9. Firma del titular no sabe #2
«Dous alguasiles» era su manera de referirse a la madre y al cuñado, quienes la habían llevado hasta el manicomio.
Y, cuando el médico le pregunta la causa de su ingreso, vuelve a afirmar que «os que me trouxeron os que poden decir a que vin».
El médico destaca que se trata de un gran comentario, «con gran retintín».
Aquel señor no sabía lo que era la retranca.
Antonia fue diagnosticada de esquizofrenia.
Su expediente indica que primero quiso incendiar un montón de paja, a continuación quiso matar a su madre, después huyó de casa y últimamente molestaba a todos los vecinos.
No era posible ya controlarla dentro del espacio comunitario, como se acostumbraba a hacer en el mundo rural hasta la creación de los primeros manicomios.
«Non, eu non estou mala», contestó en su examen de ingreso.
Si aquello también era retranca nunca lo sabremos.
Tampoco sabremos si María B. R. había sido realmente una mujer millonaria a la que robaron sus millones o la parafrénica que aseguraba su historia clínica, con una visión del mundo plagada de delirios.
Entró en Conxo el 17 de diciembre de 1934 procedente de la cárcel de A Coruña, a donde parece ser que fue conducida para evitar las molestias que ocasionaba en todas las casas de banca de la ciudad, a las que acudía para reclamar sus millones, procedentes según ella de premios de la lotería, y que atesoraba en «una serie de papelotes que decía eran resguardos de dichos bancos».
María creó entonces, de acuerdo a los datos de su historia clínica, una narrativa tan delirante como fascinante, en la que, una vez le fueron retirados estos papeles tras su entrada en el manicomio, entendió que los habían cobrado las monjas y otros empleados, repartiéndoselos entre sí y con otros enfermos.
La historia de María podría sonar cómica para ciertos oídos, inverosímil para otros.
Contrastaba aquella fantasía con la crudeza de su examen en el momento del ingreso.
Aquella mujer de cincuenta años había perdido a sus dos hijos, ambos a la edad de dos años, no había ido a la escuela, no sabía leer ni escribir.
Lloraba cuando se le preguntaba si estaba alegre o triste, y reconocía que no había sido feliz en su matrimonio.
«Dice que la llamaron loca, que enferma a los hombres, que llevaba mala vida».
¿Fue esa también una de las causas de su encierro, esa falta de sujeción a los patrones de lo que debía ser una «buena mujer»?
María no sabía leer ni escribir, pero su expediente está lleno de cartas que dictaba, a modo de llamadas de atención que otras redactaban y que nunca llegaron a su destino.
¿Habría cambiado algo si se hubiesen recibido?
Probablemente no, pero aquellas letras nos permiten mirar la realidad con los ojos de María y mostrar cómo hasta una mujer analfabeta abandonada a su suerte podía poner en marcha estrategias de resistencia en un espacio tan hostil y tan alejado de su cotidianeidad como el manicomio.
Frente a la dominación de la psiquiatría hegemónica, que con su terminología y sus diagnósticos eliminaba todo atisbo de emoción de aquellos expedientes, las internas establecían estrategias que, aunque frágiles, las convertían en sujetos activos, en protagonistas de sus propios relatos.
Si el discurso médico se hace evidente a través de cada línea de las historias clínicas, rastrear esas narraciones propias en las que reside la memoria de un tiempo que ya no fue nos permite acercarnos a la identidad que resiste pese a haber sido negada.
Si los diagnósticos médicos y las apreciaciones clínicas sobre estas locas cuentan con numerosas fuentes para su análisis, adentrarse no solo en las palabras, sino en las emociones y visiones del mundo de las internas que subyacen bajo ellos, es mucho más complejo, pero proporciona discursos de lucha y cotidianeidad que de otro modo se habrían perdido para siempre.
Convierte a quienes hasta ese momento solo eran locas en cuerpos y realidades con los que empatizar, porque, de haber nacido en otro tiempo y lugar, aquellas locas podríamos haber sido nosotras.
La clasificación kraepeliniana, desarrollada por el psiquiatra alemán Emil Kraepelin y que en España pasa a ser obligatoria en las estadísticas de los manicomios a partir de las Órdenes del 27 y 28 de noviembre de 1931, transformó el saber psiquiátrico en un saber positivo, caracterizado por una profusión de gráficas, análisis y todo tipo de registros que eliminaban la subjetividad de las pacientes.
La narrativa personal no tenía cabida frente a las estrictas categorías médicas.
El propio Kraepelin minusvaloraría los elementos emotivos presentes en los relatos de las personas internadas, entendiendo que ocultar el discurso del paciente favorecía las evidencias objetivas de la enfermedad.
Las pequeñas y grandes tragedias, las emociones, no eran más que notas al margen, carentes de relevancia.
Desde ese punto de vista, solo un experto o, en algunos casos, y de manera secundaria, la familia, tiene la posibilidad de contar qué es lo que le sucede a cada paciente.
No todas las internas lo aceptaron, y las historias clínicas dan cuenta de ello: tomaron la palabra, escribiendo ellas mismas o promoviendo que otras lo hiciesen en su nombre para demostrar que no estaban locas, para contar su vida, para denunciar situaciones de abuso.
La mayor parte de estos textos no llegaron a ninguna parte, pero el mero hecho de que se atrevieran a escribirlos las convirtió en protagonistas de una historia que se les negaba.
Esos escritos se convirtieron en un grito contra el muro infranqueable de un sistema que aspiraba a disciplinarlas por completo: lo que María contó, lo que tantas otras internas contaron no cabía en los estrechos márgenes de la clasificación y de la jerarquización psiquiátrica, porque era absolutamente único, era el relato irreductible e inclasificable de la subjetividad.
En los márgenes del registro médico quedaba lo humano, incluso aunque fueses una loca (y esa humanidad, paradójicamente, era lo que demostraba que la cordura seguía habitando en ti).