Las locas que no lo eran 3. Aquellos hijos que nos enloquecieron
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3. Aquellos hijos que nos enloquecieron

aquellos hijos que nos enloquecieron

O meu neniño é pequeño heino de aprender a todo a amasar a peneirar-e a bota-lo pan no forno. Duerme meu neniño...

Cancioneiro popular galego

Era el siglo xix el tiempo de la maternidad obligada.

Si hoy en día seguimos siendo juzgadas cuando decidimos no convertirnos en madres, sufrimos si no podemos serlo y somos cuestionadas por tener un solo hijo, en aquel siglo una mujer sin descendencia implicaba mucho más que eso: un desajuste en el orden establecido, un objeto de sospecha y reprobación.

Pero, incluso cuando la maternidad llegaba, la experiencia concreta se correspondía en muchos casos poco con el modelo idealizado de la madre abnegada: en los entornos trabajadores, la miseria acompañaba a menudo cada gateo.

Tener un hijo no era para muchas campesinas y obreras una bendición, sino todo lo contrario.

Y en ese espacio de lo incómodo es donde emerge la locura puerperal.

Como sucedía con la histeria, la locura puerperal, lejos de ser una clasificación diagnóstica inocente (ninguna lo es), era hija de su tiempo.

Nos referimos al siglo xix y a una sociedad que experimentaba acelerados cambios, entre ellos una creciente presencia pública femenina que sacudía los cimientos de los hogares tradicionales.

Una vez más, los médicos acudieron al rescate de la concepción tradicional de la familia: si algo te impide cumplir con las tareas diarias que la sociedad te ha asignado como mujer, sin duda debes estar enferma, porque el vínculo entre enfermedad y obligación social no se cuestionaba.

Si la falta de cordura convertía a las mujeres en carne de manicomio, el desapego y el desentendimiento respecto al cuidado de la descendencia eran la mayor falta de cordura imaginable.

A aquella Galicia, olvidada en el noroeste de un país olvidado, llegaron también los diagnósticos que convertían los ciclos femeninos en locura.

La Galicia eminentemente rural no sabía de locuras puerperales dignas de ese nombre, pero en su medicina popular ya asociaba, desde muchos siglos antes, el puerperio con la enfermedad psíquica.

La subida de la sangre menstrual al cerebro cuando la primera regla postparto se retrasaba era motivo, según esta medicina, de debilidad y locura.

La psiquiatría recogió aquellas creencias y les puso nombre: locura puerperal.

Darle un nombre implicaba convertirla en diagnóstico, hacer que te pudiesen encerrar por ello.

Amalia C., treinta años, casada, quizás oyó esas historias en su Vigo natal y sintió el miedo a aquella locura teñida de rojo e ignorancia durante su embarazo.

La recluyeron en Conxo el 18 de enero de 1892.

«Dos meses antes de su ingreso, y durante el puerperio, estalló en accesos de manía, con gran agitación y períodos de furor que obligaron a recluirla».

Aquel «obligaron» impersonal no recoge las tragedias de una vida.

Amalia fue tratada con baños tibios prolongados, bromuro y tónico, y salió curada el 4 de julio del mismo año de su ingreso.

Su hija, o hijo, tendría entonces todavía menos de un año.

¿Comenzó a cuidarlo entonces como se supone que debería haberlo hecho desde su nacimiento?

¿Siguió agitada, causando el espanto de su marido y de la buena sociedad viguesa?

¿Agachó la cabeza y se convirtió en madre abnegada a pesar de sí misma?

Elvira R. G. tenía cuarenta y dos años cuando ingresó el 8 de junio de 1892.

Había dado a luz, «siendo el parto normal», seis meses antes.

«En enero se presentó el período, y a mediados de dicho mes se presentó de una manera brusca su perturbación mental», que en el expediente consta, sin más explicaciones, como «delirio crónico».

De aquel hijo o hija que la enloqueció nada sabemos.

Tampoco de una historia que nadie se preocupó de seguir reflejando en aquellos expedientes pretendidamente asépticos que guardaban, sin embargo, la amargura de quienes no supieron ser «buenas madres».

Y es que en el bordado complejo de lo que se esperaba de una mujer en el siglo xix , los hilos que tejían soltería y maternidad producían una trama que inevitablemente conducía a la marginalidad.

Lo que para la sociedad bienpensante era «la sublime función de la mujer» cuando esta tenía lugar en el marco del matrimonio, para las que no tenían marido se convertía en tormento.

María Dolores S. tenía treinta años y era una madre soltera de Pontevedra que ingresó en Conxo el 9 de mayo de 1893.

Dolores tenía para entonces una hija de un año a la que jamás volvería a ver: murió tras las paredes del manicomio cincuenta y un años después de su ingreso.

«La sublime función de la mujer» de la que hablaba el psiquiatra francés Esquirol era en su caso un estigma social y familiar, el tormento de una «deshonrada».

Su parto le generó el inicio del «trastorno de sus facultades mentales en el período puerperal» y un «catarro uterino» del que sabemos que, de acuerdo a las anotaciones de 1899, evolucionaba adecuadamente.

¿Cómo justificar, pues, un encierro posterior de más de cincuenta años?

En el bordado de la vida de una madre soltera, todos los límites habían sido transgredidos.

El diagnóstico de locura puerperal de Dolores fue posteriormente modificado por otro de esquizofrenia, y en octubre de 1931 quedó anotado como «psicosis puerperal-oligofrenia xiii ».

Ni uno ni otro diagnóstico le permitían cumplir la que debería haber sido su función esencial como mujer: el cuidado de un hijo del que nada más se vuelve a saber.

Sin hijos se quedó también Ángela C., una cigarrera soltera de cuarenta y dos años de A Coruña, heredera de aquella estirpe de combativas mujeres de la Fábrica de Tabacos que acunaban a sus niños mientras liaban cigarros.

Ángela, sin embargo, había dado la batalla por perdida.

Ingresó un 23 de mayo de 1914 en Conxo y poco importaba aquella maravillosa primavera.

Ella achacaba «toda su tristeza a que se la hubiese privado de cuidar a los hijos».

Los de Amalia, Elvira y Dolores fueron hijos sin madre.

Las de ellas fueron maternidades sin marido, parias entre las parias: solteras, madres y locas.

Las suyas fueron historias sin escribir.

Podría haber sido la tuya, la mía, solo con haber nacido en un tiempo en el que las mujeres no éramos nada.