá?
—¿Está usted alegre o triste?
—Lloro muchas veces porque me da mucha pena estar aquí.
—¿Siente usted pensamientos que la hagan sufrir?
—Estoy pensando en mi familia.
Seis años más tarde, el médico continuaba anotando en sus informes: «Preocupada por sus familiares, no hay día que no pregunte por ellos, esperando que la vayan a ver».
La esperanza puede ser el motor que te sostiene o un cuchillo que te atraviesa, y los días son oscuros tras los muros de un manicomio.
El 14 de enero de 1941 se envía su boletín médico a la dirección que constaba en los registros, que era la de su hermano, en calle Sagasta 23, portal A, derecha, Madrid.
En aquel boletín se señalaba que la interna «viene desnutriéndose ostensiblemente».
La carta consta en el sobre como devuelta.
En el reverso se indica que en la dirección «no dan razón».
En el expediente de Carmen no se indica si falleció en el manicomio, si salió de él, si alguien, alguna vez, se preocupó por su suerte.
Seguro que continuó hasta el último día preguntando por quienes la habían encerrado, esperando verlos al otro lado del muro de su encierro, aguardando respuesta a aquella carta.
Lucía G. F. llegó a Conxo un frío noviembre de 1920.
No sabemos su edad, pero en la candidez con la que se expresa hay una brisa de primera juventud que se mantiene en la dulzura de la foto de carnet que le hicieron cuando su pelo se había vuelto color plata.
Procedía de León, y el viaje, en aquella época y aquella estación, debió de ser en sí mismo un desarraigo.
La diagnosticaron de esquizofrenia, pero en su expediente médico solamente se habla de períodos de excitación.
¿Por qué, pues, estuvo internada cuarenta y cinco años hasta que la trasladaron a un asilo leonés donde continuó su reclusión?
Había llegado allí tras varios años residiendo en Palencia, un lugar «muy grande, muy bonito».
En el expediente de Lucía no hay razones médicas que justifiquen su encierro. Se manifiestan, sin embargo, en la fría escritura médica, sus continuos deseos de salir pronto del manicomio.
«Siempre me pregunta, ¿cuándo me voy a León?». Se anota en su historia el 9 de mayo de 1935 que ya lleva quince años dentro de la institución. León era el lugar donde vivían sus padres y donde trabajaba como lavandera con su madre para una fonda.
En otra parte de su expediente, aparece subrayada la siguiente frase: «Estos detalles de personas y cosas son ciertos». La incredulidad médica ante la mente calificada de enferma que quizás no lo era tanto.
«Siempre habla de sus padres y hermanos con gran cariño».
—Como están tan lejos no vienen a verme.
Lucía estuvo veinticinco años esperando aquella visita que nunca llegó.
«Cuando vaya a León debe de estar muy diferente», decía unos años después de entrar en Conxo.
Sería derivada al asilo de su ciudad natal en 1965, y sí, seguro que aquella ciudad no se parecería a la que había dejado tantos años atrás.
No quedarían allí ni su hermano conductor de tren ni su madre, con quien había compartido tardes de jabón y tela mojada en aquella fonda que ya no acogía más viajeros.
La historia no siempre se escribe en documentos oficiales, en expedientes médicos, no siempre es aséptica, precisa, ajena al tiempo. A mí me habría gustado abrazar a Lucía. Decirle que no había nada malo en ella y que sí, que León estaba demasiado lejos. Que mamá y papá vendrían pronto.