Las locas que no lo eran 7. No os fieis de los hombres
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7. No os fieis de los hombres

no os fieis de los hombres

Alerta nenas alerta non caiades na rateira non vos fiedes nos homes en canto estades solteiras.

Cancioneiro popular galego

El manicomio era el lugar perfecto al que enviarte cuando querían deshacerse de ti.

El espacio idóneo para las hijas díscolas, las viudas de las que la familia no se quería hacer cargo y las esposas que reclamaban su sitio.

La medicalización de la transgresión sobre el cuerpo de las mujeres.

El apartamiento de la norma como síntoma psiquiátrico.

La legitimación del encierro de aquellas que se desvían de lo esperable para su género.

La necesidad de mantener en orden un cuerpo femenino peligroso fuera del espacio doméstico.

Lo que se esperaba que debía hacer una «buena mujer» estaba claramente definido: ser buena madre, esposa y ama de casa.

Lo contrario, manifestarse agresiva, irritable o intolerante, resultaba inaceptable y se pagaba muy caro.

Juana P. G. estuvo en Conxo veintidós años por una supuesta psicopatía que se relacionaba con una única cuestión: rebelarse contra un marido que la engañaba.

Releer las páginas de su historia clínica es aproximarse a un hecho tan terrible como cierto: podías terminar en un psiquiátrico simplemente por resultar incómoda.

«Toda su cosa mental gira alrededor de un delirio de persecución, de celos; no habla más que de las amantes de su marido...

Solo manifiesta anomalías mentales al recordarle a su marido».

Y quince años más tarde, otra anotación que traiciona la idea de que su encierro estuviese justificado: «Continúa en el mismo estado que a su ingreso sin otra anomalía que la fobia que a su marido profesa...

En cuanto se menta a su marido, se pone exaltada, irónica, reticente, profiere amenazas veladas».

Juana pasó todavía siete años más en el manicomio tras esta anotación médica que dejaba claro que no tenía ningún tipo de trastorno mental.

No obstante, cuando fue recogida por su familia el 7 de septiembre de 1942, había quedado marcado en su expediente un diagnóstico, psicopatía X, y ningún argumento médico para justificarlo.

¿Quién necesita justificaciones para encerrar a una esposa desobediente?

Nadie. Incluso aunque esa esposa se encuentre embarazada.

Incluso aunque tenga que dar a luz en el propio manicomio.

Fue el caso de María G. R., una labradora de treinta y cinco años ingresada con psicosis melancólica, un trastorno que en la época a menudo se asociaba con el embarazo y el puerperio.

María ingresó en Conxo exactamente el día en el que se proclamaba la Segunda República en España.

Fue un día de fiesta fuera y de luto para ella.

Así lo cuenta en el examen cuando ingresa: sus padres «lloraban que no querían que me trajeran» (¿quiénes, entonces, la llevaron hasta allí ?) y a ella le duele la separación de sus hijos, «que están lejos».

La historia de María es la de una madre que ha perdido una hija y sufre a continuación el abandono de su marido, declarado prófugo. «A partir de ahí empezó su trastorno». ¿Quién no se volvería loca de dolor?

Su primer examen al ingresar en Conxo nos habla de una mujer que reafirma su cordura y es dolorosamente consciente de la injusticia de su encierro y de la miseria de su vida.

—¿Qué le duele?

—Mis hijos que están lejos

—¿Siente usted en su cuerpo algo extraño?

—Ya lo sabrán, tengo todo el sentido y me tienen aquí.

—¿Es usted feliz en su matrimonio?

—Soy bien desgraciada

—¿Qué necesita usted para ser feliz?

—Nada, que me saquen de aquí

—¿Cuándo se dice que un hombre es cobarde?

—Cobardes son todos.

En el expediente de María no consta su fecha de salida.

No sabemos, pues, si regresó a su pueblo de Ponferrada, si lo hizo acompañada del bebé que nació tras los muros del manicomio, si cuando volvió sus hijos ya eran mayores o seguían jugando en las eras, si alguna vez volvió a tener noticias de su esposo.

La suya, como tantas otras, es una historia interrumpida de la que nunca leeremos el último capítulo, un libro que nunca se le dio el derecho de escribir.

Hoy, María habría sido tratada probablemente por un psicólogo que intentaría ayudarla a pasar el duelo por la muerte de su hija.

En 1931 terminó encerrada en un manicomio en el que tuvo el coraje de decir que aquel no era su lugar.

El coraje de Esperanza P. C. fue el de tomar la palabra para contar cómo empezó el trastorno que la condujo hasta Conxo.

Hizo suyo el relato y, al hacerlo, pudimos mirar el mundo con sus propios ojos.

El miedo de una mujer soltera de treinta y tres años en una minúscula parroquia de A Estrada, San Andrés de Souto, un mundo de hombres.

En 1932, dos años antes de su ingreso, se quedó sola de noche en casa y despertó asustada gritando «porque tiña medo de que viñeran a asustarme dous veciños meus.

E gritei toda a noite hasta que foi e día e entón escapeime da casa; fun prá casa dunha veciña que lle chamei á porta é despois trouxéronme prá cociña (?).

Eu gritaba porque tiña medo e chamaba pola miña xente.

En canto chegou meu irmán xa me quedei máis tranquila e de noite dormía».

¿Era aquella una alucinación de Esperanza?

¿Fue su manera de contar un intento de violación o abuso?

¿Quién iba a defenderte cuando tu hermano Francisco, párroco de Oca, no estaba en la casa que compartíais?

¿Por qué no creer que su desconfianza hacia los ruidos que oía de esos dos jóvenes, «con uno de los cuales tenía alguna relación amorosa a espaldas de la familia», podía estar fundamentada?

Es el propio hermano quien cuenta que, esa noche, Esperanza decía que «no se quería casar, con ese no…

, con el otro tampoco…», que se negaba a tomar el alimento ordenadamente, y que temía (con razón, como él mismo apunta) que se le echase medicina en la comida.

¿Eran los delirios de una loca o la resistencia de una mujer que no quería casarse contra su voluntad?

Aunque en su expediente no se establece un diagnóstico, sí se describe a Esperanza desde el punto de vista de unos valores que habían encajado con la feminidad de su época, pero que de pronto dejaron de hacerlo: «En el genio vivo; quizá algo terca, pero con humildad.

Antes, la humildad; porque ahora la humildad ya marchó por las nubes», cuenta su hermano. ¿La condujo esa soberbia al manicomio?

La historia de Esperanza está plagada de preguntas sin respuesta.

También de una profunda conexión con lo sobrenatural, con un entorno que rodeaba y penetraba a las comunidades, con una forma de ver el mundo en la que se convivía con lo inexplicable.

En aquel universo mágico de pueblos y aldeas, donde la vida se regía por un hilo comunitario de conexión visible e invisible con los ancestros, ella hacía cruces en la huerta, se ponía de rodillas, sacudía antes de cortarlas las hierbas que tenía que segar porque una voz le decía que lo hiciera.

«Esperanza, arrodíllate, fai referencia ao sol, como se fai no altar».

Aquellas eran las voces del paganismo mezclado con la Iglesia católica, de los ritos de los ancestros, de lo que no se podía explicar pero estaba, atravesando cielos y bosques.

Eran aquellos los ecos, también, de una creencia popular gallega profundamente arraigada, que los doctores explicaban como asociada fundamentalmente a «solteronas» campesinas a las que se imbuía de características en las que lo médico se confundía, una vez más, con lo moral: tendencias sexuales reprimidas, incapacidad cultural, conciencia moral deficientemente establecida.

¿Cómo entender desde la racionalidad aquello que nos invade sin explicación lógica?

También Esperanza intentó buscar una justificación para todo aquello: «Claro que esto serían tonterías da miña enfermedad», decía sobre la permanencia de aquel mundo mágico que en ella habitaba.

Quizás lo decía para defender que podía salir del manicomio, porque una loca nunca se da cuenta de que lo está, ¿verdad?

Y en su discurso, la duda de si ya se encontraba recuperada de su locura: «A min parécemo».

En opinión del médico, lo dice con aparente objetividad, aunque no sea razón suficiente para liberarla.

Su historia expresa la fuerza de quien vive arraigada a la raíz y la potencia de las mujeres que conectaban con mundos a los que la ciencia médica no llegaba.

Había, por eso, que controlar a estas mujeres.

Y el expediente de Esperanza es un compendio de argumentos que, a esa altura, ya en plena Segunda República, seguían empleándose para explicar la supuesta locura femenina: las relaciones fuera del matrimonio («como no haya tenido disgusto por cuestión de amoríos y noviazgo —y de esto cabe sospecha grande—, de otra clase de disgustos está desconocedora la familia»), la presencia del alcohol («¿tiene la enferma costumbre de tomar algún líquido alcohólico?

», con la palabra «vino» subrayada, y la indicación de que «tuvo, y aunque no bebía desmesuradamente, a eso se le echa también la culpa») y las ansias de libertad («alguna vez intentó marcharse de casa y lo hizo a corta distancia»).

Su hermano fue quien respondió con aquellos argumentos a la pregunta sobre las causas de la enfermedad de Esperanza: las relaciones amorosas y noviazgos de toda su vida, la lectura hasta altas horas de alguna novela sentimental como Genoveva de Brabante , de devocionarios y de otras novelas (algo realmente excepcional para una campesina de la época, teniendo en cuenta las elevadas tasas de analfabetismo del momento), desayunar a deshora y «beber alguna vez sabe Dios lo que, vino entre comidas».

El origen del mal tenía que estar, por supuesto, en su matriz.

Esperanza era una mujer que amaba, bebía y leía, que no quería casarse contra su voluntad y que huía del abuso conjurando las fuerzas de la naturaleza indómita en la que se había criado. Cinco meses después de su ingreso, salió del manicomio.

Elena P. R. se había criado muy lejos de aquella magia ancestral de pueblos y aldeas.

Ella era una joven de Lugo, de treinta y cuatro años, educada con las carmelitas en Marruecos.

Para ella los días transcurrían apacibles entre realizar las labores domésticas, tocar el piano, cantar y, los domingos, acudir al cine o al paseo.

Elena era una «señorita» urbana y bien educada.

«No bailaba, por no permitirlo su padre».

Desayunaba chocolate y comía cocido, carne o pescado.

Ni rastro de la vida de miseria y analfabetismo de la mayor parte de sus compañeras de manicomio.

Y, sin embargo, terminó allí como ellas un 26 de febrero de 1935.

Y es que la sanción social hacia las mujeres que no se ajustaban a las normas de su tiempo también llegaba a señoritas de clase media como Elena, aún soltera habiendo rebasado la treintena y que había mantenido relaciones fuera del matrimonio con un joven durante cinco años.

«Al cabo de un tiempo, el padre de ella interceptó la correspondencia».

Elena creyó entonces que su pareja no le escribía, que ya no la quería.

Se empezó a mostrar agresiva y su familia tomó la decisión de internarla, primero en un chalet, luego en Ciempozuelos y finalmente en Conxo.

¿No eran al fin y al cabo la imaginación excesiva y las contrariedades amorosas parte de esa mente femenina herida, defectuosa, que podía desembocar en locura?

«Actualmente lleva un mes excitada y agresiva.

Se arroja de la cama al suelo, donde hace sus necesidades.

En todos los momentos nombra a su antiguo novio».

¿Cómo explicar a las amigas de buena familia burguesa que Elenita no podía controlarse?

¿Cómo entender que una señorita es pura furia, pasión, odio?

Cuando empezó a enfermar, Elena gritaba mucho en los paseos, lloraba en el cine, había que llevarla a casa. Era un comportamiento inaceptable dentro de aquella vida burguesa de aparente perfección, en la que nunca pasaba nada, en la que mujeres como ella eran el adorno de maridos y padres.

El 5 de agosto de 1935, Elena es reintegrada en la vida familiar «a solicitud de su madre, aunque se puede decir que no ha experimentado cambio fundamental alguno» en aquella esquizofrenia que le habían diagnosticado seis meses antes.

Su padre, el señor inflexible que no aceptaba bailes, había dicho en el cuestionario de ingreso que la causa de su enfermedad era «el disgusto del novio».

Elena siguió entrando y saliendo del manicomio hasta su fallecimiento el 4 de febrero de 1951.

¿Seguiría pensando en aquel pretendiente la mañana en la que se terminó su vida, con el otoño cayendo sobre los tejados de Compostela?

María del Carmen B. no dejó nunca de acordarse de su Luis, aquel joven que, según ella misma decía, no iba a amarla nunca más, que, al saber que había sido internada, ya no iba a casarse con ella.

Tenía treinta y dos años, y en la calurosa Pontevedra de julio de 1935 el encierro la convertía automáticamente en una paria a ojos de la sociedad, aunque en su expediente no hubiese ni una sola mención a la enfermedad que la había llevado hasta allí.

En la última anotación, escrita solo once días después de su ingreso, ella misma lo cuenta: «Sufro horriblemente, yo he destrozado con mis propias manos mis felicidades…

Al saberse que he estado internada en un sanatorio de esta clase no podré vivir sin que me juzguen».

No sabemos cuándo salió de Conxo o si llegó a hacerlo.

Tampoco si «su Luis», aquel con el que pedía cinco minutos para hablar y arreglar su vida, fue a verla o esperó por ella para llevarla de la mano junto a la Peregrina.

Tenía María del Carmen una forma poética, terriblemente hermosa, de saber que la medicina no sanaría sus heridas: «Si usted me pone una inyección duermo, pero…

¿para qué?… Al despertar me encuentro en la misma…

. Solo es adormecer la conciencia… mitigar las penas y... nada más. Olvidar lo inolvidable».