9. Firma del titular no sabe
firma del titular: no sabe
Teño carta no correo e non sei que me traerá, se me traerá o consolo ou me desconsolará.
Foliada de Sarela
En una Galicia rural como la de inicios del siglo xx , una mujer analfabeta, perteneciente a las clases populares y sin redes de apoyo familiar, era el perfil mayoritario del manicomio.
Los expedientes dejan un reguero de detalles de horas de trabajo infinitas, de sol a sol y de lunes a domingo, una alimentación deficiente y una violencia que a menudo no era puntual sino estructural.
El Manicomio de Conxo ofrecía dos opciones de ingreso: en calidad de pensionista, abonando anticipadamente un mes de estancia, o como acogido a las beneficencias provinciales, para lo cual era necesario formar parte de una especie de lista de «pobres oficiales» y esperar luego una vacante en el cupo que cada diputación tenía establecido con el manicomio.
Los primeros casos eran los menos habituales: en las familias con recursos, la locura se ocultaba en sanatorios y clínicas privadas.
Pero para quienes estaban locas de miseria y abusos, no cabía otra opción que Conxo.
La locura, por supuesto, también entendía de clases.
Los atestados pasillos y habitaciones a los que nunca llegaron el cocido ni el chocolate fueron, en su inmensa mayoría, para mujeres humildes como María.
O como Josefa L. L., que nos contempla con mirada ausente desde la foto de carnet de su historia clínica.
Venía Josefa de una familia pobre junto al mar, en la que las comidas se reducían a caldo gallego y pescados cocidos con patatas.
Entre semana se levantaba a las siete de la mañana, hacía las labores domésticas —cocina, aseo de habitaciones, costura, lavar y planchar— y se acostaba a las ocho de la noche.
El domingo, en cuanto se levantaba, iba a misa y después volvía a desayunar y hacer el aseo de la casa.
Por la tarde salía de paseo, e iba al baile algunas veces.
Josefa trabajaba como sirvienta y tenía treinta años cuando llegó al manicomio procedente de su Muros natal.
Sabía leer y escribir, algo poco habitual entre las mujeres rurales de su tiempo, pero desde hacía dos años había comenzado a dar noticias falsas en su pueblo, llamando a las puertas de las casas de noche para avisar de llamadas que nunca existían.
Hacía encargos falsos a coches de alquiler y fondas, y se escapaba y se negaba a comer, aduciendo que la comida estaba envenenada.
Su expediente describe conversaciones imaginarias con personas del pueblo por teléfonos igualmente imaginarios, haciendo todos los ademanes que la situación demandaba.
Un familiar y dos vecinos proporcionan todos los detalles, y añaden además que tenía tendencia a marcharse de casa.
Tuvieron que encerrarla, y llevaba para cuando llegó a Conxo un año recluida en una habitación.
No era algo inusual en la época: en la España rural existió hasta bien entrado el siglo xx una gestión familiar y vecinal de la locura.
Solamente en casos como este, en los que la persona enferma resultaba incontrolable para la comunidad o la familia, se recurría al manicomio como espacio de reclusión institucionalizado.
«Hace año y medio, es decir, a primeros del año 1932, se agravó en tal forma que ya no hubo más remedio que recluirla.
De noche se levantaba, recorría el pueblo, llamaba a las puertas de muchos vecinos dándoles noticias, tales como que en casa de don Fulano se estaba cometiendo un crimen, llamaba a la guardia civil para que acudiese a un imaginario motín en su casa, en la del vecino, a los médicos para que fuesen a auxiliar a un hombre que estaban golpeando, etc. ».
Cuando se le pregunta al varón que la acompaña cuál es su opinión sobre las causas de la enfermedad de Josefa, quien fallecería en 1969 a causa de una hemorragia cerebral, este indica que «probablemente su origen es sexual», sin indicar las razones de tal apreciación.
En su expediente aparece diagnosticada de esquizofrenia y de un proceso de demencia.
«Cuando tengo alguna preocupación o algún disgusto ya dejo de tener gana de trabajar y de comer y de hablar y me entra tristeza y gana de estar arrinconada». Josefa expresaba poéticamente aquello que otros llamaron locura.
Y es que hay vidas transitadas por la miseria, por el más absoluto abandono, por la negación de la más mínima posibilidad.
La de Mercedes R. A. fue una de ellas. Una infancia y adolescencia, hasta los diecisiete años, ingresada en el Hospicio de A Coruña, y el resto de su vida, sesenta y siete años más, en un manicomio.
Una mujer analfabeta que ni siquiera había podido estampar su firma en el carnet de identidad que le hicieron en una España que nunca conoció más allá de los muros de su encierro.
«No tiene ni el menor rudimento de lectura, ni siquiera el padrenuestro».
Curiosa la idea de tener que registrar a quien siempre fue invisible.
Y tan triste que el domicilio allí consignado es la calle Martín Herrera, no una casita apacible donde pasar tus días, sino la dirección de un manicomio.
Mercedes había nacido en A Coruña en 1914, pero no sabemos nada de su familia.
Solo que no tenía profesión y que su diagnóstico fue el de imbecilidad.
«Se trata de una imbécil de primer grado cuya situación debiera ser el internamiento en un reformatorio para menores.
Aunque se pudiera lograr poco, la indicación es muy precisa».
La palabra reformatorio subrayada. La falta absoluta de atención a las indicaciones.
El encierro en un manicomio hasta cumplir los ochenta y cuatro.
La clasificación de la imbecilidad como un trastorno mental procede ya de la terminología francesa de Pinel y su discípulo Esquirol, y en Conxo se mantuvo en base a la clasificación publicada por el doctor gallego Juan Barcia Caballero en su obra De re phrenopática , de 1915.
Esquirol consideraba que, dentro de la idiocia, podían distinguirse dos divisiones, en función del grado de deficiencia intelectual: la idiocia propiamente dicha, en la que el intelecto no se llegaba ni a manifestar, y la imbecilidad, en la que la inteligencia no podía desarrollarse más que «hasta cierto punto». Ese era el caso de Mercedes.
A pesar de que Esquirol consideraba que la idiotez no era una enfermedad, sino un estado en el que las facultades intelectuales no se habían manifestado o desarrollado lo suficiente, y distingue por tanto entre ausencia de desarrollo y locura, en los expedientes encontraremos muchos casos de mujeres así clasificadas que terminan internas en el psiquiátrico.
Cuando la terminología francesa pase a ser sustituida por la kraepeliniana, de origen alemán y considerada el origen de la clínica psiquiátrica moderna, el término «imbecilidad» será cambiado por el diagnóstico de «oligofrenia».
No se pusieron, pues, de acuerdo los médicos en cuanto a la terminología para diagnosticar el retraso mental hasta bien entrado el siglo xx , pero será la oligofrenia la que sustituya a todos los conceptos anteriores que intentaban dar cuenta de la debilidad mental.
Muchos términos, pero una sola realidad que convenía encerrar para que dejara de ser visible.
Si la locura se construye socialmente, Mercedes hubo de esperar décadas hasta que una doctora realizó un informe para su traslado a un asilo, alegando que «en ningún momento ha sido una paciente adecuada para un manicomio».
Estamos en 1975 y por la vida de esta interna habían pasado una monarquía, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo y la incipiente transición.
Me pregunto si alguna vez llegaron los ecos de aquellos cambios al psiquiátrico o si detrás de sus muros el tiempo se había detenido, como en aquella anotación de su hoja de revisión del 23 de junio de 1977, en la que «pide que venga su familia a verla, ya que no vienen desde hace dos años».
«No es cierto, nunca se supo de su familia», precisa el médico a continuación.
Mercedes llevaba más de cuatro décadas en Conxo y había sido abandonada en un hospicio desde su infancia.
La ilusión por la visita de mamá como estrategia para no volverse loca, el tiempo estirado como un chicle para que el abandono no dure lo que dura toda una vida.
La perplejidad de la no-locura revisada con nuevos ojos: en la misma hoja de 1977, el médico escribió: «Sesenta y dos años, soltera, continuamente ingresada desde el 9 de noviembre de 1923 (a la edad de diecisiete años) (¡ sin comentarios !) procedente del Hospicio de La Coruña».
El 24 de marzo de 1998, Mercedes recibe el alta por defunción. Curiosa expresión. Cincuenta y siete años después de su encierro, tenía la autorización para reincorporarse a una vida que ya no podría vivir.
La existencia de Antonia G. P. sí transcurrió en libertad hasta los veintiocho años.
Creció en Buján, una parroquia de Ourense que hoy en día no alcanza los cuarenta habitantes, un lugar de piedra y pizarra donde «non había millor filla para madre que ella».
Tierna aquella descripción que su padre hizo cuando la llevó al lugar donde dejaría de ser hija para convertirse simplemente en una loca.
Antonia era jornalera en casa de labradores, pobre entre los pobres, que era casi lo único que podías ser cuando eras una mujer de una aldea y no habías ido a la escuela.
«Trabajaba todo el día como se hace en casa de labradores, y los domingos alimentar ganado de vacas, la comida consistía en brona y caldo y alguna carne de cerdo».
No había domingos ni festivos en aquella casa y en aquella vida.
Antonia no sabía leer ni escribir, era retraída, no tenía interés en asistir a la romería, no sabía bailar y nunca tuvo novio.