6. Cuando una violación era un susto
cuando una violación era un susto
Esta noite hei dir aló terás as pernas lavadas heime de meter entre elas anque sea a puñaladas.
Cancioneiro popular galego
Aquella tarde de primavera, María L. S. se puso el vestido nuevo que su madre había cosido con esmero para ella.
En una casa de labradores no había demasiados motivos para la alegría, y por eso la verbena del pueblo estaba marcada en rojo en el calendario imaginario de los pobres.
María salió al camino con una amiga. Olía a mimosas y juventud.
Solo María llegaría a su destino. Lo que pasó en aquel sendero únicamente ellas dos lo sabían, y solo una vivió para contarlo.
En una nota suelta de su expediente, casi como un hecho sin importancia, el médico escribió que aquella labradora, ahora casada, que había llegado un caluroso 2 de agosto de 1915 al manicomio, «estando soltera ha unos treinta años, recibió un susto, en compañía de otra joven, que se supone falleció de estas resultas, notándose desde entonces en ella algunas extravagancias y un temperamento muy excitable por el menor motivo».
La lacerante normalidad con la que se presenta un asesinato.
La violación como un susto sin importancia.
Y, destacando frente a tanta sinrazón, un hecho aparentemente intrascendente que adquiría tremenda importancia en aquel informe médico, terrible en su asepsia: «Varias veces se fugó de casa».
El archivo como memoria colectiva de las mujeres que no importamos.
La violencia física invisibilizada en la letra cuasi ininteligible del médico, esperando a ser revelada por ojos que miren distinto.
La violación sobre un cuerpo marginalizado.
Al fin y al cabo, ¿a quién le importa una labradora pobre de dieciséis años?
¿Y a quién le importa una mujer a la que su marido pega?
Consuelo R. M. tenía treinta y cinco años cuando entró en el manicomio un 3 de agosto de 1935.
Verano en Santiago, sol cayendo a plomo sobre Platerías y un infierno en la cabeza.
Consuelo contó a su médico que el marido era el causante de sus males.
«Dice de él que nunca la trata bien y que en ocasiones la golpeó».
Aunque escribe varias cartas en las que relata malos tratos de ese esposo y de otras personas, todo aquello no parecía importar mucho en el relato de su historia clínica.
Otros detalles, sin embargo, llamaron la atención del psiquiatra.
«Abandonada en las labores de casa. Ayer al salir de casa no dio siquiera un beso a los hijos...
Lleva la contraria a los familiares, sistemáticamente».
Porque ¿qué es más grave, que te pegue tu marido o que no des un beso a tus hijos?
¿Cómo se puede convertir a una víctima en culpable con solo una frase?
Consuelo falleció un 5 de diciembre de 1964, casi treinta años después de su entrada en el manicomio, todavía con el cuerpo ardiendo por la última paliza. Invierno en Santiago, la lluvia cayendo impenitente sobre Platerías, y su cabeza lejos ya de todo aquello.
El infierno de Estrella G. P. olía a tripa y se atragantaba como espina. Eran las palizas de un marido bebedor, el abandono de un padre, los abortos obligados, las jornadas interminables en el muelle.
Estrella ingresa el 4 de noviembre de 1935.
Tiene treinta y cinco años y tragedias que darían para muchas vidas.
Se ignora el paradero del padre, que un día se marchó a Argentina y nunca más volvió a dar noticias.
Se casó sin llegar a la veintena con un marido que la maltrataba.
Estrella acudió a una espiritista para dominar la tendencia al alcohol de su esposo.
No funcionaron sus consejos, y ella, «agresiva, eufórica, cantando y riendo», algunos días se negó a comer y otros se entregó al mutismo más absoluto.
A los dos meses la recluyeron en el Hospitalillo de A Coruña.
Su marido seguiría recorriendo los bares, borracho de aguardiente y violencia.
La vida de Estrella se atragantaba como la espina que acabó con la vida de su madre con cincuenta y tres años, como la purga de agua de carabuñas que la hizo abortar cuando estaba embarazada de dos meses, como los disgustos que su hija adolescente le daba «y ella sufría sola».
Sola se levantaba, se marchaba a las ocho al muelle, vendía pescado por las calles, a las doce volvía a casa.
Preparaba la comida, rumiaba su dolor y por la tarde regresaba al muelle.
Los días eran idénticos, monótonos en su miseria.
Los domingos, iguales que un día ordinario, excepto que por la tarde no bajaba al puerto.
Vendiendo pescado, comiendo pescado. Días de violencia y escamas.
«Una tarde el marido estuvo solo con ella y, después de marchar, ella lloró. No sabemos lo que pudo hacerle o decirle, pero aquella misma noche de madrugada volvió a perder la razón hasta la fecha». ¿A quién le importa que esa razón se perdiese entre sardinas y mañanas de frío y salitre?
¿Y a quién le importa una mujer analfabeta, sin padres, con un severo retraso mental?
¿No nos volveríamos todas locas si intentan abusar de nosotras?
Es bien triste la historia de María Consuelo B.
Entra en Conxo en 1930. Nueve años más tarde conocemos, por el jefe de su hermana Manuela, quien escribe en su nombre —pues ella trabaja como criada y no sabe leer ni escribir—, «que fueron cuatro hermanos, que quedaron muy pequeños huérfanos de padre y madre...
La dicha Consuelo desde pequeña era anormal, medio tonta, después cuando mayor un hombre quiso abusar de ella, y desde entonces se puso loca.
Dice que son los únicos datos que puede proporcionarle, de sus padres no sabe, porque no los conoció, a los pocos años salió a servir y no ha vuelto al pueblo».
La víctima de la locura casi culpable de serlo. La ausencia de culpabilización de aquel hombre que rasgó la vida de Consuelo, que hizo que entrase en el manicomio con un diagnóstico de esquizofrenia. Nunca sabremos si fue tal o su locura vino motivada por aquellas heridas mal curadas.
No fue el único abuso que sufrió. La falta de período menstrual en los dos primeros meses de su estancia en el manicomio hacía suponer un embarazo que efectivamente se terminó por confirmar.
«En algún momento se llega a conseguir de la enferma declaración de haber mantenido relaciones sexuales con su vecino del pueblo».
Hoy diríamos que Consuelo, una mujer con un retraso mental arrastrado desde la infancia, fue violada.
En aquel momento, el caso se presentó como una relación consentida en la que aquel vecino no tenía ninguna responsabilidad.
Consuelo fue recogida por la Diputación de León en 1947.
No sabemos qué sucedió con aquel hijo o hija que llevaba en su seno cuando llegó al manicomio, y que de haber nacido tendría ya entonces diecisiete años.
Seguramente ella tampoco llegó a saberlo nunca.
La violencia contra los cuerpos de las mujeres, sobre todo si son pobres, ha sido hasta tiempos bien recientes una nota al margen, un hecho sin importancia, un asunto privado.
Los cuerpos de las mujeres son espacios biológicos, pero también superficie en la que marcar los límites que la sociedad planea para ellos; una especie de territorio donde se inscriben las leyes y los valores que esa sociedad ha creado para controlarlos.
Cuando una mujer es encerrada en un manicomio, su cuerpo deja de pertenecerle: es un espacio de control que la marca como no válida, una expresión del dominio que allí dentro se ejerce contra ella.
Pero es también, cuando ese cuerpo puede hablar, aunque sea a través de las palabras de otras, un lugar de memoria y de subjetividad, un espacio para escuchar lo que no se contaba en la letra apresurada y sin memoria de los expedientes médicos.
Leer el mundo a través de las narrativas de las propias internas nos permite entender cómo era ese universo en el que habitaban y que las atravesaba.
Con sus palabras obligaron a los médicos y a quienes las releemos a ver esos mundos a través de sus ojos.
Si el cuestionario médico nos habla de síntomas, altura, peso o edad, las narraciones de aquellas que fueron llamados locas nos cuentan, sobre todo, experiencias de padecimiento que muchas veces explican más sobre su enfermedad que toda la sintomatología que con tanto detalle se anotaba.
Ese padecimiento hablaba de hijos muertos, maridos que las abandonaban y sueños sin cumplir.
Rastrear la violencia contra los cuerpos de las mujeres y ponerle nombre, identificarla y denunciarla es un ejercicio de justicia histórica, una reparación hacia las abuelas y bisabuelas que no pudieron gritarla.
Amparo C. tenía treinta y dos años y era una mujer casada dedicada a sus labores en el Oleiros de 1931.
En apariencia, el perfil de una buena esposa, consagrada al hogar y a su marido.
El problema es que ese marido era un maltratador.
—Diga si ha tenido en la vida alguna contrariedad o disgusto grave o muy continuo, especialmente si ha tenido el enfermo que disimularlo o sufrirlo solo.
Y Amparo responde obediente:
—Tres, uno un hermano que anda de golfo y apareció sin cuatro falanges de cuatro dedos de una mano, otro un hermano que vino de América y no vino a visitarme, y otro, una tontería con mi marido, que le me una bofetada y se me puso un ojo amoratado y solo curó con paños de vinagre.
Un tiempo no tan lejano en el que un maltrato era una tontería. Un ojo amoratado por el que nadie preguntó. Unas curas con vinagre y lágrimas dentro de las paredes de una casa miserable de Oleiros.