8. Viudas de vivos
viudas de vivos
Este vaise y aquel vaise e todos, todos se van, Galicia, sin homes quedas que te poidan traballar.
Tes en cambio orfos e orfas e campos de soledad, e nais que non teñen fillos e fillos que non tên pais.
E tês corazons que sufren longas ausencias mortás, viudas de vivos e mortos que ninguén consolará.
Rosalía de Castro, Follas novas
No te acostumbras a las despedidas, aunque vengas de una tierra en la que emigrar ha sido la norma desde el principio de los tiempos.
La herida del abandono no sana, aunque pasen por ella años y océanos.
¿Cómo aguardar cada mañana carta de Buenos Aires sabiendo que no va a llegar nunca?
¿Cómo aceptar que te olviden? ¿Cómo enterrar las lágrimas entre siembras de patata?
Genoveva V. P. tenía treinta y cinco años cuando entró en Conxo aquel 26 de agosto de 1918.
«Era agradable hasta su matrimonio, sufriendo después algo por los celos y por abandono del marido, que marchó a América».
Hay una carta, fechada el 15 de enero de 1935 y con membrete de la Sociedad Unión Estradense, enviada desde Belgrano 1732, en Buenos Aires.
La firma un tal Juan Beade. Ese Juan era su marido.
Lo sabemos porque la identifica como Genoveva Varela Puente «de Beade».
Aquel «de» marcando la pertenencia, aunque nunca se hubiese vuelto a preocupar por lo que consideraba que seguía siendo suyo.
El esposo ausente pregunta por el estado de Genoveva, «la recluida».
No podría haberlo definido mejor. Genoveva llevaba ya para entonces diecisiete años en Conxo y Juan «estimaría saber si ay [sic] posibilidad de cura o si es caso inútil».
¿Quería Juan que Genoveva se curase o esperaba que fuese, de verdad, un caso irresoluble que le permitiese seguir con aquella nueva vida en la que no cabían la miseria ni la tristeza por lo que se dejaba atrás?
Me pregunto si aquel marido pensaba en Galicia cuando la lluvia caía en Buenos Aires. Si, caminando por Belgrano, recordaba las fuentes de Guimarey y las caricias de Genoveva. Ella no lo había olvidado.
—¿Qué opinión tiene usted de la causa de su enfermedad? —preguntaba el médico
—Debió ser la causa de la enfermedad el abandono del marido y sus frecuentes celos —contestaba la figura masculina que la condujo al manicomio.
«En la actualidad se ignora cuáles son sus trastornos por hacer varios años que está recluida», continuaba el informe.
Genoveva murió un 26 de septiembre de 1938.
Hacía tres años que Juan Beade le había mandado, desde el otro lado del Atlántico, tan lejos del pueblo de A Estrada donde habían soñado una vida juntos, la única carta que consta en su expediente.
Era primavera en Buenos Aires. Debían estar rehermosos los parques aquella mañana, pero en Santiago la lluvia caía incesante sobre el empedrado.
En su expediente quedó anotado que Genoveva murió «a consecuencia de caquexia», una enfermedad que provoca pérdida de peso involuntaria, pérdida de apetito y fatiga.
Quienes nacimos en esta tierra que no pide nada, sino que emigra, sabemos que el médico se equivocaba: Genoveva fue una viuda de vivos a quien nadie pudo consolar.
Y es que el abandono de aquel a quien amas tiene algo de irreal.
Te preguntas si, en esa otra vida en la que ya no estás, verdaderamente ha olvidado cómo lo hacías sentir.
Antonia A. D. desaparecía de casa para visitar a pitonisas y adivinadoras que pudiesen contarle qué hacía su marido en América con aquella mujer por quien la había abandonado.
Recordaba Antonia la vida de él en Bergondo trabajando la tierra y se preguntaba cómo sería aquella porteña que le hizo olvidar la ilusión del retorno, las caricias de los hijos, las promesas de dos años felices de matrimonio.
Quizás la adivina pudiese decirle por qué, si por acuerdo mutuo él se había ido a América a probar fortuna tras el nacimiento del último niño, empezó luego a escribirle cada vez menos, a no mandarle ni una peseta.
¿Dónde habían quedado aquellas ilusiones futuras de la casa en la aldea, de los vestidos nuevos, del mañana juntos?
Antonia se levantaba antes del día y trabajaba exageradamente, alimentándose de modo irregular, al extremo de que con frecuencia comía solo pan.
Quienes la conocían «la veían triste y aislada de todo el mundo, incluso de sus familiares, sin más compañía que dos hijos pequeños que le quedaron de su marido».
Le había prometido que la cuidaría, y ahora Antonia transitaba sola su pena, «profería frases y palabras groseras y completamente desusadas en ella», se rebelaba contra un destino que no debió ser.
La diagnosticaron de esquizofrenia en 1933.
Atrás quedaron los hijos, solos en la casa de Bergondo, lugar de recuerdos que no guardaban ya el olor del padre. Antonia se preguntaría, entre las paredes del manicomio, si bajo el sol de Buenos Aires alguna vez él se acordaría aún de la primera verbena en la que le dijo «te quiero».
Antonio era el marido de Matilde V. C. y fue también para ella la causa de su desequilibrio mental.
Es solo al final de su expediente médico, sin diagnóstico ni tratamiento, donde se incluye una frase que da sentido a toda su historia.
«Cree que si su marido no se le hubiera ido al extranjero y no se dijera que allá hace vida íntima con una negra, no hubiera padecido esta enfermedad».
No sabemos a qué país de América se había ido Antonio, pero sí que en Antas de Ulla dejó a Matilde y tres hijos, el más pequeño, de siete meses.
A Matilde no le gustaba ir a las romerías, siempre vivió aislada y temía que los hombres abusasen de ella.
Revisar su historia clínica es enfrentarse a un sistema médico masculinizado, en el que las decisiones de los doctores jamás se cuestionaban.
Matilde llegó a Conxo el 21 de agosto de 1934 con un acompañante y una tarjeta del médico Jesús García Campos en la que se hacía constar lo siguiente: «El portador de la presente va con la enferma que vio usted el día 14, Matilde V.
C., con objeto de ingresarla en ese sanatorio, según hemos convenido el otro día».
Ella no tenía voz ni voto en una decisión que cambiaría su vida para siempre. Dos días más tarde, entraba en Conxo.
No había sido fácil la vida de Matilde: se educó en su pueblo de una forma muy precaria, «por carecer de instrucción incluso su maestro» y no acudir a ningún colegio.
De acuerdo con los registros médicos, que dejaron el recuerdo de los antecedentes de las mujeres de su familia, su madre tenía un fuerte genio y su abuela materna y su bisabuela fueron enfermas mentales.
La búsqueda de la locura en el ambiente familiar no era algo inocente: ya desde el siglo xix , el psiquiatra francés Bénédict Morel había hecho referencia a la degeneración hereditaria, producida conjuntamente por factores orgánicos y sociales, como un fenómeno acumulativo a través de las generaciones.
La historia familiar de degeneración podía pasar por la histeria, el alcoholismo, la prostitución o la criminalidad y terminar en la locura.
Una vez que una familia comenzaba su descenso, la decadencia era inevitable.
La historia familiar de Matilde nos habla de una vida ligada a la casa y al cuidado de los tres hijos, de días monótonos que pasaban por preparar la comida, cuidar tres cerdos y una cabra que tenía, rezar el rosario, coser e ir a misa los domingos, donde se confesaba mensualmente.
Desayunaba temprano, con caldo gallego o carne cruda, y a veces tomaba un poquito de vino o aguardiente del país.
Se casó a los dieciocho años y siempre tuvo un carácter solitario.
La triste vida de Matilde podría haber sido, de puertas para afuera, la de una mujer decente, dedicada a su casa y su familia.
Pero el 14 de julio de 1934 algo cambió: empezó a sentirse mal, «con manía persecutoria de los vecinos que la contrariaban», y un mes más tarde estaba entre las paredes del manicomio.
El 1 de septiembre, como un gesto de rebeldía y desesperación, trata de suicidarse con una especie de corbata hecha con tela que anudó al cuello.
Dos meses antes había manifestado su deseo de morir por ser divorciada, aunque en su expediente seguía constando como casada.
El 9 de julio de 1934, en una nota, describió la criatura que veía en sus ensoñaciones: «Una fiera que aparece por un techo, de color amarillo con cara de animal, mucho pelo en la cabeza, con dientes muy largos y con mucha separación».
Apenas pasará seis meses en el hospital. Saldrá, «muy mejorada», el 14 de enero de 1935. ¿La acompañaría la fiera fuera de las paredes del manicomio? En el dolor infinito del abandono, la imaginación era ya su único refugio.