4. Padre, dame vino
padre, dame vino
Eres vino revocado tabaco de mal olor prenda de cuantos te quieren cosa de poco valor-e.
Cancioneiro popular galego
A Rosa no le querían dar vino y se iba a beberlo fuera de casa, se precisa como rayo de cotidianeidad en un expediente médico plagado de tecnicismos.
«Déficit demencial de la inteligencia debido probablemente al factor tóxico (alcohol)».
A Rosa la encerraron por un deseo de vivir que le fue negado.
Por salir a beber rozando los cincuenta, soltera y sin marido.
Por reír y bailar con una botella de vino tinto en la plaza de Ames.
Por ser sirvienta en un mundo de señores; mujer en un universo de hombres.
El alcohol no solo provocaba trastornos mentales: también se asociaba con conflictos en el matrimonio.
María del Carmen V. ingresa el 6 de abril 1917 con cincuenta y un años.
En su expediente no consta la identificación de ningún tipo de enfermedad mental.
Tampoco que llegase a salir nunca de Conxo.
Lo único que se resalta es que «después de haber sido una mujer consentida y voluntariosa, se casó, no congeniando con su marido, lo que le produjo hondo disgusto que modificó su carácter.
Siempre fue una gran gastrónoma tanto en lo referente a comer como a beber, haciendo gran consumo de vino».
No hay palabras de María del Carmen en su expediente que nos permitan saber si aquella «muy pronunciada dificultad en la articulación de la palabra» fue, en efecto, producto del vino que había tomado los años anteriores, puede que como un escudo contra el marido que había destruido sus ganas de vivir.
A partir del siglo xix el alcoholismo penetra en el campo de la psiquiatría, pasando a considerarse que gran parte de las alienaciones mentales se debían al abuso etílico.
Este abuso no era solo un problema de índole privada: afectaba también al orden de la buena sociedad, como lo hacía el deseo sexual desenfrenado de las histéricas insoportables.
Comenzó, pues, a convertirse en un motivo de preocupación para el Estado, en algo que convenía combatir.
Encuadrado en el terreno de los vicios, el alcoholismo acabó siendo considerado toda una patología social en la Europa del siglo xix , asociada fundamentalmente a las clases obreras y populares.
Vincularla con una sociedad en pleno proceso de transformación, en el que el rol femenino también se estaba modificando, era una manera de plantear que esa nueva organización social resultaba realmente nociva y, por tanto, debía combatirse.
Cuando quien bebía era una mujer, no solo se subvertía el orden social, sino también el íntimo: una mujer que bebía no podía encargarse de sus hijos ni de su casa, no era digna de presentarse ante su esposo; resultaba, en definitiva, incontrolada e incontrolable.
Su adicción era, además, voluntaria: un vicio que ella misma contribuía a crear, un desorden que se generaba con cada trago.
Ni siquiera ante la muerte del marido podía tener cabida la libertad para quien era marcada como alcohólica, la señal del vino indeleble sobre la frente.
A veces, muchas veces, todo lo contrario: Amalia T.
P. quiso empezar una nueva vida en Cuba tras el fallecimiento de su esposo.
Los paseos por el malecón, con la brisa tropical meciendo su pelo, no duraron mucho: hubo de regresar a España y fue ingresada en el manicomio, con cuarenta y cuatro años, un 22 de julio de 1927.
En su historia clínica consta que hasta marcharse se encontraba admirablemente, pero «allá se puso ya mal debido con toda seguridad a la mala vida que hizo por tal punto.
Tomaba muchísimo café y bebidas alcohólicas».
El diagnóstico de Amalia no dejaba lugar a dudas: esquizofrenia- viii .
La explicación del origen de su enfermedad, sin embargo, no tenía nada de médico y sí mucho de estereotipos de género: Amalia era una de aquellas malas mujeres, sin marido y sin normas, entregada al ron y al son por las calles de La Habana.
Esas malas mujeres resultaban tan absolutamente subversivas que su encierro, en caso de que un hombre de la familia señalase los peligros que el consumo de alcohol podría tener en ellas, podía prolongarse incluso aunque un doctor recomendara que fuesen liberadas.
Entre la recomendación médica y la amenaza al orden social, la decisión estaba clara.
Fue justamente esto lo que le aconteció a Consuelo G.
G., quien el 12 de marzo de 1928 ingresó por una supuesta adicción al alcohol, lo que conduce a calificarla como oligofrénica.
¿Provocó el vino la disminución de sus capacidades intelectuales o fue esa la excusa para buscar el encierro?
En su examen de ingreso descubrimos que la han llevado allí su hermano y su sobrino.
La presencia masculina siempre controlando la vida de las mujeres, vigilando su porvenir, amedrentándolas cuando la transgresión se abría paso.
La institucionalización de la locura en los grandes manicomios que se produce en el siglo xix coincide con la incorporación femenina cada vez más frecuente a la vida y al discurso públicos.
Fue entonces cuando su transgresión en la manera de obrar, sentir, tomar decisiones las hizo realmente peligrosas e incómodas a ojos de una sociedad para la que la libertad se conjugaba solo en masculino.
¿Cómo conocer de verdad a aquellos seres a quienes se presentaba como menos racionales, menos inteligentes, más dependientes?
¿Cómo podía ser sana una mujer en ese momento si la cordura pasaba por la independencia y la autonomía que la misma sociedad les negaba?
¿No nos volvía eso ya de partida un poco —o muy— locas a todas?
—¿Qué necesita usted para ser feliz? —le pregunta el médico a Consuelo en su examen de ingreso
—Sacarme de aquí, contesta ella.
En sus respuestas en aquella entrevista inicial, Consuelo reafirma no solo su cordura, sino también su manera de ganarse la vida: frente a la narrativa médica, que recoge como profesión en su expediente un tópico «sus labores», ella precisa que en realidad es guardesa y gana seis reales diarios, un jornal que le otorgaría cierta independencia económica.
Y es que, frente a las consideraciones tradicionales de la mujer únicamente como madre y ama de casa, el empleo remunerado era una realidad social cada vez más presente en la España de inicios del siglo xx , particularmente entre las clases populares y medias, aquellas que no podían quedarse encerradas tras las paredes de un hogar que no daba de comer.
La profesión de Consuelo no quedaba recogida en estadísticas oficiales ni en el relato médico, pero ella no tenía dudas: realizaba una labor y cobraba por ella.
La palabra le sirvió, así, para contrarrestar la narrativa sobre quién era, para definirse como una mujer trabajadora y no solo como la loca en la que la estaban convirtiendo.
En abril de 1937, el médico de Conxo recomendaba a su cuñado, en el boletín trimestral, «la perentoria necesidad de que sus familiares deban ocuparse de hacer una tentativa al medio familiar, pues puede asegurarse que esta enferma se encuentra reintegrada a su normalidad psíquica y por lo tanto debe ser dada de alta».
No era la primera vez: ya dos años antes se les indicaba que «se encuentra considerablemente mejorada de la afección mental que motivó su ingreso.
La abstención absoluta de alcohol por un lado, los progresos de la edad, apagando la violencia de sus reacciones, hacen que nos aventuremos a proponer a sus familiares un ensayo de reintegración a la vida familiar siempre a condición de que estos no hayan de olvidar el principal motivo de su trastorno».
La respuesta del cuñado, en 1939, fue contundente: no tiene en su casa a una persona que la pueda vigilar y atender y, además, «yo sé que en el momento que vuelva a beber vino, vuelve a ponerse igual, así que ella sin vino ya sé que está bien, pero con vino está mal».
Sobre esta carta escrita a mano se mecanografía la siguiente frase: «Considerando el contenido de la carta, no se ve factible que la enferma vuelva a la vida ordinaria».
Al diagnóstico médico se sobrepuso en este caso, con absoluta claridad, el criterio del varón de la familia que en ese momento regía los destinos de Consuelo.
Según la psiquiatría de la época, ella estaba curada; según su cuñado, en el momento que saliese del manicomio el alcoholismo volvería.
El posible desafío para el orden social y de género de una soltera alcohólica marcó su destino.
Consuelo, originaria de Bembibre, fue recogida por la Diputación de León el 4 de septiembre de 1944.
Habían pasado más de diez años desde que, oficialmente, tendría que haber sido una mujer libre.
Y eso era, justamente, lo que tanto miedo daba.
Porque las mujeres libres a menudo podían ser inmorales.
Dolores G., «la muda», lo era sin atisbo de duda para el médico que la examinó el 2 de junio de 1931.
«Trabajaba en todo por la comida», se lee en aquel viejo papel desgastado que nos sigue atravesando con un escalofrío casi cien años después.
Dolores era sordomuda de nacimiento y no recibió ningún tipo de educación.
«Respetó en tanto vivieron sus padres, que la cuidaron porque era delicada».
El drama llegó después, y es ahí donde se funden miseria y transgresión: «Luego hubo de trabajar en cualquier cosa y a los catorce años ya tuvo el primer hijo natural, dedicándose entonces a la vida más depravada que se puede imaginar».
¿Violación o relación consentida? ¿Qué pasó con aquel niño nacido de otra niña?
«Trabajaba para tener dinero que gastar en vino y andaba tirada por todas partes borracha, no sintiendo para nada la riña constante de sus familiares.
Falta totalmente de afectividad, usaba sus hijos para sacar con ello limosnas siempre utilizadas para saciar su apetito por el vino».
Rotura de vínculos familiares, ausencia de instinto maternal, miseria extrema, alcoholismo.
Si una mujer en Redondela transgredía las normas de género de la época, esa era «la muda», y así lo resume su expediente: «Sentido moral muy deficiente, que hizo a la enferma arrastrar una vida llena de inmoralidades».
En el marco de una psiquiatría supuestamente aséptica y basada en la categorización, que consideraba la sordomudez una tipología de enfermedad mental de acuerdo a la clasificación del médico alemán Emil Kraepelin, se coló en la historia de Dolores aquella frase tan absolutamente connotada por su tiempo y lo que se esperaba en él de una mujer: «Arrastrar una vida llena de inmoralidades».
¿Qué fuerza conllevaría el discurso hegemónico para que un juicio tan absolutamente subjetivo se presente como neutro y no necesite justificarse?
Aquella separación entre el mundo seguro de quienes quedaban fuera del manicomio y el de las que, como Dolores, habitaban dicha institución era mucho más que una separación espacial: era el producto de un orden social en el que cada sexo tenía su lugar claramente delimitado.
En esa dominación masculina no cabía el disenso.
Al fin y al cabo, ¿no era un médico quien te había dicho que te estuvieses quieta?
En la última anotación que se conserva sobre Dolores, del año 1974, se pide su traslado a un asilo porque no es posible localizar a ningún familiar.
Dolores tenía una hija en San Sebastián con la que nadie pudo o quiso contactar, y otro de sus hijos, Agapito, había ya fallecido para entonces.
La carta que se le envió a su dirección de Picota 4, en Redondela, llegó devuelta.
Me pregunto si habría tenido recuerdos de cómo su madre pedía limosna con él en brazos para emborracharse.
Quizás fue él quien contó aquella historia en el manicomio.
¿Cómo podría una muda analfabeta construir la suya propia?
El alcohol había sido una marca de marginación y reclusión para muchas mujeres en el siglo xix y a inicios del xx , pero en la década de los años treinta una nueva adicción comienza a ser la causa del internamiento de algunas de ellas: la morfina.
Con la revolución industrial, la oferta de morfina se multiplicó y puso al alcance de las clases populares la posibilidad de su consumo.
Y aunque en ciertos contextos se inscribió como hábito social propio de la época, pronto pasó a asociarse con modelos de femineidad divergentes que convenía controlar.
Cuando el doctor César Juarros publicó en la década de los treinta El hábito de la morfina (Clínica y terapéutica) , quedó claro que esta sustancia había pasado de ser un producto de consumo aceptado socialmente en ciertos sectores a una adicción peligrosa que convenía tratar desde el punto de vista médico.
El primer ingreso femenino en Conxo asociado a la adicción a la morfina es el de Engracia N.
P., una joven de veintinueve años de Vilagarcía de Arousa, residente en Santiago de Compostela, que llega el 2 de agosto de 1932 llevada por un médico, el doctor Barreiro, justamente «por estar entregada a la morfina».
Con la proclamación de la Segunda República, período en el que se enmarca el ingreso de Engracia, la política contra las drogas se intensificó, especialmente a través de la prohibición de la importación y fabricación de heroína en 1932 y la promulgación al año siguiente de la Ley de Vagos y Maleantes.
«Desde hace ocho meses, si el dinero no le alcanzaba para la alimentación y el tóxico, prescindía de la primera, compraba morfina y dejaba sin alimentar a los hijos.
Llegó a exigir, cuchillo en mano, el tóxico al novio», se lee en su expediente.
Engracia tenía tres hijos y había sido madre por primera vez a los quince años.
Lo llamativo de su expediente, además del hecho de que estemos ante una adicta a la morfina que termina en un psiquiátrico, es que las razones para internarla son, fundamentalmente, argumentos morales: se trata de una mala madre soltera que descuida a su descendencia.
¿La habrían ingresado igualmente si hubiese sido capaz de seguir llevando a sus hijos al colegio y preparando la comida para su novio cada noche?