Las locas que no lo eran 1. La loca que no lo era #2
10%

1. La loca que no lo era #2

Estremece comprobar en su historia clínica cómo aquellos médicos ayudaron a Liginio a encerrar a su mujer. Cómo fue engañada en el momento del ingreso, cómo sus cartas jamás fueron enviadas. Cómo, en definitiva, nadie entendió el dolor de la madre que había perdido a una hija de veintiséis años.

Herminia estudió en un colegio de religiosas de Zamora y sabía leer y escribir.

No necesitó, pues, dictarle sus palabras a nadie: lo que encontramos en su expediente son las frases que ella misma escribió, en una abundante correspondencia que no llegaría a su destino, pero que a nosotras nos permite vislumbrar a través de sus ojos una realidad injusta que no se cansó de denunciar.

Que una mujer escribiera, aunque la carta no terminase ni tan siquiera en el buzón, aunque fuese devuelta, aunque nadie la leyese, era ya en sí mismo un acto de poder frente a un manicomio que las quería mudas y derrotadas.

Herminia quiso denunciar en papel lo que no le permitían gritar.

En una carta sin fecha, escribe a sus hermanos: «Me trajeron engañada como a una niña diciéndome que comíamos en Verín y que cenábamos en Zamora, y cuál sería mi sorpresa cuando me dijeron unas enfermeras que me encontraba en el manicomio de Conjo».

Herminia tenía razón: la habían infantilizado, habían considerado que no era nada, una nota al margen, una pequeña a la que había que castigar como se encierra a la hija díscola.

Los días pasaban lentos y las visitas no llegaban.

El 27 de noviembre de 1934 escribe a su hijo Alfonso: «Tienes que confesar dos mentiras graves, la primera que me escribirías todos los días y la otra que vendrías a verme a menudo, ni lo uno ni lo otro».

La carta nos habla, también, de una familia de clase media y de una madre preocupada por el futuro de un hijo a quien ya nunca más vería fuera de los muros del manicomio: «Tu primera paga de maestro en propiedad debe ser para mí…

Dime cuando me contestes qué tal la casa escuela y si hay parroquia, médico y botica y cuántos niños hay en la escuela y si hay clase de noche.

Procura meter en la caja de ahorro en el Banco Hispano todos los meses algo para en el verano poder veranear donde quieras».

La brisa en la cara, el salitre en la piel de un estío que nunca llegaría para ella.

A Herminia la diagnosticaron de psicosis maníaco depresiva, y sus cartas fueron también un grito para reclamar una cordura que le fue negada. El 19 de enero de 1935 cuenta a sus hermanos: «Estoy aburrida de tanto manicomio. Esto es para locos, pero no para las que no lo estamos».

Y allí, en la misma carta, la insistencia del marido en modelar su destino, en cambiar el curso de su vida: «Me amenaza con que me vuelve a traer, como así lo hizo, aunque él diga otra cosa…

pero entre el padre y el hijo se empeñaron».

Los hermanos hicieron oídos sordos, y poco cristiano fue también el silencio de su cuñado Joaquín, párroco de Valdefinjas, en Zamora, a quien escribió: «Gracias a Dios me encuentro muy bien, aunque tu hermano quiere demostrar lo contrario…

En esta casa también continuaron palizas, chalecos de fuerza, cincha o cinto, que es una cosa parecida, y hasta esposas con llave y amarradita a la cama, si no por las monjas por las camareras, que son unas fieras».

El relato de Herminia ilumina, como un foco hacia las sombras, las violencias que nunca quedaban al descubierto porque quienes las enunciaban no eran consideradas dignas de crédito y atención.

Su historia clínica, como la de todas las compañeras que compartieron encierro con ella, no fue un simple contenedor de palabras asépticas: en la potencia de lo que cuenta transpira la violencia sobre el cuerpo de una mujer que a nadie importaba.

Al fin y al cabo, Herminia sabía mucho de violencia: había intentado suicidarse tras la muerte de su hija, cortándose las muñecas, golpeándose la cabeza.

Pensó en tirarse al río, en arrojarse por la ventana.

De esto último desistió «porque debajo del balcón había unos árboles que con seguridad me detendrían al caer, no me mataba y quedaba desnuda delante de la gente, era una vergüenza».

Me pregunto si dentro de la locura cabe la vergüenza por el qué dirán.

Me pregunto, también, qué pasó para que el 28 de enero de 1935, a instancias de su marido, Herminia saliese completamente curada y solo seis meses más tarde regresase tras haber intentado suicidarse y en un estado de depresión acentuado.

Me pregunto por qué aquel marido que la había expulsado de su vida decidió volver a acogerla y si no era él, en definitiva, la causa de una locura que quizás nunca existió.

En los fríos expedientes de un archivo cualquiera, entre historias clínicas que pocas veces dejan espacio a quien las habita, entre la bruma del desposeimiento, los objetos guardan la memoria de los buenos tiempos.

Y cuando te ha sido negada la individualidad, cuando te clasifican en una maquinaria administrativa a la que no le importa qué te hace distinta, esos objetos te recuerdan que en un tiempo fuiste algo más que una loca.

Que, incluso, quizás siempre estuviste cuerda.

A Amparo D. V. me la imagino estilosa caminando por las calles empedradas de Ourense con un vestido de vuelo y el pelo ondeando al viento.

En su foto de carnet mira fijamente a la cámara con el cabello ya canoso.

Se intuye un jersey a rayas que quiero creer de colores en medio de la penumbra de la sala donde la fotografiaron.

Había sido mucho antes, en un verano como tantos otros, el de 1928, cuando la llevaron a Conxo y la encerraron diagnosticada de «histerismo constitucional».

Tenía treinta años, estaba soltera y quizás, solo quizás, resultaba de algún modo incómodo para un hermano apoderado del Banco Pastor en Vigo tener cerca a una mujer así: «Yo no estoy loca, me trajeron aquí porque era un poco caprichosa».