2. Esas histéricas insoportables
esas histéricas insoportables
Eres una eres dos eres tres eres cincuenta eres una catedral-e donde todo el mundo entra.
Cancioneiro popular galego
«Hace un año que aparecieron los primeros trastornos mentales, consistentes en ideas extravagantes, aversión a la familia y tendencia a huir».
Dolores M. era una mujer soltera de treinta y dos años en un tiempo en el que las treintañeras debían llevar tiempo siendo madres y esposas.
Quizás la extravagancia era una risa a destiempo, una huida de un padre abusador o la tendencia a escapar, un paseo mañanero por la Alameda.
El diagnóstico aquel 26 de septiembre de 1890, otoño en Santiago, etiquetó su vida con un par de palabras: «Locura histérica».
Curiosa enfermedad la histeria, que fue casi en su totalidad femenina durante el xix y, con el cambio de siglo, comenzó a desaparecer de los expedientes médicos hasta terminar por no volver a ser así nombrada.
Curioso que dos palabras manuscritas en tinta nos cuenten tanto sobre cómo se organizaba el universo en el que Dolores había nacido.
Hoy te dirán que tienes «síndrome de conversión» o «trastorno de personalidad múltiple».
Pero apelemos a la potencia de la palabra original, porque ¿a qué mujeres no nos han llamado histéricas cuando hemos gritado alto, roto objetos, esparcido papeles?
¿Puede un diagnóstico psiquiátrico seguir marcando a quienes somos irreverentes, a quienes hablamos cuando no debemos, a quienes reímos demasiado alto o vamos demasiado lejos?
El diagnóstico de histeria siempre se ha amoldado a los modos de pensamiento dominante, a las preocupaciones del momento.
Una enfermedad de origen sexual y específicamente femenina, propia de un cuerpo y una mente defectuosos.
La enfermedad de mujeres extravagantes que se negaban a ser lo que se esperaba de ellas. ¿Fue lo que le pasó a Dolores?
Dolores entró un otoño en el manicomio y salió para el asilo otro otoño, cuarenta y cinco años más tarde. «Tratamiento no se le hace por considerarlo ineficaz», consta en su expediente. Y yo me pregunto, ¿cómo se tratan las ansias de libertad?
Y ¿cómo se puede enderezar a una mujer que no quiere ser enderezada?
«Histérica y muy aficionada a los hombres».
Así se definía a Carmen C. en su historia clínica, un otoño de 1891.
Una soltera de treinta y tres años en Cee, un pueblo marinero de la Costa da Morte.
Un espacio periférico que no importaba a nadie.
¿Cómo encajar ahí a una mujer como Carmen?
¿Cómo encajar a quien prefería una tarde de sexo a la limpieza de un cuarto, un orgasmo a la preparación del desayuno para el marido que no tenía?
¿Cómo entender que habías pasado los treinta y no tenías intención de casarte?
¿En qué lugar encasillar la promiscuidad?
Carmen se saltaba todos los límites que la habían enseñado.
Era, pues, una verdadera amenaza en aquel pueblo, donde el temor masculino a mujeres como ella se mezclaba con la miseria con sabor a salitre.
Bromuros, tónicos e hidroterapia constituyeron el tratamiento para esa «afición a los hombres» que presentaba. El diagnóstico marcó su destino: «Locura histérica». Ni bromuros, ni tónicos ni hidroterapia: «Todo sin resultado». Como si el deseo sexual se pudiese curar…
No sabemos qué pasó con ella, si terminó sus días entre los muros del manicomio, si salió tildada de «loca» y regresó a la miseria de Cee, si tuvo el coraje de rastrear otros posibles horizontes donde el aire corriese más libre.
La historia de Carmen quedó escrita por parte de quienes detentaban el poder médico, y ellos decidieron que no valía la pena anotar más sobre la suerte de aquella mujer.
Su relato termina, pues, donde ellos quisieron que terminase.
Por eso a mí me gusta imaginar que Carmen podría haber hecho buenas migas con Remedios A.
, quien también era soltera, quien también entró en Conxo en septiembre de 1891, quien también fue diagnosticada de locura histérica, en este caso cuando, «debido a unos amores contrariados, empezó a dar muestras de enagenación [sic] mental».
Imposible saber cuáles eran las muestras de aquella enajenación.
De nuevo, silencio en el texto médico. De Remedios sabemos solamente que procedía de Ribadavia y que salió el 26 de enero de 1893 a petición de su familia.
¿Habría superado esos amores contrariados?
¿Habría entendido, de vuelta a Ribadavia, que no necesitaba a un hombre a su lado? Tampoco lo sabremos nunca.
Sí conocemos el destino de Teresa S., que ingresó el 28 de febrero de 1892, con veintiún años, y que también fue diagnosticada de locura histérica.
En su caso, aquella locura pareció comenzar dos años atrás «por incoherencia, accesos impulsivos y tendencia a fugarse de su domicilio».
¿Incoherencia de Teresa o incoherencia de una sociedad que seguía relegando a las mujeres a un rol que a finales del siglo xix comenzaba a agrietarse en una ciudad como la suya, Pontevedra, en la que quizás quiso convertirse en una de aquellas rebeldes que se habían cansado de ser solo madres y esposas?
Es posible que Teresa aspiraba únicamente a caminar sola junto al río Lérez una noche de verano.
No volvería a hacerlo nunca más: falleció el 1 de abril de 1899 de tuberculosis pulmonar, sin haber cumplido los treinta.
María del Pilar S. quiso experimentar qué había más allá del matrimonio y el hogar cuando se quedó viuda.
Tenía treinta y ocho años al llegar a Conxo, un húmedo 21 de noviembre de 1917.
Resultaba «exageradamente cómica y amanerada.
De pasiones violentas», de acuerdo al doctor que la examinó.
Una de esas pasiones se refería al sexo, aunque en las páginas de su historia clínica nunca apareciese mencionada aquella palabra.
Lo hacía camuflada de pulsiones eróticas o intimidades que intentaban ocultar un hecho evidente: las mujeres de aquel momento, como las de ahora, sentían, gozaban, deseaban más allá de los estrechos confines del matrimonio.
«Habiendo sido siempre de temperamento histérico, hace trece días que quedó viuda y a partir de esto empezó a dar muestras evidentes de un pronunciado trastorno mental consistente todo él en ideas eróticas y proyectos de nuevos matrimonios, haciéndose romántica, recitando poesías y enamorándose de todo hombre a quien habla, y llegando en sus conversaciones a contar obscenidades a propósito de intimidades matrimoniales y condiciones genéricas de su marido».
Plantear ese deseo fuera del matrimonio era peligroso, expresarse de aquel modo era impropio de una viuda y, como tal, debía ser castigado: Pilar lo supo desde el mismo momento en que, menos de dos semanas después de la muerte de su marido, terminó tras los muros de un manicomio.
No hubiera pasado lo mismo si ese deseo hubiese quedado confinado al hogar.
Sí, seguramente al marido le habría sorprendido tanta fogosidad en un ser al que le habían enseñado que debía ser pasivo y plegarse a los deseos del hombre, pero el incidente no habría traspasado las paredes de su casa.
Hacer visible ese deseo por parte de una mujer, exteriorizarlo, implicaba ir en contra de un modelo femenino según el cual las pasiones solo tenían cabida en la literatura o la pantalla. Pura ciencia ficción.
Si hubiese habido cine en Maniños, junto a su casa, seguro que a Encarnación H.
le habría encantado ir. Soñar con otros horizontes más allá del trabajo doméstico, imaginar a mujeres que ella nunca sería.
Tenía dieciocho años: «Hace tres meses que notaron en la enferma cosas desusadas y un marcado delirio erótico…
. La sola vista de un hombre le produce fuertes excitaciones de origen sexual».
El deseo natural en una mujer joven como tabú.
La sexualidad femenina convertida en enfermedad.
El manicomio como elemento para controlarla.
Encarnación entró en Conxo el 30 de noviembre de 1918, pero tampoco sabemos cuándo salió.
Ni si salió. Fue internada por ser una mujer soltera que deseaba.
Por sentir de un modo inaceptable. Por ser lo que no querían que fuese.
Y es que el desorden sexual subvertía el orden establecido, ponía en peligro su aparente placidez.
Todo aquello que quedaba fuera de la reproducción y el matrimonio era visto como una amenaza: el modelo de madre y esposa ideal señalaba con claridad lo que no era aceptable fuera de ese marco.
La tapia del manicomio era, antes que nada, un muro que protegía sobre todo a quienes quedaban fuera de él, a quienes vivían como había que hacerlo.
A mí me gustaría imaginar a Carmen, Remedios, Teresa y Pilar caminando juntas con el pelo suelto, cultivando libremente aquella afición por el sexo y el flirteo, sin tener que rendir cuentas a nadie. Siendo insoportablemente libres.