Las locas que no lo eran 6. Cuando una violación era un susto #2
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6. Cuando una violación era un susto #2

Amparo fue diagnosticada como esquizofrénica.

No hay ningún detalle en su expediente que permita averiguar si efectivamente lo era.

Sí sabemos, por una carta fechada el 25 de enero de 1935 y dirigida a su tía, que añoraba a la familia y le pedía que «cuidase a los niños».

También sabemos que fue una mujer maltratada.

Porque ella misma nos lo contó, aunque le pareciese una tontería.

Y es que las palizas se esconden donde nunca creerías encontrarlas, propinadas por quienes nunca crees que las llevarán a cabo.

María P. A. tenía, en apariencia, la plácida vida de una casada de cincuenta años, dedicada a su casa y al cuidado de sus hijos.

Otra buena mujer que, sin embargo, creía que los vecinos conspiraban contra ella y tapiaba el apartamento que debería haber sido hogar, pero que se acabó convirtiendo en un infierno.

María entró en el manicomio un 23 de noviembre de 1931 y salió «por curación» ocho años más tarde, sin que en su expediente constase ningún tipo de diagnóstico que justificase aquel encierro, pero su marido desveló el secreto familiar que la había trastornado: «Al contraer matrimonio su madre, convivió algunos años con hermanastros, llevando una vida de disgusto, trabajo y privaciones, trabajo de campo que nunca había practicado, y a él la obligaron sus hermanastros, de quien recibió mal trato…

». Los nuevos hombres de la familia como figuras de poder.

La apacible vida anterior frente a la dureza de la nueva.

«Hace cuatro años fue agredida a pedradas, que le produjeron chichones en las piernas, brazos, cuerpo y cabeza, intentaron asesinarla y se disgustó mucho…

. Lo cierto es que después de ser agredida la enfermedad se manifestó claramente y fue aumentando poco a poco».

¿No es para volverse loca fingir que un intento de asesinato es solo un disgusto?

¿Da más miedo un familiar maltratador o una sociedad que lo encubre?

¿A dónde vas cuando no tienes a dónde ir?

Y, sin embargo, no hay rastro de terror en la carta, plagada de ternura, que María envía a su hija Joaquinita un 26 de julio de 1932, tras unas Navidades y una primavera en el infierno de las locas.

«Mi queridísima hija», comienza, «recibí tu cariñosa carta sabiendo por ella que estáis todos bien de salud, de lo que me alegro; yo sigo bien.

Joaquinita, sé bueniña, y ya sabes te quiero mucho».

La importancia de sentir que alguien al otro lado se preocupa por ti.

La madre cuidando en la distancia, escribiendo como si se encontrase en un retiro cómodo de paz y seguridad.

Negando el abismo. «Joaquinita, sé bueniña y ya sabes que te quiero mucho, y dile a papá que le doy las gracias por lo mucho que se interesa por mí, pues no me falta nada, ni siquiera javón [sic] para labarme [sic], que estoy muy bien».

Las noticias que le llegan a mamá de lo que sigue pasando fuera, como un hilo invisible que conecta con la vida que continúa.

«La de la tienda de Senra ya hace tiempo que estoy enterada, ya la abrieron el día 23 y vendieron mucho».

La identidad que se niega a ser asociada únicamente a la idea de enfermedad, la normalidad como forma de resistencia, como reafirmación de la cordura.

María sale el 20 de febrero de 1939 «por curación».

¿Se puede curar alguien de un intento de asesinato?

Quiero pensar que Joaquiniña estaba allí, esperando a la madre que mintió en su carta para no contarle que tras los muros de un manicomio solo era una pobre loca, que era lo mismo que no ser nada.

O que no poder contarlo. Porque la violencia ejercida contra los cuerpos de las mujeres tomaba en estos tiempos la forma del silencio.

Ese silencio quedó marcado en el expediente de María Luciana P.

S. con tres líneas tachadas con rotulador azul intenso para hacerlas ilegibles. La marca de la vergüenza.

Luciana entró en Conxo un 30 de noviembre de 1932 diagnosticada de esquizofrenia.

«A veces se pone agresiva, tiene alucinaciones, es desordenada y poco aseada…

». Fallecería nueve años más tarde a consecuencia de una tuberculosis pulmonar.

Llevaba una vida hasta entonces acomodada en Peñaranda de Bracamonte, como un ama de casa de veintitrés años.

Joven y bien casada, sin miseria aparente, sin el hambre que pasaban tantas otras de las mujeres con las que compartió encierro.

Su horario en un día de trabajo ordinario, según se recoge en el informe de datos familiares, era «el de una señorita que se levantaba a las nueve de la mañana y no tenía más ocupaciones que las propias de labores, lectura…

». La palabra señorita como muestra de decencia. La falta de ocupaciones como ideal.

Los domingos acudía a misa por la mañana, paseaba por la tarde e iba al cine en las primeras horas de la tarde, como parte de una familia «relativamente acomodada de Castilla».

Poco tenía que ver la realidad de Luciana con la de aquellas mujeres analfabetas que trabajaban de sol a sol con las que acabaría compartiendo habitación.

Pero su plácida vida se truncó de repente.

«Pocas semanas antes de su estado actual tuvo un disgusto grave, que trató de ocultarlo, pero que no pudo, pues lo supieron sus familiares aquel mismo día, por ello la castigaron en casa de palabra y hasta de obra», recoge el informe médico.

«La enfermedad actual comenzó a los pocos días o semanas de haber sufrido un golpe moral intensísimo [tres líneas ilegibles tachadas con rotulador azul], y haber sufrido castigo de palabra y obra de sus hermanos cuando fue a casa y se enteraron…

, el resto mejor lo explicará su marido y médicos…

.». Nunca hubo tales explicaciones: «Creo que la causa de su enfermedad fue el choque moral intensísimo que sufrió, máxime que era una señorita refinadamente educada y una falta de esa naturaleza tuvo que influir en su psicosis extraordinariamente».

¿Cuál fue aquella falta tan grave que cometió Luciana?

¿Cómo hubo de ser aquella paliza de sus hermanos para provocarle tal trastorno?

Nunca lo sabremos, porque su expediente no incluye más declaraciones, ni de su entorno ni de ella misma.

«Tres líneas ilegibles tachadas con rotulador azul» para no nombrar lo innombrable.

Luciana nunca regresaría a Peñaranda de Bracamonte ni podría explicar a nadie lo que había sucedido realmente aquella tarde que cambió su vida para siempre. La tarde que la convirtió en loca.