Las locas que no lo eran 5. Sabes que tienes un hijo. y ni el apellido le vienes a dar
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5. Sabes que tienes un hijo. y ni el apellido le vienes a dar

sabes que tienes un hijo... y ni el apellido le vienes a dar

Uns din que estou ensinta eu non sei si estou si non a subí-las escaleras cansoum’a respirasión.

Cancioneiro popular galego

Todas las mujeres debían ser madres. Pero ¡ay de los padres!

Para los varones que no reconocían a sus hijos no había sanción social: ¿cómo demostrar que aquel bebé era suyo?

Y, aunque tuviese su misma cara, su mismo pelo, sus mismos ojos, ¿por qué te habías acostado con un hombre de quien no eras esposa?

El coste psicológico para las madres solteras no venía solo de la inevitable tristeza de verse rechazadas por aquellos con quienes habían compartido cama; procedía, también, de la dolorosa certeza de que ya nada, nunca, iba a ser igual para ellas.

Rosario R. R. era un elemento potencialmente subversivo en aquella Galicia de inicios del siglo xx : ingresa el 10 de abril de 1936 y las primeras valoraciones sobre ella figuran en la misma ficha de ingreso: «Soltera, pero tiene un hijo; habla de hombres».

El «pero» en su examen de ingreso es mucho más que una conjunción adversativa: marca una concepción social.

En un entorno de control como el manicomio, escribir sobre las personas es esencial para garantizar un poder disciplinario.

Decir que Rosario era «soltera, pero tiene un hijo» implica marcar desde el inicio que es una mala mujer, que ha transgredido las normas y que, además, lo continúa haciendo: «Habla de hombres».

Es madre, aunque sea una mala madre, y además habla de varones que nunca van a ser su marido (¡ni ganas de tener uno!).

Beluso es hoy en día un pueblo frente al Atlántico con calas pintorescas.

En 1936 era el lugar donde Rosario trabajaba como labradora y desde el que su padre, con el que vivía, la traslada al manicomio.

Lo sabemos porque es él quien cubre la ficha de antecedentes familiares y da detalles sobre su enfermedad, originada, de acuerdo a su testimonio, al volver de un mercado.

A partir de ese momento, «ya no habló más que de hombres en distintos sentidos, profiriendo palabras malsonantes tales como coño, carallo, cona, etc.

». La sintomatología que se describe en el momento del ingreso de Rosario hace referencia a frases inconexas, agresividad y rotura de ropa.

También a un lenguaje y un comportamiento que eran un puro ataque a lo que la sociedad le había inculcado.

¿Quién te ha enseñado a comportarte así, Rosario?

A veces padres, a veces hermanos, otras vecinos, eran casi siempre hombres quienes aportaban los testimonios considerados fiables alrededor de la vida de una enferma.

Eran ellos quienes las llevaban a la fuerza o engañadas a las puertas del manicomio y luego creaban el relato sobre estas mujeres que el doctor transcribiría obedientemente.

¿Cómo dudar de su palabra? Las fichas de antecedentes familiares están plagadas de detalles en los que hombres informan sobre la primera regla de sus hijas, maridos comentan cómo fue cada uno de los partos de sus esposas y vecinos recuerdan el temperamento de niñas de ciertas mujeres.

La vida propia contada por otros, el espacio del paritorio o de la primera menstruación habitado por quienes no formaron parte de él.

El 29 de mayo de 1936, apenas un mes y medio después de su ingreso, Rosario salió «curada, recogida por sus familiares».

Los mismos que la habían encerrado. De ella quedó en su expediente solo una frase: «No me peiné porque non quise.

¡Acabouse!». Sus palabras son toda una declaración de intenciones: me habéis encerrado, pero no me vais a doblegar.

Para dejar de peinarse bastaba con huir del cepillo.

El deseo de Manuela C. C. era mucho más difícil de cumplir tras los muros de un psiquiátrico: en su historia clínica consta que pidió el alta «para criar o que Dios me deu».

Ese «lo que Dios me dio» era el hijo que estaba esperando, y el deseo no le fue concedido: el bebé nació un mes más tarde, el 23 de mayo de 1932, entre las paredes del manicomio.

A esta labradora soltera de Portomouro, muy cerca de Santiago, la encerraron con un embarazo muy avanzado y no le permitieron salir para dar a luz.

En su historia clínica se menciona que tiene un novio, y el 11 de junio de 1932 se anota que cuida a su hijo y duerme acompañada de otra enferma.

«El episodio del parto no causó trastorno afectivo o de juicio», se aclara, pero en el diagnóstico las palabras ciclotimia y psicosis la convirtieron en loca.

A partir de ahí, el silencio. No sabemos nada más de su hijo, de su familia o de aquel novio que nada hizo o nada pudo hacer para que no la encerrasen.

¿Quién la había llevado hasta allí? ¿Fue la vergüenza social por un embarazo de soltera el motivo de su encierro?

Imposible descubrir si el novio de Manuela reconoció ser el padre de aquel niño, si le dio los apellidos, si luchó para que tuviera una cuna en vez de un jergón.

Manuela salió del manicomio un 14 de mayo de 1949 con licencia trimestral.

Tampoco sabemos qué pasó a partir de ahí.

¿La esperaría alguien en casa? ¿Seguiría viviendo su novio en el pueblo donde compartieron risas y confidencias?

Aquellos cuerpos de manicomio eran cuerpos expropiados, territorio de desposeimiento: un espacio baldío donde perdías la individualidad propia y las relaciones que te arropaban.

Me la imagino sola, sintiendo el sol de primavera camino de Portomouro, veinte kilómetros que quizás hizo a pie desde Conxo mientras se preguntaba cómo estaría aquel mundo que ya no era el suyo.

Su hijo, de haber salido adelante en tiempos de miseria y encierro, tendría para entonces diecisiete años.

Casi la edad de Carmen F. G., quien con diecinueve entró en el manicomio, el 16 de mayo de 1933, por una reacción esquizoide. «No sé en qué año nací, nunca lo supe», dice en su examen de ingreso. La desmemoria como rasgo de miseria. ¿Cómo pelear por construir un futuro cuando no tenemos pasado?

Carmen trabajaba desde los trece años como criada.

Ganaba cinco duros al mes. «Hacía, los domingos, la vida de distracción y relación de las chicas de su edad», se cuenta en su historia clínica.

Me pregunto si esa vida relajada tenía cabida en un universo en el que siempre sirves a otros.

«Teniendo quince años le cayó un frasco, abierto, de solución de sosa en la cara, dejándole inútil el ojo izquierdo».

La marca de la herida en su foto de carnet.

Pequeñas tragedias en una vida en la que otra cosa no hubo.

La tristeza adivinada en la comisura de los labios, sin atisbo de sonrisa.

¿Quieres mirarme? Ten, aquí, el rostro del dolor.

Curioso que aquellas imágenes que sirvieron para controlarla, para decirnos, «mirad, esto es una loca», sirvan ahora para imaginar el dolor de aquella herida y de las que vinieron después.

El modelo de archivo que se siguió en los manicomios, que incorporó la imagen fotográfica a partir de 1850-1860, era una parte más del proceso administrativo, de la pesada burocracia que controlaba a los individuos dentro del espacio manicomial.

Lo de la foto se hacía también con los criminales, otra de las categorías sociales excluidas, marginales.

El rostro como un mero objeto de observación, expuesto a la mirada experta del doctor, era un elemento más del expediente, incluido de manera rutinaria y desapasionada.

Una fotografía en soledad para ser observada en soledad.

Una fotografía que nunca colgaría en las paredes de un hogar feliz.

Pero encontrar a esas mujeres que nos miran desde las imágenes de carnet ayuda, paradójicamente, a restituirles la individualidad que les fue arrebatada cuando entraron en un manicomio, a imaginar cómo habría caído la solución de sosa sobre la cara de Carmen, cómo sería aquello de verse en el espejo con otro rostro, quién la habría atendido cuando se produjo el accidente, si es que alguien lo hizo.

Carmen llegó al manicomio desde el Hospitalillo de A Coruña, donde pasó nueve meses tras salir de la casa en la que servía.

Según ella, porque estaba mal del estómago.

«No, de la cabeza no, que yo sepa». La duda como desmemoria, la dificultad para saber quiénes somos cuando siempre hemos sido para otros.

La miseria tiene genealogías, y su hija María Isabel estaba ya para entonces en un refugio gestionado por el Patronato de la Caridad de A Coruña. María Isabel F. G. Apellidos maternos que no dejaban lugar a dudas sobre la ausencia de un padre que nunca lo fue.

La historia de Carmen es una historia de idas y venidas, de maternidad en solitario primero y de alejamiento de la hija después.

En 1935 es trasladada al Hospitalillo en perfecto estado de remisión , pero vuelve a reingresar en 1957 procedente del mismo lugar.

Nunca tuvo, parece, una casa que se pudiese llamar hogar.

El 14 de julio de 1958 se anota que su hija se encuentra en el Patronato de Caridad de A Coruña.

Para entonces tiene ya trece años. La miseria se sigue heredando…

Sabemos que esa niña criada sin madre acabó emigrando a Alemania.

Visitaba periódicamente a Carmen, y el 24 de noviembre de 1971 propuso llevársela con ella.

No pudo cumplir su promesa, porque Carmen falleció dos meses más tarde.

La muerte de aquella mujer que nunca supo su año de nacimiento quedó, paradójicamente, anotada con precisión matemática en los registros médicos: tenía cincuenta y ocho años.

Ser madre soltera y terminar en un manicomio implicaba tener que renunciar al cuidado de los hijos, pero también de todo aquello que quedaba fuera.

Implicaba, en suma, mostrarse incapaz de atender las obligaciones que se presuponían en una mujer por el mero hecho de serlo.

La madre de Juana G. V. falleció mientras ella se encontraba internada.

Se lo contó una vecina, maestra nacional, nueve años después de su entrada en Conxo.

La carta de esa maestra, Amalia Calviño de Castro, retrata muy bien cómo la red de cuidados del mundo rural sirvió para sostener a esa anciana que se quedó sola tras el encierro de su hija: le cuenta que durante los últimos tres años los vecinos la han asistido, proporcionándole ropa, que no pasó hambre y que se le ofrecieron también auxilios espirituales.

Pero en la foto de carnet incluida en la historia de Juana, en su mirada fiera, se intuye la rabia por la negación de la última despedida.

El encierro también era eso: dejar de ser parte del universo que te pertenecía por esa barrera que te separaba, física y simbólicamente, del mundo exterior, que seguía girando mientras el tuyo propio se había detenido.

Juana había nacido en Buenos Aires, pero vivía en Abegondo, donde era labradora.

Había tenido dos hijos, que murieron a muy corta edad, y, tras el nacimiento del primero, «la abandonó el pretendiente, pero ya tenía síntomas de locura».

Juana tenía cuarenta y dos años y había sido madre dos veces, pero figuraba en su expediente como soltera.

Ninguno de los padres de sus hijos los había reconocido como tales.

Ninguno terminó casándose con ella y convirtiéndola en una mujer decente.

Perteneció a la estirpe de las madres solteras y de la miseria.

«En su día a día se dedicaba a coser, hacer otros trabajos de casa e ir a las ferias a vender las ropas que cosía.

Comidas pobres, y la hora dependía del lugar en donde se encontrase o de lo que la madre podía reunir».

Una genealogía de la pobreza que terminó con aquellos dos hijos muertos.