9. Firma del titular no sabe #3
En aquella Galicia eminentemente rural de las primeras décadas del siglo xx , con enormes diferencias de clase, María dio un paso más a través de sus cartas: no solo las dirigió, como era lo habitual, a amigos o familiares, sino que se atrevió a escribir a las autoridades que creía que podían ayudarla con su caso. ¿Es esa la estrategia de una demente?
El 20 de noviembre de 1935 escribe una misiva al propio director de Conxo.
«Yo creo que no hay derecho a tener una persona aquí sin motivo y haciendo la estafa que están haciendo conmigo, que yo no fui a ganar el dinero para robar el manicomio…
Yo creo que no he hecho mal ninguno a nadie y a usted tampoco, y usted consiente los robos que me están haciendo».
Un par de semanas antes ya había contactado con el presidente de la Diputación de A Coruña.
«Le pido encarecidamente que haga el favor de oficiar al Gobierno, y al juzgado, a ver por qué me tienen detenida hace dos años, siete meses en la cárcel y un año en el manicomio, por pedir lo que era mío; yo no he hecho mal ninguno a ninguna persona, no robé ni maté.
Por una herencia que me han dejado mis padres y mi marido, y otros señores más que se habían servido con ese dinero.
Yo creo que por pedir lo que es mío no mereceré castigo.
La mitad del dinero la ayudé a ganar yo…
Gracias a Dios soy una persona robusta y no necesito estar en el manicomio.
Que aquí en vez de pagarme la parte que me han robado, me quieren sacrificar y tenerme aquí…
Me están sacrificando hasta la muerte, pues yo no estoy tola para estar en el manicomio…
Todos están cobrando mis dineros y yo no puedo cobrar una perra, que no me dejan salir».
¿Es este el relato de una loca? ¿No resulta creíble su historia, y muy distinta a la que el médico construyó basándose en un supuesto premio de lotería no cobrado?
Surge al leer su carta una duda inquietante: aquella viuda de un barrendero de A Coruña, sin hijos varones que pudiesen hacer valer sus derechos, ¿pagó con el encierro en el manicomio la defensa de tales derechos, la lucha por sus bienes?
En una carta del 12 de febrero de 1940, segura de su cordura, María pide al juez «que me mande dos médicos de los tribunales para reconocerme, que yo no estoy loca gracias a Dios, por eso me tienen aquí».
¿Se expresaría así una enferma? ¿Se arriesgaría a que rastreasen las huellas de su enfermedad si no estuviese segura de no padecerla?
Las cartas más íntimas de María van dirigidas a su familia, para quien dejó de existir una vez que traspasó las puertas del manicomio.
El 23 de octubre de 1935 escribía con dureza a su hermana y su cuñado: «Hace un año que estoy en el manicomio sin saber nada de vosotros, ni si sois vivos o muertos, para una hermana que tengo en mi familia parece mentira que nunca me escriba ninguna carta.
De mi familia hace dos años no he recibido carta ninguna…
Me encuentro aquí sin culpa ninguna, esperando a ver si venís por mí, que todas las familias vienen a visitar a las otras y de los míos no viene nadie, pues ahora tenéis el automóvil de Curtis que viene a traer la leche a la casa, que no os cobrará tan caro, así que si alguna noticia queréis mandar por el chófer, me la mandáis por el chófer y que me la entregue en mano».
Nadie la escuchó. No llegaron nuevas ni visitas.
En 1940 escribe a su sobrino, Benigno Fernández Bello, a su sastrería del Empalme, en Curtis.
«Os escribo esta carta para saber de vosotros, ya que hace siete meses [sic] que estoy aquí y nada supe de vosotros, con que os escribí cada mes una carta y nada de contestación he tenido».
Una analfabeta haciendo escribir cartas cada treinta días.
Muchas letras, muchos meses, días eternos tras los muros del manicomio.
«Si es que nada queréis saber de mí, yo quedaría más satisfecha con que me lo dijerais, pues así me desengañáis; pues yo haría por vosotros todo lo posible si os hiciera falta, y yo en la situación en que estoy necesito de vosotros y de todos, pues ya podéis comprender que aquí y sola nada puedo hacer».
La absoluta y dolorosa conciencia de ser una mujer pobre y loca, alguien que nada cuenta.
«Si podéis venir a buscarme para tomar unos baños para la reuma, que tengo mucha necesidad de tomarlos, pues la reuma me ataca muchísimo y no puedo ir sola, que no me dejan, no tengo posibles, pues las quince pesetas que tenía las he gastado con mis enfermedades.
Nada más tengo que deciros, único que por amor de Dios no me olvidéis, pues pasaré un invierno atroz si no voy a tomar esos baños».
Pasaron no uno, sino dos inviernos, la reuma siguió calando en los huesos de María y nadie fue a arroparla aquellas noches.
Finalmente, salió con licencia trimestral el 20 de abril de 1942.
«Sin modificación alguna», consta en su expediente.
También sin respuesta a sus cartas, sin baños calientes, sin aquellos papeles que para el médico eran pruebas de su fabulación y, para quien ha leído el relato que ella misma dictó, quizás la muestra de que se trataba de una mujer cuerda a la que arrebataron lo que era suyo.