1. La loca que no lo era #3
A él le escribe en folios color rosa, le solicita que vaya pronto a por ella, pregunta por su madre y le hace peticiones inusuales en otras internas, que dan cuenta de un entorno social con preocupaciones muy diferentes a las de las labriegas analfabetas que allí eran mayoría.
El 14 de octubre de 1934 escribe: «Dile a mamá que me mande un jersey de punto, que ya los hay hechos, y vosotros bien sabéis cómo se llevan, el color lo dejo a vuestro gusto porque estáis bien enterados de la moda...
Los zapatos aún los tengo nuevos para cuando Emilio venga a buscarme Dios mediante, porque ya es tiempo».
Conforme pasa el tiempo, la luminosidad cuasi inocente de aquellas primeras cartas se desvanece.
El 7 de septiembre de 1935 escribe: «Ya transcurrieron seis años que estoy aquí y nunca me habláis de la marcha.
¿Cuándo va a ser ese día? Porque todo mi ansia y anhelos es vivir a vuestro lado».
La misma insistencia, ya casi súplica, el 10 de octubre del mismo año, en otra carta a su hermano: «Quiero pasar el invierno a vuestro lado si Dios lo permite, y dile [a su madre] que estoy dispuesta a obedecer en todo y no tener caprichos».
¿Cuáles eran aquellos caprichos de Amparo?
¿Eran tan graves como para motivar su encierro?
El historial médico no da información acerca de la evolución de su estado mental ni llega a explicar qué sucedió para que terminase en un manicomio.
Sí queda claro que no solo su hermano, sino toda la familia, se avergonzaban de cruzar las puertas de aquel psiquiátrico para visitarla.
El 25 de abril de 1935 escribía: «Estoy enterada de que Rita no puede venir a verme por sus estudios, y la otra encargada, Lola, tampoco, por sus ocupaciones los días de trabajo y, según ella dijo, que podía venir los domingos, pero que no era día de entrada, y a eso puedes contestarle que algún domingo puede entrar con la targeta [sic] de la persona que ella sabe».
El 18 de julio de 1967 Amparo recibe una licencia trimestral y sale de Conxo.
Habían pasado casi cuarenta años desde que comenzó a protestar por su encierro desafiando al médico con un sonoro «aquí no hace usted la historia porque yo no estoy loca».
Para entonces, hacía muchos veranos que había dejado de pedir jerséis a la moda.
Carmen C. M. no pedía regalos, los tejía.
En una de las cartas, sin fecha, que escribe a su hija María del Carmen en un papel de membrete negro, introduce un presente que jamás llegaría a su destino: «Te adjunto esa capotita para tus muñecas, para que veas en qué se entretiene tu mamaíña».
Dentro de ella, un mechón de pelo y una petición en papel: «Pon luz a mi San Antonio», con una cruz garabateada entre las hojas de un jardín que se intuía muy lejos del sanatorio.
Carmen tenía para entonces casi sesenta años y su hija hacía tiempo que había dejado de ser una niña.
Pero esa capotita de rayas parece decirle que sigue estando ahí, cuidando de ella como en la infancia, jugando a seguir siendo pequeñas
Carmen había sido maestra nacional y aquella carta trasluce el deseo de tantas internas de seguir formando parte de una sociedad de la que habían sido expulsadas sin posibilidad de retorno.
Le pide a su hija madejas de lana y unas gafas, «pues como verás por esta tengo la vista muy cansada», y manifiesta sus «muchos deseos de comer frutilla».
Junto a la petición amable, el reproche: «¿Qué esperáis, o queréis eternizarme en el sanatorio? ».
Tendría que esperar todavía varios años más para que su deseo se hiciese realidad: es recogida por su familia el 6 de septiembre de 1940 por la supuesta remisión de una enfermedad que nunca llegó a ser señalada en su expediente.
La capotilla tejida mientras la llamaban loca nunca vestiría a la muñeca de su hija.
Seguro que aquella capotilla le habría encantado a Carmen P.
P., aquella chica «muy aniñada» que ingresó el 18 de febrero de 1936 y que dejó para nosotras un recuerdo en forma de dibujo, realizado tres años después del inicio de su encierro: el de una casa, quizás la suya propia en Santiago, si es que todavía el recuerdo estaba impregnado en ella.
Es un dibujo a tinta negra, pero en su mente me lo imagino luminoso, con un balcón en el primer piso donde cuelgan flores, con ventanales amplios desde los que ver llover en el Franco, en uno de aquellos días, extraños en Santiago, en los que surge un rayo de sol en medio del orballo que cubre el empedrado.
El dibujo recordando el pasado de una chica de dieciocho años dedicada a «sus labores», una vida plácida que abandonó agitada camino del manicomio.
La misma vida con la que seguía ensoñándose tanto tiempo después.
«Yo creí que no me traerían, convénzase usted de que yo no tengo más que nervios».
Carmen siguió sufriendo aquellos «accesos de agitación como respuesta a pequeñas contrariedades».
¿Eran aquellos caprichos suficientes para diagnosticarla de oligofrenia, como consta en su historia clínica?
En enero de 1940 parece salir definitivamente de Conxo.
No hay más anotaciones sobre ella. ¿Volvió al balcón que dibujaba dentro del manicomio para recordarse a sí misma que la vida no terminaba entre sus muros?